Desaparece el escenario de una leyenda

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El garaje donde nace una de las leyendas más populares de la Semana Santa de Sevilla está en proceso de derrumbe tras haber sido vendido por la familia Araujo, propietaria del número 39 de la Avenida de Eduardo Dato. Hace unos días comenzó el proceso mediante el cual desaparece el escenario de una leyenda que tuvo como protagonistas al Gran Poder y al futbolista Juan Araujo.

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Corría el año 1965 y se celebran en Sevilla las misiones generales mediante las cuales, decenas de imágenes fueron llevadas a distintos barrios de la ciudad. El Gran Poder tenía asignado a llevar a sus sagrados Titulares a la Parroquia de Santa Teresa, cercana a la Gran Plaza.

ImageA la altura del Hospital de San Juan de Dios comenzó a llover y Juan Araujo, futbolista y cofrade del Gran Poder, propuso refugiar las imágenes en su garaje de coches, junto a la Parroquia de la Concepción lnmaculada de la Santísima Virgen María, sede de la Hermandad de la Sed. Pero la imagen del Gran Poder no cupo por la puerta por lo que, rápidamente, fue llamado el sacristán del templo para que pudiera refugiarse en la iglesia.

La realidad se acabó manipulando en una leyenda que aseguraba que Juan Araujo se negó a visitar al Gran Poder por no haber sanado la enfermedad de una hija. También la leyenda atribuye que Araujo abrió la puerta del garaje y se encontró con la imagen del Gran Poder, cuando, en realidad, él fue el precursor de que las imágenes acudieran allí para refugiarse de la lluvia.

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Recuperar el azulejo La Hermandad del Gran Poder agradeció a su hermano, Juan Araujo, el gesto que tuvo con la corporación y le hizo entrega de un azulejo que presidía, desde entonces, el garaje. En la actualidad, los trabajadores de la empresa encargada de derribar el lugar intentan, por todos los medios, retirar el azulejo del Señor para su conservación, sin haber tenido demasiada fortuna hasta el momento.

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Pese a todo, con la desaparición del taller se esfuma una leyenda que acabó convirtiéndose en una de las más hermosas contadas en la ciudad. Sin embargo, su belleza no debe empañar una realidad que es bien distinta en la que Araujo no fue indeciso de su fe, sino guardián de su Señor.