La historia de Volga

Por  1:00 h.

“Uno es de donde nace a la vida pero también de donde nace al amor”

Image Es una niña que tiene nombre de río. Se llama Volga. Llegó a Sevilla un verano de no hace demasiado.

Volga pertenece a ese tramo rubio de niños bielorrusos que regresan a Sevilla cada año para pasar unas semanas con familias que pertenecen al mundo de las cofradías.

Su casa sevillana es la de Feliciano Fernández, el cardiólogo que fue hermano mayor de feliz recuerdo en Montserrat y pionero en acoger a un niño eslavo. Su hermandad junto a La Mortaja fueron las primeras en seguir la iniciativa de Paco Osorno en El Cachorro que abrió las compuertas de esta marea de ojos claros que ahora refresca cada verano el alma de la Semana Santa.

Hace poco ocurrió un hecho hermoso que sirve para explicarnos cómo ha calado entre las personas que ejercitan la acogida esta anual cuaresma bielorrusa. A Feliciano se le casaba una hija, Ana Eugenia con un joven, Rafael Rodríguez, que quería celebrar su boda en Santa Ana en el septenario de la Esperanza. Llegaron a conseguir el hueco. Casi todo listo. Pero cayeron en la cuenta de algo importante; en marzo Volga no podía estar en Sevilla. ¿Qué hacer?

El vínculo familiar con la pequeña bielorrusa era tan fuerte, tan apretado que la pareja tomó la decisión de renunciar a sus intenciones y retrasar su boda a finales de junio para que a ella pudiera asistir la niña. Hace días, en la Parroquia de la Magdalena, Volga sostenía con sus blancas manos la cola de una novia a la que no le importó esperar unos meses para compartir con aquella hermana que llegó del frío quizá el día más importante de su vida.

Es solo un retrato del voluminoso álbum de fotos singulares que nos siguen dejando estos niños que vienen a curarse y a curarnos. Rufi y Jacinto no dudaron en viajar a Minsk, la capital de la Rusia blanca para pasar unos días con Kacha; Juan y Pilar le cogieron a su niño una entrada del Bernabeu para que compartiera con ellos la final de la Copa del Rey… y así una foto y otra y otra.

Las hermandades de Sevilla han empezando a ser conscientes de lo que significa este programa de solidaridad cuando aquellos que lo hacen posible reciben directamente en el corazón el eslavo dardo de la mirada de uno de estos niño. Cuando vuelven, saben que vienen a casa. Que se lo digan a Volga. Es bielorrusa porque allí nació a la vida. Pero también es sevillana porque aquí ha conocido el auténtico significado del amor.