Reportero en las alturas

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José María JavierreEl cura tenía olfato periodístico. Por eso llevaba más de quince años anunciando esa muerte que nunca terminaba de llegar. Y le vino el miércoles. 85 años. Los dos últimos retirado, maluscón. En la esquina del Paseo Colón, en la casa de su familia sevillana, los Fernández Palacios donde el ocupante del apartamento de la azotea era conocido como el “Ba”, ha pasado todo este tiempo preparándose para el trabajo profesional que tanto ansiaba y en el que está ahora mismo.

“¿Te imaginas lo que sería poder contar como es aquello? Hacer un reportaje sobre cómo es la vida allí, qué gente hay, como son, como viven… Te imaginas.” Increíble Javierre. Sangre de tinta fresca de las rotativas antiguas incluso hasta después el final. Antes de irse a Madrid, El Cardenal fue a despedirse. El adiós más emotivo entre cientos.

Recostado en la cama, en la misma en la que el jueves las hermanas de la Cruz le amortajaron con una casulla que ellas mismas le regalaron, el cura se ha pasado un par de años recordando su vida. Estudios en Alemania, periódicos, libros, biografías enciclopedias, diplomacia, corresponsalías y, como no, las hermandades.

Se quiere destacar de su relación con las cofradías el pregón de 1993, aquel que amenazó con no dar si no le daban las entradas que necesitaba y que tuvo que recortar sobre la marcha cuando vio que se estaba alargando más allá de lo razonable, o su vinculación a las hermandades del cardenal Spínola, el Gran Poder y la Soledad de San Lorenzo. Pero si hubo una hermandad colocada en el lugar más destacado de su corazón esa fue la Sed. Un cura, o mejor dicho, el cura del concilio no pudo elegir más que a la cofradía que mejor representó al Vaticano II. El viernes, día de su entierro, con el Cardenal oficiando la misa llovió copiosamente. Quién sabe si fue una señal del cura que nos quiso decir que arriba, en las alturas, hay muchos reportajes por hacer.