Enterramiento en el presbiterio del templo de San Jorge de la Santa Caridad / CÉSAR LÓPEZ

Domingo de huesos

Así era la procesión de la Santa Caridad que protagonizaba las vísperas y abría la Semana Santa

Por  0:11 h.

Entre tantas experiencias que un sevillano que se precie de serlo no debería perderse está la de entrar en el Hospital de la Caridad cuando acaba de caer la noche y las últimas luces se filtran por las palmas del cercano jardín de Mañara. Recorrer esos pasillos, salones y patios en la semipenumbra se ha convertido en una actividad enormemente demandada últimamente y eso que a tal hora los maravillosos murillos y las esculturas y retablos de Roldán o Bernardo Simón de Pineda sólo se pueden admirar a la luz de un exiguo candil a pilas. Es en esa visita que organiza Entranajes Culturales donde el historiador de arte Sergio Raya suele pillar desprevenidos a los visitantes con la historia de la procesión de los huesos que nos remite a una Semana Santa pretérita (en la que ya sabemos que hunde sus raíces la hodierna).

Sergio Raya, historiador del arte y coordinador de la visita nocturna al Hospital ha estudiado en profundidad la ya desaparecida “procesión de huesos” / CÉSAR LÓPEZ

Ocurre cuando en el transcurso de la visita el templo se ilumina al completo revelando toda la fuerza y aparataje de la Contrarreforma. Señalando un punto bajo el presbiterio, Sergio indica que ahí se montaba el túmulo funerario de los seres más desgraciados del Seiscientos: bandidos, pobres, ajusticiados, ciudadanos comunes alcanzados por cualquier epidemia que no habían podido tener un entierro cristiano. La procesión de huesos y cajas mortuorias que se desarrollaba para tal fin (dar cristiana sepultura) tiene como marco el profundo sentido que la hermandad otorga desde su origen al hecho de enterrar a los difuntos. Es más, fue precisamente ése y no otro el punto de partida de esta corporación en el siglo XV.

Sobre este lugar se ubicaba el túmulo funerario de los huesos recogidos. La cita del libro de los proverbios resume la espiritualidad de Mañara: “Quien practica la misericordia con los pobres hace un préstamo interesado a Dios” / CÉSAR LÓPEZ

A imitacion del Santo Tobías los hermanos salían dos veces por semana a enterrar a los difuntos pobres (que eran también los pobres difuntos). Existe testimonio gráfico de su forma de proceder en el propio hospital: un cuadro en el que Tobías y su ayudante adquieren curiosamente la misma postura que Nicodemo y Arimatea en el retablo mayor del templo de San Jorge: al fondo se reproduce la procesion mortuoria. Los hermanos aparecen con su paño, portando una parihuela. Un muñidor pregona el lúgubre cortejo, como destaca Granero en su libro Don Miguel de Mañara. Por citar un dato más prosaico, por aquella época cada entierro con su mortaja respectiva venía a costar unos 3 ducados. Pero estos finados eran los más afortunados de entre todos los beneficiados de la hermandad. Para los otros se organizaba la procesión de los huesos. Entramos entonces en materia. Entierros de emergencia A lo largo de todo el año algunas personas morían en los caminos a manos de alguaciles o malhechores.

Esta cruz de manguilla presidía los cortejos de hermanos que salían a los campos a recoger los cadáveres y la conocida procesión de los huesos del Domingo de Ramos / CÉSAR LÓPEZ

Los condenados por la Justicia también eran ejecutados fuera de las ciudades. Habitualmente eran colgados. Entonces se les daba una sepultura provisional en el mismo sitio donde se dejaban sus restos, así que un día los hermanos regresaban para cumplir con los fines que establecían las reglas y dar a los difuntos sepultura cristiana. Ese era el plan del Viernes de Dolores. Los hermanos se reunían a las cuatro de la tarde. Acudían vestidos con todo el boato, engalanados y a caballo. Entonces se organizaba un cortejo que salía a exhumar los cuerpos o despojos de los pobres. No iban a ciegas. La hermandad tenía (y aún tiene) documentos que localizaban el lugar exacto de esos enterramientos provisionales. Se conoce a la perfección su organización: abría la marcha el muñidor con su hopa azul (una vestidura parecida a una sotana cerrada) montado sobre una mula, con la campanilla y el escudo de plata de la Caridad.

