La Candelaria no cabe

El hermano mayor, Justo Rufino, puso orden con el Padrenuestro cuando la infantería empezó a entrar por la puerta del buzón y a salir por la del zigzag

Por  2:00 h.

No cabe. Por eso sale a la calle como un borbotón de un venero. Como una ola que se desparrama en la rampa. Una ola verdeazul con espuma de plata que vence a la estrechez de la roca, la serpentea, y se expande fuera con un golpe de locura. La Candelaria no cabe. Los hermanos Gallardo lo saben. Por eso tiritan en San Nicolás cuando la cofradía es un alboroto buscando sus tramos por las columnas.
El hermano mayor, Justo Rufino, puso orden con el Padrenuestro cuando la infantería empezó a entrar por la puerta del buzón y a salir por la del zigzag en ese birlibirloque sevillano que permite sacar por el dintel de un templo recoleto una multitud de catedral.

La tarde estaba amarilleada en las fachadas blancas, en las túnicas de los nazarenos, en los barnices de las rejas. Al acceder, los capirotes salían despedidos de las cabezas, todas despeinadas y húmedas, buscando el alivio del mármol frío. Pero poco a poco fue ganando espacio el silencio. Y el Señor de la Salud afrontó la cuesta abajo con la plaza al límite. Juan María Gallardo gritaba sin consuelo: «¡Siempre de frente!».
Y cuando puso las plantas de sus pies en los adoquines camino de los Jardines de Murillo, a plena luz, yendo por donde siempre ha vuelto, algo pasó allí que no tiene explicación. La túnica tallada del Nazareno se bamboleaba. No estaba quieta. Bailaba en el viento, muy despacio, entre el temblor de los candelabros, buscando el convento. Sin mirar atrás para no sufrir las fatigas de su Madre entre las piedras de la puerta.
Dentro esperaba

Ella ese milagro que rompe los cálculos de la ciencia. Y ante su rostro, un hombre mayor le rezaba sin cesar desde su silla de ruedas. Con su túnica vieja. Número 3 de la hermandad, 89 años. Su hijo, también ataviado con el hábito de la hermandad, empujaba la sillita. A ver si esto no es grande: ese anciano lleva años sin salir porque ya no puede.
Su niño, al que hizo hermano cuando nació, tuvo que emigrar a Brasil y no ha podido venir en Semana Santa en la última década. Hace unos días apareció en su casa por sorpresa y su padre se rompió. Llamó a la hermandad. «¿Es posible todavía sacar nuestra papeleta de sitio?».
Y allí estaban los dos, ante su Virgen, consagrando un rito. Al preguntarle por qué había vuelto, contestó sin dudar: «Porque yo creo que ésta es la última vez que mi padre va a poder salir y le he dicho que si él me trajo a mí aquí cuando yo estaba en un carrito, ahora voy a llevarlo en el carrito yo a él». Le dio un beso.
Y el viejo, cubriendo sus emociones con el antifaz, hizo un intento vano de parecer cascarrabias para no partirse en dos allí mismo. Entonces José Miguel Gallardo tocó el martillo. Y le dejó el mando a su hijo Josele. «¡Poco a poco!». Por esa rampa bajaron todas las generaciones del barrio. Descendió el tiempo, el pasado y el porvenir. La Virgen sorteó el doble dintel letal. A tierra. Sin espacio por ningún rincón de su palio.
Se metió por donde no entraba cumpliendo las órdenes de un hombre moreno con la cara blanca. Culebreando por un hueco que no deja pasar el aire. Con la gente encogida en la calle, apretando su cuerpo en el acto reflejo de achicarse para que se achicase también lo que veía. Para que lo imposible ocurriera. Y pasó. Rompió la ola.
Llegó la fuerza de la naturaleza hasta Santa María la Blanca, o hasta los Jardines. Se inundaron de Candelaria los callejones. El capataz iba empapado. Se había dejado allí el sentido. Y cuando la Virgen pasó por delante de las voces blancas de las monjas negras de Madre de Dios, el nazareno seguía empujando el carrito delante de Ella en la única dirección verdadera: hacia la intemporalidad. Desde lo estrecho a lo ancho de la vida. Por el resquicio angosto de su cofradía. Así que no diga nadie que la Candelaria va al revés. Porque la Candelaria va siempre por derecho.

Alberto García Reyes

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