Vista de un Corpus con catenarias

Por  9:19 h.

ImageEl Corpus Christi de 2007 quedará registrado en las retinas como la primera procesión bajo las catenarias y, de nuevo, sobre raíles, muy distintos a los que desaparecieron a finales de los cincuenta, en la vuelta del cortejo a la Avenida, ya peatonalizada y con el paisaje seco y metálico de los gruesos cables que guiarán el breve recorrido del tranvía.

Las críticas a la fealdad del escenario se escucharon entre el público congregado ante la Puerta de San Miguel catedralicia, de donde, pasadas las ocho y media de la mañana, partieron los niños carráncanos, heraldos primeros de la representación de la festividad.

Porque Sevilla, en Jueves de Corpus, se convierte en una ciudad en fiesta en la que gran parte de sus ciudadanos sabe y aprecia la presencia de Dios en las calles.
Fue una mañana clásica de Corpus, con el presupuesto sol resplandeciendo y desafiando la predicción meteorológica del día nuboso. El público, fiel a la cita, fue apostándose a lo largo del recorrido -el de siempre tras el paréntesis de 2006 por las obras-, aunque se vieron algunos grupos de sillas vacías en el segundo tramo de la Avenida o en zonas en las que daba el sol de lleno y la Plaza de San Francisco estaba más despoblada que de costumbre. No obstante, fueron miles las personas que se echaron a la calle para cumplir con esta cita tradicional de Sevilla.
Desde primeras horas, en los alrededores de la Catedral se apreciaba la paulatina congregación de fieles y los más madrugadores pudieron ver llegar al Señor de la Sagrada Cena, que salió a las 6.30 de la madrugada de Los Terceros, para presidir el altar del Palacio Arzobispal. «Cantemos al Amor de los amores», entonaba la coral que acompañaba el paso, haciéndose eco parte de la gente que contemplaba el momento.
Amplio cortejo
Mientras, los estandartes, las insignias, los guiones, los simpecados y la cera roja, morada, tiniebla, negra, llegaban desde los cuatro puntos cardinales a la Puerta del Perdón, al Patio de los Naranjos, donde forman las nutridas representaciones que acompañan la procesión, un cortejo de más de 3.000 personas, que, en ciertos momentos se hace tedioso e interminable y en el que, año tras año, se repiten las mismas caras y los mismos gestos de satisfacción de esa media Sevilla que desfila ante la otra media.
No obstante, este año se han ganado unos tres cuartos de hora en el discurrir de la procesión, desde la salida de los carráncanos hasta la vuelta de la Custodia a la Catedral, donde el monumento eucarístico de Arfe llegó a las doce menos cuarto. Como siempre, la procesión fue un círculo que se cerraba sobre sí mismo y los carráncanos estaban dentro del templo metropolitano antes de que saliera la gran Custodia.
En menos de tres horas, se sucedieron por las calles del recorrido los pasos de Santa Justa y Rufina -en el que se apreciaba la restauración realizada por la escuela taller Catedral, de Forja XXI-, dejando en el aire levísimo tintineo de las campanitas de la maqueta de la Giralda; los de San Isidoro y San Leandro, el de San Fernando – que reitera procesión en una semana-, acompañado por la Banda Municipal, que no repitió una marcha durante el recorrido y que, por primera vez, ha incorporado cornetas y tambores; la Inmaculada, el Niño Jesús, radiante con una túnica roja con bordados antiguos recuperados; la Custodia Chica, con la Santa Espina… Y por fin, la Custodia de Arfe, portando el Cuerpo de Cristo, ante la que los fieles se arrodillaron y santiguaron, entre el rojo de los maestrantes, el púrpura de los canónigos y el azul de la Policía Municipal de gala. Detrás, el también imponente cardenal, monseñor Amigo, y la corporación municipal, con algunos de sus miembros desfilando por última vez, al menos en cuatro años.Cerrando, la compañía de Honores del Ejército con bandera, escuadra y música, que recibió cerrados y emocionados aplausos a lo largo de todo el recorrido.
Los sevillanos, ayer, volvieron a acompañar a Dios en las calles de esa Sevilla «babilónica de los ensanches y las precipitaciones» que describiera Romero Murube. Y si disfrutaron de una mañana de fiesta, de estruendo de campanas, de vencejos enloquecidos ante el inusitado movimiento, de romero en el suelo, en la solapa, en la mano, muchos de ellos también supieron vivir con devoción el milagro eucarístico.
Miles de personas acudieron ayer a la procesión del Corpus Christi, que en poco más de tres horas realizó el itinerario recuperado tras el paréntesis de 2006 por las obras de la Avenida.