Jaculatorias para un Martes Santo de frustración

Por  11:42 h.

ImageSusurrando… Desamparo y Abandono, Almas, Sangre, Misericordia, Buena Muerte, Salud, Buen Viaje, Señor de la Presentación, Encarnación, Angustias, Candelaria, Gracia y Amparo, Dolores, Desamparo, Dulce Nombre.

Ya no creíamos que la lluvia fuera a rompernos la Pasión. Dos días de amenazas no cumplidas y, ayer, en un Martes Santo que amaneció radiante se abrió el cielo a la una y media y se derramó sobre el Cerro, que había iniciado su larga estación de penitencia.
Y luego, cuando ya el Martes estaba roto por la mitad, unas nubes burlaban el control de los radares meteorológicos para terminar de descomponerlo. Otro augacero convirtió la noche en un nefasto juego de huida hacia el refugio para las cuatro hermandades que habían confiado en la suerte que tuvimos el Domingo de Ramos y el Lunes Santo. Desde las nueves y media todo fue volver marcha atrás.
Creando una letanía íntima hemos musitado los nombres de Cristo y paladeado con devoción los de su Madre con tanta tristeza que la ciudad parecía enmudecer.
Desamparo y Abandono, la jaculatoria para el Cristo y la Virgen de los Dolores del Cerro llevó ayer con más intensidad, si ello fuera posible, la marca de su barrio. Fue un rótulo de amor. Las pequeñas gotas de agua que comenzaron a caer se convirtieron en un virulento aguacero cuando el misterio estaba en Ramón y Cajal y el palio en la calle Aragón. Lluvia a agua, de pétalos y de aplausos para Dolores del Cerro, un barrio que siguió con sus imágenes bajo la intensa lluvia, rodeándolas como si quisieran protegerlas en esa chicotá de vuelta a la parroquia.
De pronto, el cielo volvió a despejarse para permitir, en una decisión difícil, que San Esteban iniciara su estación de penitencia, buscando la gente el espectáculo del milagro de los varales de la Virgen de los Desamparados, envuelta en azul y orquídeas, sorteando los dientes de la ojiva. Un varal se prendía a uno de ellas como advirtiendo que salir era peligroso. Por primera vez vestía la túnica de la Hermandad un italiano descendiente de San Juan de Ribera, que ha acompañado al humilde , doliente y abatido Ecce Homo. Salud y Buen Viaje sufriendo la eterna burla de los sayones.
Sevilla se arremolinaba alrededor de esta hermandad, única en la calle hasta las siete, hora a la que, por las predicciones, retrasó su salida la Candelaria, que por la mañana vivió la inauguración de la plaza dedicada a quien fuera su hermano mayor, Ramón Ybarra Llosent.
Señor de la Salud, Candelaria, inigualable azul, blanco, plata y flores de cera, de barrio, como las de San Esteban, del Cerro, de San Benito… Las nubes negras rodearon Sevilla y dejaron que en San Nicolás sonaran racheados costaleros en la rampa y que los ojos se llenaran de lágrimas de alegría anticipada por verlos volver entre las sombras verdes y los muros viejos de los Jardines de Murillo.
Pero antes, poco después de las tres de la tarde, las siguientes hermandades en horas previstas de salida, con las previsiones meteorológicas en las manos, tuvieron que tomar la también penosa resolución de no salir a la calle. En cascada, primero los Estudiantes, los Javieres y tras ellos San Benito. El futuro demostró que fue una buena decisión.
Buena Muerte, Almas, Sangre… Descompuesto el día, ese Martes Santo de altas catenarias como maderos esperando cuerpos en un paisaje vacío.
Las oraciones de los templos, en ósmosis, salían al exterior, donde sólo había lágrimas y pena, donde no llegaría ya el fragor jubiloso tan esperado: Señor de la Presentación, Pilatos que enamora a un pueblo gozoso que es capaz de apartar de su mente el dolor del Gólgota, Virgen de la Encarnación, que sueña con cruzar el Puente de Triana. En San Benito quedaron confinadas las imágenes de la Calzada con todo su barrio a las puertas, con la emoción y las lágrimas empapando la túnica nueva.
En el cancel de Omnium Sanctorum, allí donde han quedado tus oraciones prendidas, junto al bullicio de la calle Feria, donde todo el aire que corre sabe a Macarena, el Cristo de las Almas quedó, en su calvario de claveles rojos y su refulgente canastilla.. Gracia y Amparo de rosas blancas…
Ruán negro en San Fernando, pies descalzos pisando el asfalto mojado, marchando sin estación de penitencia. Buena Muerte, Angustias. En la Universidad, la plegaria se fundió con el recuerdos de Juan Moya Sanabria, que fue su hermano mayor. La Hermandad esperó a que se produjera un claro para trasladar a las imágenes a su capilla desde el Rectorado, un momento breve y rápido para contemplar el dulce rostro de Cristo.
Santa Cruz esperó hasta las ocho para hacer su estación de penitencia de contrastes entre casas de antiguos señores, frescos patios ocultos, murallas del Alcázar donde su sombra deja una impronta de sabores viejos, y las tiendas de souvenirs de estridencias kisch, los chicken, egg y vegetables para turistas que siguen un cartel.
El anuncio de la salida de Santa Cruz hacía presaguiar una noche tranquila. No lo fue. Cuando San Lorenzo esperaba a su otra devoción, la Virgen del Dulce Nombre, el Martes terminó por romperse a pedazos. El descontrol puso a prueba el muy discreto operativo dispositivo de GPS instalado por el Ayuntamiento. Los pasos buscaban refugio, vuelta al templo de San Esteban que no pudo disfrutar de la Alfalfa. Santa Cruz del Postigo a la catedral para regresar al instante y La Candelaria volvía, dejando al Señor de la Salud en al Anunciación. El optimismo del Dulce Nombre, que decidía seguir adelante, se empapó de inmediato. Vuelta a San Lorenzo alfombrada de rojo, empapada. como las letanías del rojo desteñido por la lluvia de los antifaces nazarenos de El Cerro, del agua recorriendo el cuerpo del Cristo del Desamparo y Abandono, pero siempre protegido por su barrio. No hay abandono.