Cuando todo un barrio habla en el mismo idioma

Por  3:35 h.

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La novena acabó como acaban las mejores películas de Hollywood, con un beso. Un beso a la Santa que, a lo largo de nueve días, ha vuelto a ver caras que durante el resto del año habitan lejos del lugar. La Parroquia de Santa Ana es uno de los tesoros desconocidos que guarda este lado del río. Lo es por su labor pastoral y social, su importante historia y un patrimonio, cada vez, mejor conservado.

Se advierte desde la llegada del párroco, hace unos años, D. Manuel Azcárate Cruzado. En días en los que se habla de intervenciones como la del Salvador, en los últimos años, la Parroquia de Santa Ana ha logrado restaurar gran parte de su patrimonio con el esfuerzo y tesón de un párroco incansable, la ayuda de unos feligreses que superan el límite de lo fiel y la creación de una Escuela Taller que es un aula de “bendiciones”.

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El ejemplo no puede ser más rotundo: reordenación del archivo, creación de una sala para investigadores, nuevos despachos, conversión de la cripta mayor en museo, adaptación de la cripta menor como columbario, restauración del órgano, coro, sacristía, pinturas, esculturas, tablas, puertas y cubiertas.

¿Alguien se enteró de lo que allí se hacía? Prácticamente, nadie. Ahora la lucha se centra en querer restaurar un retablo al que le pesan los siglos demasiado. Todo se conseguirá.

Pero, por encima de todo, lo que debe quedar de estos días es el verdadero amor que Triana le profesa a la Abuela de Dios. No existen divisiones (que aprendan, de ello, muchas hermandades), no se advierten pugnas de poder porque aquí, quien tiene la sartén por el mango es la Santa.

Cuando todo un barrio habla en el mismo idioma todo es miel sobre hojuelas. Las fotografías son demoledoras. El besamanos duró horas. Un goteo constante de fieles que se acercaban a la Santa y se incorporaban a cantar junto al coro; madres que enseñaban a sus hijas el verdadero significado de la escena; abuelas cogidas del brazo de sus nietos que enfilaban el pasillo hasta el presbiterio como el mejor atajo para llegar a Dios.

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Es una pena que el verdadero espíritu de la Velá se esté contagiando de una desacralización desmedida. Hace años que la imagen de la Santa no aparece, ni siquiera de refilón, en el cartel que anuncia su Velá. Mucho puente, mucha caseta, guitarras y panderetas pero se olvida, por completo, el origen de la fiesta.

La noche anterior a la festividad de Señora Santa Ana, los feligreses hacían su turnos de vela en la Parroquia. Con las calores de julio, comenzaron a llevar a la puerta de la iglesia limonadas y dulces para hacer más llevadera la vela a la Santa. De eso hace ya más de 100 años. La fiesta ha cambiado porque todo cambia, pero nunca está de más reconocer que el motivo de la Velá es velar por Santa Ana.

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Por fortuna, hay quienes mantienen la sana costumbre de acudir, fielmente, a su novena. ¿Viste cómo estaba la parroquia en pleno mes de julio y los 40 rondando el mercurio?

Lo contento que se pondrían en más de una hermandad si la mitad fuera a la Función del Quinario en plena Cuaresma.

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Fotografías: Miguel Ángel Rodríguez