Los seis nuevos sacerdotes de Sevilla, conocen sus nuevos destinos
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Los seis nuevos sacerdotes de Sevilla, conocen sus nuevos destinos

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El pasado sábado 29 de junio, fueron nombrados los seis nuevos sacerdotes de la Iglesia de Sevilla en una Ceremonia presidida por el Arzobispo de Sevilla, Monseñor Juan José Asenjo Pelegrina en el Altar del Jubileo de la Santa Iglesia Catedral.

Ya se conocen sus destinos. Entre los seis, Elías Domínguez Teba y Andrés Ramírez Cárdenas no tienen destino, ya que van a continuar con sus estudios.

Destinos

Manuel Arroyo Romero: vicario parroquial de San Isidro Labrador, de Sevilla; capellán del Convento del Espíritu Santo (Comendadoras del Espíritu Santo), de Sevilla y capellán del Hospital de San Lázaro, de Sevilla.

Marco Antonio Fernández Rodríguez: párroco de San Pablo, de Trajano-Pinzón-Trobal.

Martín González del Valle: vicario parroquial de Ntra. Sra. Ángeles y Sta. Ángela de la Cruz, de Sevilla y capellán del Hospital Univ. Virgen Macarena, de Sevilla.

Gumersindo Melo González: vicario parroquial de Ntra. Sra. de la Granada, de La Puebla del Río.

Elías Domínguez Teba: Continúa estudios.

Andrés Ramírez Cárdenas: Continúa estudios.

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Homilía

"Sed siempre servidores abnegados", este es el mensaje enviado por Asenjo Pelegrina a los seis nuevos sacerdotes.

Estos son los mensajes enviados por el Arzobispo en el trancurso de la Homilía publicado en la web de la Archidiócesis de Sevilla, www.archisevilla.org.

1. Queridos hermanos y hermanas que participáis con alegría en esta ceremonia hermosísima: con cuánta razón y verdad podemos repetir en esta tarde las palabras de San Pablo: "Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales".La misericordia de Dios se muestra desbordante con nosotros al elegir y consagrar como sacerdotes de Jesucristo a nuestros hermanos Manuel, Elías, Marco Antonio, Martin, Gumersindo y Andrés, a quienes nos unen los vínculos de la sangre, la amistad y el afecto, y sobre todo, los vínculos bien fuertes de la misma fe en el Señor Jesús. El Señor no sólo os bendice a vosotros, queridos candidatos, al ser configurados sacramentalmente con Cristo sacerdote, cabeza y pastor de la Iglesia, siervo y servidor. También nuestra Archidiócesis y la Iglesia entera se enriquecen con los dones de vuestro sacerdocio, por el que nos llegarán tantos y tan grandes bienes de Dios, ya que a través vuestro Cristo realizará en su Iglesia su obra de salvación y nos manifestará su amor sin límites por todos los hombres.

2. Por la infinita misericordia de Dios sois elegidos, llamados y consagrados por el Espíritu Santo para ser don de Dios a su Iglesia, cumplimiento de aquella promesa consoladora, "os daré pastores según mi corazón", que culmina en su toda plenitud en Jesucristo, el único buen Pastor de nuestras almas. Todo en vosotros es don de Dios, obra de la gracia. Dios Padre os ha elegido en la persona de Cristo. La elección no responde a una iniciativa vuestra. Como a los Apóstoles Pedro y Pablo, en cuya solemnidad recibís el don del sacerdocio, es Él quien os ha llamado y os envía. Por pura iniciativa suya, antes de la creación del mundo, os ha destinado a ser sus hijos, identificados y configurados con su único Hijo, sacerdote y víctima, que por su sangre derramada ofrece al Padre el sacrificio y la ofrenda agradable que trae la plenitud desbordante de su amor, la redención, el perdón de los pecados y la recapitulación de todas las cosas en Él. Vuestra vida entera, queridos candidatos, es obra y manifestación de la gracia de Dios, de la bendición de Dios, en Cristo Jesús. Es fruto de su amor, lleno de piedad y misericordia.

