Visita de la reina Isabel II al Hospital de la Caridad

Isabel II, marcha fúnebre

La relación de la reina Isabel II con las cofradías sevillanas en aquel siglo XIX

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Sábado 9 de abril de 1904. Avenida Kléber de París, un rincón regio en la gran capital de Europa. Palacio de Castilla. En una de sus alcobas fallece una mujer de setenta y cuatro años, una hija, madre y abuela de reyes que vive en el destierro desde la revolución de 1868. La llamaron la Gloriosa. A ella, a Isabel II, la llamaron de peor forma. La historia decidirá. Ahora, lo periódicos franceses empiezan a recordar el oscuro pasado de la abuela del actual rey, el joven Alfonso XIII, la niña que nació en el estertor del absolutismo del reinado de Fernando VII, en un país que los franceses todavía ven recién salido “de las garras de la Inquisición”.

Funerales por la reina Isabel II

Una niña que fue motivo de una guerra por un trono al que aspiraba su tío, Carlos María Isidro, todavía más atrasado y arcaico que su padre. “Una cuna mecida por la balas”, titulan los plumillas parisinos para recordar aquella época oscura de la corte española, la de una niña que nunca fue criada para ser reina y que nacía en un país intransigente, en un pueblo embrutecido de generales ambiciosos y de cortesanos corruptos que buscaban los mejores puestos, en un país dominado por una religión oscurantista que colocaba a sacerdotes y confesores como consejeros políticos de la futura reina, en un país que naufragaba en un continuo mar de intrigas, pronunciamientos e intentonas de golpes de estado y de revoluciones fracasadas.

Retrato de la reina Isabel II

París en abril. Una república va a despedir a la que fue reina. En el periódico Le Constitutionnel se habla de una “una gran dama que fue 35 años huésped de París, una esposa ultrajada, una madre dolorosa…” Es el noticiario más benigno. Durante cinco días pasan por la capilla ardiente parisina diversos monarcas exiliados de la familia Borbón y la prensa recuerda otros aspectos más escabrosos de la reina muerta. Hay quien trae al presente aquella boda de estado con su primo Francisco de Asís, aquel homosexual amante de los encajes más que la propia dama, una difícil carga para aquella ardorosa joven que no dudó en conocer los secretos de alcoba de muchos miembros de su corte, desde ministros a militares, que le acabarían dando continuidad a la monarquía en forma de hijos legítimos a los ojos de los hombres pero no a los ojos de ese Dios oscuro que le predicaba aquel futuro santo que la confesaba en las dependencias de palacio. En los corrillos de la capilla ardiente parisina hay quien recuerda los continuos cambios de gobierno de su reinado, el atraso secular de su país, la incultura de una reina que no sabía moverse por la diplomacia, y menos por el extranjero, y que acabó viviendo condenada al exilio casi la mitad de su vida por culpa de aquella revolución de 1868 que la mandó a tierras extrañas. Lugares a los que nunca se adaptó, cargando con una maleta de recuerdos y una obesidad que ridiculizarían el tiempo, el maldito invento de la fotografía y muchísimos caricaturistas que se atrevieron a representarla en los más deshonestos escenarios.

Grabado del Descendimiento

Quizás no fue feliz. O sólo a ratos. Eso se comenta en el cortejo fúnebre que recorre los Campos Elíseos, la plaza de la Concordia, las Tullerías y el puente de Solferino antes de desembocar en la estación de Orsay, donde un tren especial con crespones negros, trasladará el cuerpo de la difunta a la frontera española. Regreso a casa.

