Año 1931, unos jóvenes portan los restos de una imagen de la capilla de San José
Año 1931, unos jóvenes portan los restos de una imagen de la capilla de San José

Anticlericalismo, siglos de historia

El anticlericalismo actual, en palabras del profesor García Cárcel, sería entonces un plato de venganza. Eso sí, servido en frío. Su historia en Sevilla contada a través de los siglos

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El ataque al clero y a la Iglesia hunde sus raíces en la Edad Media española como una peculiar crítica, de marcado carácter costumbrista, a los defectos del clero (avaricia, soberbia, lujuria, soberbia…) Una crítica de carácter literario que se ejerció inicialmente desde el propio clero, el Arcipreste de Hita o el Arcipreste de Talavera son dos buenos ejemplos, y que se expandiría en los siglos XVI y XVII a la literatura general, con especial incidencia en lo que se consideraban los aspectos parásitos del estamento religioso, la holgazanería, la pereza o la gula, crítica que alcanzaría también a unos legendarios y mitificados vicios de las monjas, en las que se volcaba además el carácter misógino y machista de la cultura de la época.

Sin embargo, el inicio del llamado anticlericalismo contemporáneo habría que englobarlo en la segunda mitad del siglo XVIII, en el nuevo siglo «de las Luces», cuando los ilustrados no se quedaron en la simple crítica a los defectos del clero sino que atacaron su función en la sociedad, que consideraban difícilmente compatible con las nuevas ideas de individualismo; una tensión que además se completaba con los intereses del Estado en controlar algunos aspectos de la vida cotidiana, la educación es el más claro, que algunas órdenes religiosas manejaban desde hacía muchos años. El ejemplo más evidente fue la expulsión de los jesuitas por un cauteloso Carlos III en 1767, un golpe a la poderosa orden al que no fue ajeno el importante patrimonio de la Compañía de Jesús: sólo en Sevilla tenía una amplia nómina de edificios como el templo de la Anunciación, San Luis de los Franceses, el colegio de los Irlandeses, el de los Ingleses, el llamado de las Becas o el de San Hermenegildo.

La parroquia de Omnium Sanctorum tras el incendio de 1936

La parroquia de Omnium Sanctorum tras el incendio de 1936

En el apartado de las cofradías, la cuestión se materializó en un intento de control de las hermandades por parte de la autoridad civil: era el consejo de Castilla el que debía aprobar las nuevas reglas o la reforma de las existentes, condición que dificultó mucho la vida de algunas corporaciones por ser un trámite que podía alargarse en el tiempo y por el que pasaron, entre otras, los Servitas (1779), Santa Cruz de Jerusalén (1783), Gran Poder y La O (1786), San Isidoro (1788), la Cena, Columna y Azotes y Carretería (1790), Oración en el huerto (1792), Sentencia (entre 1793 y 1804), San Bernardo y Mortaja (1793), Vera Cruz (1804), Santo Entierro (1805), Pasión (1808), Quinta Angustia (1817) o los  Gitanos (1818).

Tras la expulsión de los franceses en 1814, el alineamiento de la Iglesia católica con el más arcaico absolutismo produjo una progresiva factura con las incipientes ideas liberales, que se acabaría traduciendo en furibundos ataques a la Iglesia durante el siglo XIX, unas veces desde la más pura espontaneidad popular, y otras dirigidas por los nuevos gobiernos liberales. En numerosos lugares del país fueron frecuentes los ataques a conventos e iglesias durante el Trienio Liberal, tras el respaldo de la Iglesia a la política absolutista del rey Felón, Fernando VII. En Sevilla, el triunfo liberal de Riego en el pronunciamiento de Las Cabezas de San Juan se haría efectivo el 20 de marzo de 1820, curiosamente Lunes Santo, iniciándose el trienio (1820-1823) en el que se prohibió oficialmente la salida procesional de las cofradías, difícil situación que no terminó en 1823, ya que se prolongó en tiempos del Asistente Arjona: fueron cinco años sin procesiones en Semana Santa.

