Bielorrusos con acento andaluz

Por  3:13 h.

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El pequeño edificio de la antigua terminal de San Pablo era ayer un hervidero de nervios, un polvorín de cariño, una caja de ilusiones entretejidas por la espera de todo un año. Los aviones que traían a los niños bielorrusos para pasar el verano con familias sevillanas y recuperarse de la difícil situación de insalubridad que padecen en su país, llegaban escalonados en distintos vuelos.

El goteo comenzó temprano -a las ocho y media de la mañana aterrizó el primer avión- y terminó algo después de lo esperado, ya que el último avión que debía llegar a Sevilla a las siete de la tarde vino con dos horas de retraso. Los responsables de las distintas hermandades y asociaciones que participan en esta iniciativa aguardaban con anhelo el momento de ver a «sus niños» en tierra hispalense. Manuel Bayón, estudiante de Medicina y responsable del grupo de cincuenta niños de la Hermandad del Cerro del Aguila, lo explicaba con ternura: «Hoy para mí es el día más importante del año, no es que el trabajo que realice me compense, es que se recibe de estos niños mucho más de lo que se da».
Pasadas las nueve de la mañana los niños llegaron ordenados en grupos y junto a sus monitores que, como Anastasia, les acompañarán durante su estancia y realizarán con ellos diversas actividades.
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Contando querubines
Caras de ilusión, sonrisas picaronas y ojitos cansados por el viaje pero brillantes y alegres al mismo tiempo. Olga, Andrei, Vica, Shasa, Eugenia…Todos muy obedientes y ordenados se iban colocando y saludaban a los responsables de las hermandades y asociaciones. El hermano mayor de la Amargura, Fernando Peinado, repasaba que no faltara ninguno, y como contando querubines recibió a los niños de su hermandad, les colocó una gorra blanca con el escudo de la misma, recordando uno a uno sus nombres y aprendiendo los de los niños que venían este año a Sevilla por primera vez.
«Que se está riendo, mira, mi niño no para de reirse -repetía Carmen Gómez con los ojos empañados por la emoción- pero con lo grande que está no le va a quedar bien la ropa que le he comprado». La alegría de la llegada aumentaba por minutos y se sentía en el ambiente. La espera era ya encuentro.
Aunque ayer casi ninguno de los pequeños «sabía» hablar español, la mayoría de ellos se fueron el verano pasado hablándolo con fluidez y en pocos días todos ellos estarán charlando en un andaluz peculiar. «Marina, cuéntales algo, si tú hablas español estupendamente. No se puede dejar el vocabulario… Bueno ya verás lo pronto que te acuerdas en cuanto lleves aquí un par de días». Salud García le hablaba con dulzura a una niña rubia y blanca, como sacada de un cuento, que miraba con los ojos muy abiertos y con cara de traviesa. Al final Marina habló y contó que tiene «diez años, que se lo pasa muy bien en Sevilla y que le gusta mucho la comida de aquí». Padel, con los ojos azul cielo y muy dicharachero traía un regalo para su familia sevillana, unas flores de palma rizada que llevaba en la mano para que no se estropearan.
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«El niño de la vecina»
La influencia de los niños que llegan no se queda sólo en las entidades que lo organizan y en las familias que los acogen. Antonio y su mujer estaban muy contentos porque llegaba ya «la niña de la vecina» de la que disfrutan mucho y a la que entre unos cuantos amigos mandan regalos y dinero durante el año.
Ahora queda por delante más de un mes de estancia en la que los niños se sanearán y disfrutarán del sol, el aire, la comida sana y el cariño de estas familias. «Los niños de aquí reciben una lección de los bielorrusos -explica Manu Bayón- porque aprenden a compartir, a ver que hay niños que viven sin consola, sin ordenador y a valorar las cosas que importan en la vida».
Un año más, niños procedentes del país europeo, vienen a Sevilla con la ayuda de las Hermandades a pasar unas semanas de saneamiento acogidos en familias, que les esperan con muchos nervios e ilusión
Fotografías: Raul Doblado