Bueno Monreal (20 años de su muerte)

Por  9:31 h.

Image Hace veinte años, el 20 de agosto de 1987, murió en Pamplona el cardenal Bueno Monreal, que gobernó la diócesis de Sevilla durante más de veintisiete años, acercándose a los largos pontificados de san Isidoro y de don Remondo.

A cuantos le quisimos, nos queda el recuerdo permanente de su bonhomía, cumpliendo en la praxis diaria el apellido que lo distinguía: Bueno.

Quisiera, a la distancia de estos años, plantear un asunto clave de su pontificado por si alguien lo puede dilucidar y darme un poco de luz. Me refiero a esa larga espera para su jubilación y la trombosis cerebral que sufrió en Roma en enero de 1982, cuando realizaba con los demás obispos andaluces la visita ad limina a la Santa Sede.
El 11 de septiembre de 1979, al cumplir sus setenta y cinco años, escribió, como es preceptivo, su carta de renuncia de la sede hispalense al papa Juan Pablo II. Pero su relevo se demoró por más de dos años.
Desde ese momento, los rumores comenzaron a circular por la diócesis sobre posibles episcopables, que se acentuaron en enero de 1982 cuando los obispos andaluces se hallaban en Roma capitaneados por el cardenal de Sevilla. Y estalló la noticia: el cardenal Bueno Monreal ha sufrido una trombosis cerebral, que le paralizó medio cuerpo y la secuela de un trabalenguas que hacía casi imposible comprender qué decía.
¿Sabía Bueno Monreal en ese momento quién era su sucesor? ¿Se lo dijo el papa? ¿Ocurrió algo, tal vez un grave disgusto, que motivara ese ataque cerebral?
José María Piñero Carrión me podría dilucidar esto porque sabía más de lo que insinuaba. Pero el bueno de José María Piñero goza ya de la eternidad. ¿Tal vez José María Javierre pudiera saber por sí o por su hermano el cardenal de los interrogantes que vengo planteando? Pues te emplazo aquí, querido Javierre, por si quieres decir algo.
Giacarlo Zizola, especialista en historia moderna de la Iglesia y experto vaticanista, ha escrito en su libro «La otra cara de Wojtyla» (Valencia 2005), página 231, lo siguiente:
«Una mañana de 1980, en el Sínodo sobre la familia, (el papa) había perdido la paciencia mientras hablaba con los cardenales alemanes: «Demasiados hablan de replantearse la ley del celibato eclesiástico. ¡Hay que hacerles callar de una vez!». En la misma época el cardenal español José María Bueno Monreal había osado decir al papa durante una audiencia: «Santidad, mi conciencia de obispo me impone hacerle presente que existen problemas como los del celibato, la escasez de clero y la cantidad de sacerdotes que siguen esperando la dispensa de Roma». «Y mi conciencia de papa me impone echar a su eminencia de mi despacho», habría sido la respuesta de Wojtyla. En los días siguientes el cardenal sufrió un infarto. Poco después se le aceptó su dimisión».
Qué haya de cierto en todo esto, no lo sé. Se decía que Bueno Monreal supo el nombre de su sucesor de boca del papa, pero Juan Pablo II, ante el cariz que tomó la enfermedad del cardenal de Sevilla, hizo paralizar su nombramiento, quien no era, según se cree, el que meses después, mayo de 1982, fue promovido al arzobispado de Sevilla: fray Carlos Amigo Vallejo, arzobispo de Tánger.