El Santo Tobías entierra a un difunto mientras de fondo se reproduce un cortejo mortuorio de la propia hermandad. Este cuadro se utilizaba como tablón para anunciar a los diputados de entierros. “Era el Excel de la época”, dice Sergio Raya / CÉSAR LÓPEZ

Detrás figuraban el secretario, el teniente de secretario y el fiscal, todos ellos a caballo. Tras ellos los hermanos y por último un clérigo montado en una mula que portaba la manguilla y la cruz de plata. A un lado y otro, el hermano mayor y el alcalde antiguo. Detrás figuraba una litera tirada por dos mulas, destinada a portar los cadáveres recogidos por el campo, que eran amortajados y metidos en ataúdes o en urnas si ya solo quedaban huesos. Una meticulosa labor de la que se encargaban cuatro hombres a pie. Tras ellos los diputados de entierro a caballo pedían limosna con bandejas de plata. Una vez recogidos los ataúdes se entraba en la ciudad y se salía por el postigo hasta la ermita de San Jorge. Ante el altar mayor quedaban depositados todos los ataúdes y urnas de huesos durante el Sábado de Pasión bajo un túmulo cubierto de negro. El día grande El Domingo de Ramos era en el siglo XVII un día de gala como lo es hoy, pero no para ver las cofradías que abren la semana grande sino para asistir a la procesión de los huesos: un espectáculo

Libro de entierros donde constaba la procedencia de cada una de las personas fallecidas que eran halladas en las calles de Sevilla. Igualmente la hermandad guarda el registro de los cadáveres encontrados extramuros de la ciudad / CÉSAR LÓPEZ

multitudinario y solemne. “Vaya diferencia con la Borriquita”, comenta en la visita Sergio Raya. Los días previos se realizaba un bando para pedir a los vecinos de Sevilla que pintaran las fachadas de sus casas y exornaran los balcones y rejas con colgaduras. Era por la tarde cuando salía la procesión, mientras tañían las campanas de la Giralda. Esta vez los hermanos iban a pie. Abría el cortejo el muñidor seguido de 24 niños de doctrina con velas azules y hermanos con velas de a libra. Como diputados de tramo los propios miembros del cabildo: el fiscal, los alcaldes moderno y antiguo y el hermano mayor iban provistos de velas apagadas o varas de plata.

En la procesión de los huesos figuraba una imagen conocida como “Santo Cristo de la Caridad”, aunque parece que los documentos que hablan de ello no se refieren a este excepcional Ecce Homo de Roldán que responde a la misma advocación / CÉSAR LÓPEZ

Según los datos de Granero después figuraban tres eclesiásticos con manguilla y la imagen del Santo Cristo de la Caridad. Hasta aquí el cortejo secular, porque después figuraba el clero con cruz parroquial y los religiosos con sus hábitos. Tras ellos el clero diocesano, el preste con 4 capellanes que vestían capas pluviales de luto y por fin, a hombros de los hermanos, los ataúdes y urnas de huesos de los pobres. Hasta se conoce el recorrido por calles que hace siglos dejaron de llamarse así: Pescadería, Calle del Pescado, Puerta del Arenal, Calle de la Mar, Calle Gé- nova, Plaza San Francisco, Audiencia, Chicarreros, Mercaderes del lienzo, Arquillo de los chapineros, Francos, Placentines, Catedral. De allí entraban en la capilla del colegio de San Miguel, donde hoy se encuentra la Plaza del Cabildo. Ahí se realizaba el enterramiento cristiano de esos huesos. Mañara recompone la procesión Aquella fastuosa procesion no era del gusto de Miguel de Mañara, que solo un año después de llegar a la hermandad se convierte en hermano mayor.

El entierro de Cristo figura en el altar mayor del templo de San Jorge dado que es la mayor obra de Caridad. Los hermanos la practicaban también con quienes habían muerto en zonas despobladas / CÉSAR LÓPEZ

El venerable comienza a actuar a raíz de un escabroso asunto. En 1666 un hermano llamado Juan Galindo propone que un ajusticiado fuera enterrado con toda la pompa propia de la procesión de los huesos. El caso es que el sujeto en cuestión había sido descuartizado y sus cuartos expuestos en distintos puntos, con la circunstancia de que algunos de ellos habían desaparecido. Por eso Mañara se niega y convence a los hermanos para que no se acepte la idea de Galindo ya que “sería una cosa disconforme hacer pompa pública solamente con dos cuartos de un hombre y materia que no tan solo no dará devoción sino será escandalo público”. Mañara redactará en 1675 una nueva regla que suprime de hecho todo lujo y boato de la procesión y la reduce a un sencillo traslado de los restos. Una regla que por otra parte viene a conferir un espíritu profundamente cristiano a los preceptos ya presentes en el anterior texto de 1666. Así, indica a cada hermano que cuando encuentre a algún enfermo en un zaguán “con entrañas de padre lo socorra en su aflicción, que busque con qué traerlo y si no lo encuentra, que se lo eche al hombro”. También estipula que deben ser los diputados de entierros quienes saquen el cadáver con sus manos de las andas y lo entierren en la sepultura, “porque eso es enterrar a los muertos y lo demás es solo acompañarlos”. La sociedad cambia y el Siglo de las Luces acaba con aquella procesión de los huesos pero no con la hermandad ni con el legado del propio Mañara. Sus restos mortales descansan en la cripta del templo. Está abrazado al Discurso de la Verdad. Se fue seguro de que la muerte era solo un trámite. Vayan a verlo. Si es posible, de noche. Y agradézcanle también nuestra Semana Santa, impregnada de la espiritualidad de Ma- ñara y empapada de Barroco.