Foto: RAÚL DOBLADO

Crónica en negativo para la mañana más clara

Por  14:28 h.

Para definir esta procesión que es el canon de las procesiones sevillanas, hay que echar mano de la técnica del contraste, del revelado en negativo. La mañana de la Virgen no es similar a un día cualquiera de la Semana Santa. Tal vez sea justamente lo contrario, porque aquí no se disgregan las cofradías cuando salen de la Catedral, sino que el único cortejo se ciñe a la cintura de piedra como las cadenas de las columnas que sostienen, en metáfora perfecta, el vínculo de la ciudad con la Virgen que no necesita ninguna advocación. Antes de llegar a las gradas, el cronista ya sabe que no va a encontrarse con ese público de aluvión que puebla aceras y avenidas con sillas de plástico y paquetes de pipas. No se adivina postureo alguno en los que se dirigen al corazón de la ciudad. Suenan la sístole y la diástole en las campanas de bronce que la Giralda echa a vuelo. Todo es tan perfecto que da miedo salir de ese círculo de piedra y tiempo que la Virgen irá trazando a medida que siga su trayecto de costumbre: en sentido contrario al que marcan las agujas del reloj.

Aquí no hay discusiones sobre horarios ni itinerarios, ni nadie ha pensado en darle la vuelta al breve pero intenso recorrido. Aquí no hay disputas por las flores, porque los nardos forman parte de la memoria viva y de la vivida. Aquí no hay izquierdazos ni costeros, porque el lucimiento de los costaleros se reduce a esa discreta manera de levantar el paso a pulso. Aquí no hay tirones ni parones, sino las posas que sirven para que la Virgen trace un abanico en cada esquina, un abanico similar al que suena en los pechos de esas devotas que inyectan la devoción en las venas y las arterias de este rito. Aquí no hay figuroneo, aunque el cortejo empiece a sentir unas costuras que no deberían reventar nunca. Aquí no se piden retrasos por culpa de la lluvia, ni hay lágrimas cuando el hermano mayor anuncia prórrogas, salidas intempestivas o suspensiones cautelares, porque el cielo es de un azul patena. Aquí no hay nada de mentira, porque todo es de verdad.

Si la procesión canónica no es todo eso, ¿cómo se podría definir? Imposible hacerlo con los moldes preconcebidos de la razón. Inútil hacerlo con los tópicos manidos, desgastados por el uso y el abuso de los que no ven más allá de las apariencias. Hay que dejarse llevar y olvidarse de todo para llegar al repeluco que provoca la marcha que lleva el nombre de la Virgen cuando la Banda Municipal rompe el silencio tibio en la Avenida, junto a la Puerta de la Asunción: todo confluye. Música y arquitectura, festividad y advocación. Esa suave melancolía impregna el cernudiano acorde de la procesión. En “Ocnos” se retratan estos ritos mañaneros, puros como la infancia o la maternidad. Y en esta hora de sol esquinado se aprecia ese compás pausado, solemne y popular al mismo tiempo, de los niños carráncanos que llevan los cirios encendidos para remarcar el calor que cae del cielo. Nada de frescor. Desmentido oficial al refrán de las mañanitas de agosto que dejan una brizna de frío en el rostro.

Avanzan los fieles sin estridencia. Suena la coral afinada, como si las bóvedas catedralicias siguieran cobijando a las voces que se elevan a un cielo celeste y plata. En la Punta del Diamante, hiriente como una ausencia y en esa plenitud de la luz recién renacida, el paso aparece envuelto en los rayos que lo acogen como un abrazo amoroso. ¿Quién puede pintar ese momento efímero como la vida, rotundo y al mismo tiempo leve como la belleza? El mismo sol que iluminaba la ciudad fernandina y medieval, que bruñía el oro de las Indias y que ponía reflejos contradictorios en la decadencia del Barroco. El sol de los Ilustrados que buscaban la Razón en las luces, el sol de los románticos que luchaban contra las brumas de la desdicha. El sol que supo de guerras fratricidas y que endulzaba los periodos de escasez. Ése es el sol de la Virgen que rompió todos los esquemas del Arte cuando cruzó la Avenida en sombra y se sumergió en la cálida transparencia del aire. Esquina de Correos. El claro albero de la fachada ardía sin quemar el paso. La sombra de una farola contra la pared era un hermoso quiasmo, una paradoja de las luces y los contraluces.

Entonces el cronista sintió que la ciudad estaba bien hecha, que ese perfil sonriente era lo único que valía la pena en ese instante, que los nardos olían como la felicidad y como la tristeza al mismo tiempo. El Niño sonríe, pícaro e inocente, ante el sol que deslumbra sus ojos semicerrados. Entre la Catedral y el Archivo, entre el Gótico y el Renacimiento, entre el salmón del manto y el azul de agosto. Allí se rompieron los modelos preconcebidos y surgió, por salmo o por ensalmo, la Verdad que buscamos y que sólo alcanzamos a vislumbrar durante el tiempo que tarda en irse, habiéndonos herido, la Madre que nunca abandonó a ese Niño. Ni en Belén, ni en Jerusalén. Ni en el pañal, ni en la mortaja. Ni en la vida, ni en la muerte.

Cuando se va, todo se va con Ella. Hasta la luz parece otra cosa. Una fuente de calor que va haciéndose agobiante a medida que pasan, vacías, las horas. La ciudad está sosegada y en calma. Una hora y media. La medida justa. La unidad y su mitad. Desfila la compañía de honores y el palio de tumbilla, inundado por la luz que viene del oriente al que está orientado el ábside de su Capilla Real, vuelve al estuche gótico de la Catedral. A partir de ahí todo se va vaciando. Todo menos el corazón. Porque esto no es un espectáculo de bandas y chicotás, ni un repertorio de coreografía costaleril. Esto es auténtico, como el ceceo de los peregrinos del Aljarafe o de los Alcores, como las lágrimas perdidas de las mujeres de vestido de ramos y abanico, como los nardos que resisten el viento helado y abrasador al mismo tiempo que marchita la rosa de Garcilaso. Sí, la ciudad está bien hecha. Por eso se queda a solas. Para darse ese lujo que no se entiende en estos tiempos de algarabías. Silencio, calor, soledad… La mejor manera de encontrarse con uno mismo después de haber ido al encuentro con la Madre.