José Cretario: Juan Garrido que estás en los cielos

Por  11:35 h.

ImageJoaquín Moeckel se acababa de enterar que no había cura para oficiar el funeral de Agustín Hepburn. Uno en concreto había dicho que no por las circunstancias del fallecimiento.
Moeckel, que había trabado ya una intensa amistad con el canónigo Garrido Mesa por su trabajo común en las obra del Salvador le llamó. «Juan, que no hay cura para la misa de este chaval, tu sabes».
«Dime a qué hora es la misa que allí estoy yo, quienes somos nosotros para juzgar a nadie. Sólo Dios puede». Ese Dios infinitamente misericordioso es el que a estas horas ve cara a cara Juan Garrido Mesa. «Está muy malito» aseguraba el pasado viernes Manuel Soria y ayer, poco después de las diez de la mañana, en la UCI de un hospital, concluía su periplo por la tierra un hombre culto, sabio y bueno. Desde muy joven empezó a despuntar en el sacerdocio. Dicen que aún se recuerda su examen en la Pontificia Universidad de Comillas, o como consiguió, por oposición y no por nombramiento, su puesto de canónigo en la Catedral de Sevilla.
Cuando en 2003 hubo que cerrar el segundo templo de Sevilla, el cardenal se acordó de él. No en vano había ocupado puestos de relevancia en la administración autonómica andaluza como secretario general técnico de las Consejerías de Hacienda y de Obras Públicas. Esto quiere decir mucho; quiere decir que el cura Juan Garrido no solo era un hombre útil en la Iglesia sino también en la sociedad civil. Pertenecía a ese grupo de sacerdotes sevillanos -Benigno, Paco Navarro y otros- a quienes profesaban admiración los socialistas paisanos como Felipe González Alfonso Guerra o Manuel Chaves.
ImageLa obra final de Juan Garrido como delegado diocesano para la restauración del Salvador, al margen del aspecto material que ha sido y es brillantísimo, ha conseguido algo que sólo de vez en vez ocurre en Sevilla. El Salvador es un ejemplo de una cosa bien hecha, de excelencia de un trabajo que devuelve a la ciudad la autoestima que extravía con más frecuencia de lo deseable. La pérdida como ven es grande. Pero eso a él no le gustaría que se escribiera. Una vez dijo que «la enfermedad no mata, lo que mata es el olvido». Vivo por tanto, porque aquí no le vamos a olvidar, Juan Garrido no ha esperado el viento de marzo de 2008 que era cuando anhelaba descorrer las cortinas del Salvador restaurado. El Salvador lo ha llamado a su presencia. Quizá sea porque tenga que restaurarse alguna cosa en esos cielos por los que ya pasea el hombre culto, sabio y bueno que fue, que es, Juan Garrido Mesa.