Estampas de un Domingo de Ramos de lluvia y retraso
Estampas de un Domingo de Ramos de lluvia y retraso 25717

Estampas de un Domingo de Ramos de lluvia y retraso

Por  10:40 h.

ImageCon los ojos puestos en el cielo después de tantas amenazas de lluvia. Así amaneció ayer Sevilla, buscando con esperanza pedazos de resol en los alféizares de las ventanas y en los balcones. Como si quisieran espantar el agua, desde las primeras horas de la mañana, por todos los rincones se oyeron las campanas que llamaban desde la Catedral, Santa Ana, la Magdalena… desde todas las parroquias, a la misa de palmas y la ciudad se llenó de ramas de olivo plateadas y del rubio radiante de las palmas para recibir al Señor con la alegría del cielo despejado.

Casi durante toda la jornada, con las intermitencias de nublados y sol, y la lluvia del mediodía, fue el Domingo de Ramos esperado, con esa luminosidad que se canta en la calle en todos nuestros pequeños pregones particulares. Volvía la ciudad a estrenar emociones en manos que sentía tan nuevas como las de los niños blancos de la Borriquita, una estampa que podrá volver a sacarse al año que viene de la caja de lata de la memoria en su rampa del Salvador.
Esa lluvia inoportuna de las tres de la tarde, que sorteó las predicciones más tardías de los meteorólogos, provocó primero cuarenta minutos de retraso que fueron incrementándose durante toda la tarde. Porque, ya con la Paz y sus nazarenos blancos en la calle, se sucedieron los cabildos de urgencia en la Hiniesta, la Borriquita, Jesús Despojado y la Cena, y después en San Roque. Todas decidieron hacer su estación de penitencia mientras la lluvia huía. Fue media hora de retraso que provocó encajes en las demás, al formarse un embudo hacia la Carrera Oficial.
La Estrella salía a su hora en punto y ya pasadas las ocho y cuarto de la tarde -media hora después de lo previsto-, la Amargura decidió también salir, tras despejarse las dudas sobre una tormenta que caía sobre Huelva y que quizá podía dirigirse hacia nosotros. Por eso, a las ocho y media, la Cruz de Guía de Jesús Despojado ya había entrado en su capilla tras cambiar su itinerario de vuelta. Hasta las diez y diez de la noche no comenzó a salir el Amor y con sólo su nombre llenó de dulzura y tristeza el aire del día que se acababa.
El mal tiempo previsto y el miedo a la lluvia provocaron esos desajustes en los horarios e itinerarios en este Domingo de Ramos de 2007 lleno de efemérides y significados.
Pero la mañana permitió que las instantáneas fueran las de todos los Domingos de Ramos, galas de fiesta, niños emocionados, largas colas ante los templos, de corazones abiertos.
Los albos nazarenos de la Paz volvieron a saberse protagonistas de la jornada inaugural despertando la expectación a su alrededor. A la una de la tarde, cuando un viento frío empezó a recorrer el Puente de Triana, la Paz se llevaba todo el sol al Porvenir para arrancar brillos al misterio de Nuestro Padre Jesús de la Victoria en el atrio de la parroquia de San Sebastián. Después, la cofradía sería sorprendida por la breve lluvia.
En San Julián, donde siempre quedan el umbral de la primavera de Juan Sierra y el recuerdo de la Cruz de hierro del cementerio de la epidemia de peste, se abrían las puertas entre aplausos.
En un hálito invisible de cenizas quedaba la huella de la quema del templo hace 75 años cuando la Hiniesta, rosa de pasión, llevándose el pañuelo al rostro, arrancó aplausos incluso antes de sortear la ojiva. Una levantá por Antonio Sánchez Lecaroz. Delante, el alcalde, Alfredo Sánchez Monteseirín, copaba su sitio institucional con la vara laica que tal vez cambie de manos el próximo Domingo de Ramos.
Casi a la misma hora salía la Borriquita de la Anunciación, frente a las setas gigantescas que van levantándose en la Encarnación. Jesús Despojado también volvía a protagonizar el milagro de llenar Molviedro de ojos pendientes de Él y de la Virgen de los Dolores y Misericordia, con el espléndido palio recuperado por José Antonio Grande de León. Mientras, en el mismo tramo horario, la Cena, imponente, enfilaba la calle Sol hacia la placita de los Terceros. Allí, Santa Catalina dejaba ver su interior, lo mismo que desde su entrada principal gótica antecediendo a la siempre oculta mudéjar para mostrar sus maltrechas entrañas y volver a lanzar un grito de socorro a los cofrades y a los sevillanos para lograr su restauración.
San Roque, con luto por la muerte del párroco José Cejudo, llenaba de morado y verde la abarrotada Plaza de Carmen Benítez. En la tarde que comenzaba dos niños que estrenaban devoción y compromiso, llenaron a su padre, nazareno de Gracia y Esperanza, de recuerdos de su infancia y de miedos nuevos que le van naciendo ante la vida y ante la muerte.
Después, todo el júbilo se fue a Triana. Del Altozano a San Jacinto todo fue azul. El Señor de las Penas, de costero a costero, y de marcha en chicotá, la Estrella, son 15 lustros de valiente, volvieron a rendir a Triana a sus pies. Los cirios azules del último de los once tramos de la Virgen se hicieron esperar y el tiempo se ralentizaba como si no quisiera la Estrella dejar su barrio entre el leve y perfecto movimiento de su palio y algunas bruscas levantás que abombaban de aire el manto y arrancaban aplausos.
Media hora después de lo previsto previsto, Cruz de Guía en el triángulo de la Plaza de San Juan de la Palma para dar paso, rodeados de paredes burdeos y albero, al Silencio Blanco y la Amargura, con su rayo de sol de septiembre en el rostro y Santa Ángela envolviéndola.