En el vagón fúnebre, el tren llegó a la vieja piel de toro en tiempos de la reina difunta, alguien recuerda que Isabel fue feliz en Sevilla. Era, quizás, el refugio de aquella joven oronda, ardorosa y poco formada, a la que declararon mayor de edad con 13 años. Querida por unos y odiada por otros, siempre tuvo especial vinculación por aquella ciudad que le puso su nombre a su primer puente estable. Negro presagio. Cuando se inauguró el año 1852 no pudo pasar ninguna cofradía al otro lado del río porque fue año de lluvias…

Isabel II en 1876

A Sevilla acudía Isabel regularmente a ver a la Virgen de los Reyes, esa imagen medieval de recuerdos franceses a la que Isabel tuvo especial devoción. Cuentan los libros de la Capilla Real que cuando llegaba al octavo mes de sus embarazos pedía al Cabildo una función especial por el feliz alumbramiento, hecho que ocurrió nada menos que ocho veces, aunque no siempre fueran felices sus partos.  No sólo eso. A la Virgen donó en 1853 su magnífico manto verde, el mejor de los que mantiene. Bordado en estilo renacentista, fue presentado a la Virgen por su propio cuñado, el duque de Montpensier, que acababa colocándose siempre en primera fila. La reina, incluso en época de destierro volvería a Sevilla, en 1884, para donar el manto blanco de los castillos y leones.

Se habla de Sevilla en su época y solo se recuerda a su hermana y a su cuñado. Así es la historia… comentan en el vagón del tren fúnebre. La Semana Santa de Sevilla de aquellos años no es la de los duques de Montpensier. Isabel apenas era una niña, pero ya la habían declarado mayor de edad en 1844 cuando concedió a la hermandad de Pasión convertirse en una hermandad del siglo XIX: pasaba del blanco mercedario al negro y al morado en sus túnicas, el año que se estrenó un nuevo Cireneo para aquella excepcional imagen de Montañés por la que no pasaba el tiempo. El mismo año concedió el título de Real a la hermandad sacramental del Salvador, que, cosas del tiempo, se acabaría uniendo a la hermandad de Pasión. Más todavía, la hermandad sacramental la nombró hermana mayor honoraria el mismo año: otro anticipo a los tiempos futuros.

Antiguo altar de cultos de la Quinta Angustia

Algunos años más tarde, en 1850, también le concedería a la hermandad de La Lanzada el título de Real. Un nuevo título que añadir a una corporación que entonces residía en san Basilio y que desde el 13 de septiembre de aquel año hizo gala de una corona sobre su escudo. Al año siguiente fue recibida como hermana por la hermandad de la Quinta Angustia, que por entonces se acababa de fusionar con la hermandad del Dulce Nombre de Jesús. No iba a ser menos que su hermana y su cuñado, que acaban de hacerlo, como con tantas otras hermandades, una pareja que se creían los reyes de su Sevilla… Era la ciudad a la que siempre volvería: a su tumba se llevaba el recuerdo de aquella visita de 1862 en la que se le hicieron grandiosos arcos de triunfo junto a la Catedral, una de esas arquitecturas efímeras que tanto le gustaban de esa ciudad que le quiso dedicar una plaza nueva y hasta un monumento que acabaría dedicado al Santo rey conquistador. Cosas de esa ciudad: a ella le dedicaron un puente que todo el mundo conocería como el de Triana, aunque en su corazón quedaba que el Cachorro, la Estrella, la Esperanza o la Virgen de la O lo cruzarían por muchos años…

Caricatura de la reina Isabel II

Sevilla. El lugar al que volvería. El lugar al que regaló una feria de abril y al que volvió en tiempos de exilio, después de una república y de un rey extranjero. Ante la Virgen de los Reyes volvió a rezar en 1876, y en 1877, y todavía en 1882 y en 1887. Dicen algunos de sus allegados que aquel último año la vieron llorar delante de la Virgen por la muerte de su hijo Alfonso. Antes lo había hecho en una visita la Hospital de la Caridad, donde vio la muerte de Valdés Leal rondando a los enfermos acogidos junto al río.

Nazareno de Pasión

Un día de abril de 1904. Los restos de una reina difunta y olvidada viajan en un tren lleno de crespones negros en su regreso a España. En Sevilla preparan la coronación canónica de una Virgen de madera por la que reinan los reyes. Por algún rincón suena una marcha fúnebre. Castillos y leones son mudos testigos de la historia.

Nuestro Padre Jesús de la Pasión

Libro de Reglas hermandad de la Lanzada, foto web de la hermandad

Virgen de los Reyes

Arco efímero levantado por una visita a Sevilla de la reina isabel II

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

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