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«Antología audiovisual del Pregón de la Semana Santa»: Carlos Colón

Por  10:35 h.

Cada miércoles de Cuaresma, Pasión en Sevilla ofrece una entrega de la «Antología audiovisual del Pregón de la Semana Santa». Se trata de una selección de algunos de los mejores pregones, que han sido locutados de nuevo por sus autores, que cuentan sus vivencias en el atril.

Para esta segunda entrega del serial, ABC de Sevilla se ha reunido con Carlos Colón, que pronunció el pregón en 1996. Ahora, 21 años después, Colón rescata el fragmento de su texto titulado «Holocausto»:

Holocausto

Pasa ya las once. Culmina y muere el Jueves Santo, joven, antes de que le llegue su hora. Cruzan Sevilla impaciencias con forma de capas blancas y ruanes de Madrugada. Y lo mejor de Roma ya está en San Lorenzo. Las doce, ahora sí. Ya parten, desde la Resolana, los elegidos que traen consigo el Arca de la Nueva Alianza, haciendo nacer la Madrugada. La una. Saeta a la Cruz de Guía en San Antonio Abad. La una y cuarto. En dos basílicas se alzan dos llamadores, casi al mismo tiempo. Y caen. Primera levantá de la Macarena: una Asunción, intacta toda la fuerza que hace sonar el palio entero en la basílica vacía. La Resolana se eriza, presintiéndolo. Primera levantá del Gran Poder: como si se acabara de alzar después de una de las tres caídas, vacila un instante, y se echa a andar con su exhausto paso racheado. En la plaza oscura crece la luz de los faroles. Se contiene el aliento. Aparece por fin, y se hace verdad la profecía: “caminaré entre vosotros, seré vuestro Dios, y vosotros seréis mi pueblo” . Todas las miradas, todas sin una excepción; todos los corazones, todos sin una excepción; todas las memorias, todas sin una excepción, se lanzan sobre Él. Y las acoge. Éste es el cordero de Dios que carga con los pecados y los dolores del mundo.

En la Resolana sale el sol de medianoche de la Macarena, y hay más luz en la Madrugada. Provoca amaneceres cuando nos viene, hermosa ya, reconocible y perfecta desde lejos; y crea anocheceres cuando pasa, dejándonos siempre insatisfechos, que por mucho y bien que la veamos, nunca la podremos dejar sin pena. El Señor sale de su basílica como debió salir del Pretorio, visibles las huellas de la larga madrugada de torturas. Ya esta Sevilla llena de Esperanza, ya pesa el Gran Poder de Dios sobre su suelo. Es Madrugada.

No hay tiempo. Ni mundo. Sólo sagrada plenitud. “El holocausto arderá sobre el fuego del altar de la noche a la mañana” , porque la víctima ya lo ha aceptado del todo. Y lo abraza. Mientras la emoción se desborda en la calle Feria, y el Gran Poder, abriéndole camino la línea de fuego de su cofradía, agota en Sierpes, saeta tras saeta, las más antigua emoción y la más tradicional sevillanía, el Dulcísimo Nazareno sale de la catedral y, rapidísimo, enfila Placentines para refugiarse en Francos. Su paso es un barco de oro que ilumina la noche con sus cuatro faroles de galeón, alto el mástil de la cruz, atentos como vigías los ángeles ceriferarios que lo escoltan. No parece un condenado obligado a cargar con el patíbulo hasta el lugar de su muerte, sino un Rey llevado en triunfo por una ciudad que se le acaba de rendir. Porque cuando el Silencio lo abraza, el sufrimiento se hace de carey y plata, y nadie puede dudar de su genealogía: “es del linaje de David”. ¿Quién como tu, Nazareno, cruzando orgulloso la Madrugada? ¿Qué gesto como el tuyo, Rey David, León de Judá, es capaz de aunar tanta bondad, tanto poder, tan alta majestad? ¿Qué abrazo como el tuyo, que abarca todo el dolor del mundo, lo asciende, lo sublima, lo purifica, lo serena? ¿Qué mirada como la tuya que ve la Pasión desde la Resurrección, ya símbolo sereno de un dolor pasado? ¿Qué nazarenos como los tuyos, cinco cruces en el pecho, gloria de los primitivos nazarenos de Sevilla, dadores del nombre que hoy todos llevan con orgullo? ¿Qué cortejo como el tuyo, músicas antiguas, azahares, simpecado transparente como la pureza de María, palio catedralicio, al cuidado de tu hermano mayor, sobre el pecho, la llave de tu casa?.

Como una emoción antigua, escalofrío de fagot, oboe y clarinete, ascético lujo, gloriosa contradicción, corazón barroco y negro de la Semana Santa, cubre el Silencio a Sevilla. Sale de Francos, cruza el Salvador, y entra en Cuna cuando entra la Macarena en la Campana. Que dos mundos, el tintinear de los faroles, las saetillas, el silencio, de una parte; y de otra los cuerpos en pie, todos, al mismo tiempo, como un suelo que creciera prodigiosamente, el escalofrío de la música que se acerca, los ciriales que aparecen, los cirios verdes que se arremolinan, la Macarena. Que dos mundos, tan distintos, tan iguales; que dos glorias de Sevilla nacidas en el mismo barrio; que dos formas de hacer bello el dolor: plata y carey por Cuna, y una cara en la Campana.

«Antología audiovisual del Pregón de la Semana Santa»