2 de octubre: El Atentado

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Todo estaba listo. Había que actuar con cuidado, sin levantar sospechas. El barril de pólvora y la mecha estaban preparados. El escenario también. En pocas horas el maldito siciliano de los cien pleitos pasaría a la historia de los arzobispos hispalenses…


Sevilla año del Señor de 1692. Sólo los más viejos del lugar recordaban algo del obispo que quiso poner en orden a las cofradías. Fue a comienzos del siglo.

Pasaron otros nombres por la silla arzobispal y hubo quien recordó el viejo refrán: “te sucederá quien bueno te hará”… Pero lo del último no tenía nombre. Había nacido en Aragón pero venía de Sicilia, y había sido menino de la Corte de Felipe IV. Vamos, que era cabezota, mafioso y con aires de grandeza…


Llegó a Sevilla en abril de 1684. No se les olvidaba. Víspera de Domingo de Ramos. Y desde entonces todo habían sido problemas: con el cabildo, con la audiencia, con el clero, con el pueblo… Un obispo extranjero que se atrevía a luchar contra las costumbres asentadas en una ciudad que todavía se creía el centro del mundo… Aquellos danzantes lo habían soportado con resignación porque su trabajo no peligraba. Pero hacía ya dos años que se le ocurrió la última: suspender las danzas del Corpus. No quedaba más remedio: había que acabar con aquel insolente …


Los conjurados llevaban días trazando el plan. En una de sus reuniones secretas, mientras maldecían a aquel tipo agrio con lentes a lo quevedo, señalaron la fecha. Sería aquella noche. El arzobispo solía confesar en aquel asiento por las mañanas. Unos de los conjurados rió con saña mientras imaginaba la escena:


– “Le vamos a meter sus penitencias por su santo culo…”


Ni más ni menos. Debajo del asiento del confesionario estaría su fin. Un fin espectacular….Y además con el apoyo de muchos: desde algún seise hasta algún canónigo, desde algún caballero veinticuatro a más de un clérigo….


Los elegidos consiguieron entrar en la parroquia del Sagrario la misma noche del 2 de octubre. En la oscuridad consiguieron camuflar la mecha y un enorme barril de pólvora. Con la ayuda del viejo sacristán lograron colocar el artefacto en el confesionario. Cuando los conjurados salieron de la parroquia imaginaban la explosión: cruz pectoral, anillo, lentes y el puto aragonés volando por los aires… Ya vendría un arzobispo mejor…


Pero la torpeza dio fin a la conjura. Al amanecer fue descubierto el tosco artilugio por una monaguillo de la parroquia. El atentado contra don Jaime de Palafox había sido frustrado…


Cuentan las malas lenguas que poco cambió en Sevilla desde entonces. Aunque hay quien dice que desde entonces los obispos sevillanos pleitean poco, confiesan menos y suelen mirar debajo de los asientos…

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