3. Si todo en la vida de la Iglesia es don, lo es de una manera especial el sacramento del orden, que destina a quien ha sido llamado y es ungido para ser gracia y don en favor de los hombres, a los que Jesucristo ama y por los que se ha entregado por completo en donación de gracia y misericordia. Dios Padre os ha llamado en Cristo para ser pastores según su corazón, es decir, para amar con su propio amor a los fieles que Él os confíe, para entregar vuestra vida sin reserva alguna por ellos, como Él se entregó por nosotros, para enviaros, como signo de su cercanía, de su amor y misericordia, como dispensadores de los misterios y de la gracia de Dios.

4. Sed siempre pastores fieles y entregados, nunca asalariados, a quienes no les importan las ovejas. Que, como os ha dicho San Pedro en la segunda lectura, no busquéis nunca el propio interés, el medro personal o hacer carrera, el afán de poder o el dominio sobre las ovejas que mañana mismo el Arzobispo os va a confiar. Sed siempre servidores abnegados en la viña del Señor, sin pedir nada a cambio, sin trivializar el don que recibís. Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis, sin escatimar nada, sin reservaros nada, dedicados al servicio del Reino de Dios, sin intereses bastardos, sino por Dios mismo y por su Reino, por amor total a los hombres, sin cálculos, sin medida, sin poner o exigir condiciones.

5. Vivid con radicalidad y finura el celibato por el Reino de los cielos: Entregad al Señor vuestro cuerpo, vuestros sentimientos, vuestra afectividad y vuestra capacidad de amar, de forma total, absoluta, exclusiva y definitiva. El Señor amó a la Iglesia hasta el extremo y se entregó por ella con verdadero amor esponsal para enseñar a sus ministros la medida de nuestro amor a Él y a los hermanos. Vivid con alegría la pobreza evangélica como corresponde al ministerio que se os confía. No busquéis atesorar bienes de fortuna, ídolos que sustituyen a nuestro único Señor, hielan el corazón y congelan la caridad pastoral. No busquéis tampoco enriquecer a vuestra familia. Sed pobres como el Señor, que siendo rico se hizo pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza. Vivid sin lujos. No os creéis necesidades artificiales. Sed padres de los pobres y vivid con alegría el desasimiento de los bienes de la tierra para manifestar que sólo Dios y su Reino son el bien supremo. Amad la obediencia a la Iglesia y al Obispo como ofrenda de la propia voluntad, a imitación de Cristo, obediente siempre a la voluntad del Padre. En el ejercicio de vuestro ministerio y, muy especialmente en el anuncio de la doctrina, no olvidéis nunca la comunión con la Iglesia, pues ella es la depositaria e intérprete de la Palabra de Dios. No olvidéis tampoco el testimonio de vida, pues como nos dice San Gregorio Magno a los sacerdotes en su Regula pastoralis, los sermones más brillantes sólo aprovechan y estimulan si van acompañados de las obras y el buen ejemplo.

6. En la administración de los sacramentos, y sobre todo en la presidencia de la Eucaristía, queridos ordenandos, vais a entrar en Santo de los Santos, tocando con vuestras manos la santidad de Dios. Ello pide de vosotros una vida santa, inspirada en el radicalismo evangélico. Ello exigirá también que seáis hombres de oración, que cultivéis una relación personal, diaria, íntima y amorosa con el Señor, lo único que asegurará una entrega absoluta y totalizadora a Jesucristo, vuestra única heredad, la única verdad que salva. Sólo el amor a Jesucristo, fraguado junto al sagrario, os mantendrá enteros en vuestro ministerio y os salvará de la secularización que también acecha a los sacerdotes; sólo el amor al Señor purificará, iluminará y santificará todas vuestras demás relaciones; y se convertirá en un manantial de gozo, para ser como nos dice San Pablo, “servidores de la alegría” (2 Cor 1,24), en medio de un mundo triste y desesperanzado.

7. A menudo éste será el único testimonio que podréis dar en algunos ambientes, el testimonio alegre de quienes están seguros de haber elegido la mejor parte, el testimonio gozoso de quienes son felices porque llevan en las entretelas de su corazón el amor del Señor y el fuego del Evangelio, convirtiéndose así en mensajeros de la alegría cristiana, en mensajeros de la esperanza para los heridos y golpeados por la vida, en mensajeros de la verdad, del encuentro con Dios, del consuelo, del perdón y de la paz. Os lo digo con las palabras del Papa Benedicto XVI, dirigidas a un grupo de sacerdotes en junio de 2008: "El secreto del auténtico éxito del ministerio del sacerdote es la unión con Jesús. Durante el servicio que realicéis en la Iglesia, preocupaos por ser siempre sus verdaderos amigos, amigos fieles que lo han encontrado y han aprendido a amarlo por encima de todas las cosas. La comunión con Él, el Maestro divino de nuestras almas, os asegurará la serenidad y la paz también en los momentos más complejos y difíciles".