La capilla de San José tras el incendio de 1931

La capilla de San José tras el incendio de 1931

La llegada de los liberales al poder en el segundo tercio del siglo se concretó en un necesario proceso de desamortización, que se cebó con las propiedades de la Iglesia y que en Sevilla produjo numerosas pérdidas patrimoniales. Los decretos de Mendizábal (1836- 1837) afectaron a numerosos conventos sevillanos y de forma tangencial a numerosas hermandades sevillanas: la Estrella perdió su capilla del convento mínimo de la Victoria y tuvo que trasladarse a San Jacinto. La Vera Cruz, tras los ímprobos esfuerzos para reconstruir su capilla en la casa grande de San Francisco, viviría el cierre y demolición del convento franciscano, trasladándose al extinguido convento carmelita de San Alberto (actual Oratorio de los Filipenses). La Lanzada, que por entonces estaba en el convento de Mínimos de San Francisco de Paula, sufrió que su templo se convirtiera en cuartel de Artillería de Montaña, y su capilla propia -anexa al templo- en cuadra de mulas. Pasión tuvo que dejar definitivamente el convento de la Merced en 1840 –cuando se cerró para destinarlo a Museo Provincial- y pasar, primero a la capilla de la Expiración, y posteriormente a San Vicente y  San Miguel; los Gitanos, ante el cierre del convento agustino del Pópulo, acabaron en San Esteban.

La otra gran oleada anticlerical en la ciudad llegó con la Revolución de 1868, cuando la Junta Revolucionaria cargó contra la iglesia por su apoyo al caduco régimen de la reina Isabel II, que acabaría en el exilio. «Viva España con honra». La Junta revolucionaria sevillana formada por el Partido Progresista, el Demócrata y el Unionista, un curioso tripartito de opciones conservadoras y progresistas mezcladas, promovió derribos de puertas monumentales y de edificios religiosos: el convento de San Felipe, el de cistercienses de Dueñas, el de las monjas dominicas de la Pasión (donde residía Vera Cruz) o el de iglesias como San Miguel (donde residían la Soledad, Pasión y el Amor) o el de la iglesia trianera de la Encarnación, sede de la popular hermandad del mismo nombre.

En el siglo XX se radicalizaron las posturas anticlericales en España, muy especialmente tras la identificación del régimen dictatorial de Primo de Rivera con la jerarquía eclesial: la llamada «cuestión religiosa» se enquistaba en un radicalismo que estalló en los primeros días de la proclamación de la II República con el asalto a iglesias y conventos, un fenómeno repetido por la geografía española que contó en muchas ocasiones con la dejación de funciones de las nuevas autoridades. En Sevilla se manifestó en el incendio de las capillas de San José, del Buen Suceso y del colegio jesuita de Villasís. Era el inicio de unos años convulsos donde fueron frecuentes los ataques a la iglesia, a sacerdotes y a monjas, y que tendrían su culminación durante el periodo de la Guerra Civil. La furia iconoclasta anticlerical (que, por cierto, concedía a las imágenes la misma importancia que los propios devotos) se manifestó en Sevilla en la noche del 18 de julio de 1936, tras el golpe de estado, con un devastadores incendios provocados en numerosos templos de la ciudad como San Marcos, Omnium Sanctorum, San Gil, Santa Marina, San Juan de la Palma, las Salesas, San José…  Un demoledor panorama de destrucción que hizo estragos entre las cofradías sevillanas y  que se vio superado por los ataques contra el clero, regular y secular, y contra las religiosas, con innumerables casos de fusilamientos, violaciones y vejaciones contra los representantes de la Iglesia.

Pinturas anticlericales en la Sevilla republicana, foto Serrano

Pinturas anticlericales en la Sevilla republicana, foto Serrano

Le seguiría la terrible represión dictatorial y  la nefasta identificación Iglesia-Estado del franquismo, pero los aires del concilio Vaticano II y la llegada de la democracia y de las libertades con la Transición terminarían por ir relegando al anticlericalismo español como un recuerdo histórico. Sostiene Jon Juaristi que el anticlericalismo, como el antisemitismo, sería directamente proporcional a la progresiva irrelevancia de las funciones de clérigos y judíos. Castiga, por desconocimiento y sectarismo, la memoria de un poder que ya no existe. El anticlericalismo actual, en palabras del profesor García Cárcel, sería entonces un plato de venganza. Eso sí, servido en frío.

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

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