8. Queridos candidatos: dentro de unos momentos vais a recibir una participación sustancial en el sacramento del orden. Jesucristo, sacerdote, profeta y pastor os va a enviar a predicar el Reino de Dios, a anunciar que fuera de Él no hay salvación, ni vida, ni felicidad, ni dicha que colme el corazón del hombre. Vais a ser enviados a predicar la conversión, la vuelta a Dios, que sólo Él es el manantial de la esperanza que no defrauda. Porque todo en vosotros es don y derroche de la gracia de Dios en Jesucristo, vuestra respuesta renovada cada día no puede ser otra que la de aquellos que son llamados por Dios al ministerio profético: "Aquí estoy, mándame donde tú quieras; aquí estoy para hacer tu voluntad". Como los Apóstoles que dejan las redes, las barcas, la profesión, los negocios, el porvenir humano, sin reservarse nada, hoy sois llamados a seguir a aquel que "se despojó de su rango, tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos… y se rebajó hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de Cruz". Como al joven rico, el Señor os pide todo, que lo vendáis todo, que no os reservéis nada, que lo deis todo, como expresión y signo de que os dais por completo. Y es que, a partir de hoy el Señor debe ser vuestra única plenitud, el único cayado en el que habréis de apoyaros en la historia preciosa que hoy el Señor inicia con vosotros.

9. Recibís el don grandioso del sacerdocio en la solemnidad de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, amigos apasionados del Señor hasta el punto de entregar su vida en Roma en la persecución de Nerón del año 69 por amor a Jesucristo y su Evangelio. Pedro confiesa sin dudar en las fuentes del Jordán la divinidad y mesianidad de Jesucristo y, junto al lago de Galilea, por tres veces le renueva su amor. Pablo por su parte, enamorado ardientemente de Jesucristo, lo anunciará con palabras inflamadas de fuego apostólico en las riberas del Mediterráneo. Del mismo modo, vosotros enamorados del Señor, entregadle por entero vuestro tiempo, vuestros talentos, vuestras energías, vuestra salud, vuestra afectividad, vuestra capacidad de amar. Que siempre os entendáis a vosotros mismos como don de Dios, sobre todo, para los más sencillos, los que están abandonados en las afueras de nuestra sociedad, los pobres y los marginados, los ancianos y enfermos. Entregaos con especial intensidad a los niños y los jóvenes, esperanza de la Iglesia. Que imitando a Jesucristo, Buen Pastor, con el que hoy os vais a configurar sacramentalmente, busquéis siempre la oveja perdida, que viváis siempre muy cerca de los cansados y agobiados, gastándoos y desgastándoos al servicio de la Iglesia. Si de algo no podéis dudar en este día, el más grande de vuestra vida después de vuestro bautismo, es de que el Señor, que en esta mañana os mira con especial ternura, nunca os va a fallar. Caminará a vuestro lado, alentándoos en vuestras luchas y dificultades, para que, como nos dice San Pablo, vosotros podáis “alentar a los demás en cualquier lucha, compartiendo con ellos el ánimo que nosotros recibimos de Dios".

10. Todos los que os acompañamos en esta tarde, vuestra familia, vuestros amigos y paisanos, vuestros formadores, los seminaristas, los sacerdotes que concelebran y el Arzobispo que os ordena, damos gracias a Dios por vuestra vocación, por vuestra fidelidad, por el ministerio de salvación que se os encomienda, que todos os deseamos largo y lleno de frutos. Todos pedimos al Señor que os acompañe con su gracia y seáis en verdad imagen del Buen Pastor, compartiendo su vida, su soledad, su oración, su entrega absoluta, su sacrificio hasta la muerte por la salvación de los hombres. Que la Santísima Virgen, madre de los sacerdotes, os acompañe y proteja siempre y llene de fecundidad vuestro ministerio para gloria de Dios. Amén.

+ Juan José Asenjo Pelegrina

Arzobispo de Sevilla