Virgen de la Concepción de Cristóbal Ramos / M. J. RODRIGUEZ RECHI

REVISTA PASIÓN EN SEVILLA

La historia de la Inmaculada Concepción en la Semana Santa de Sevilla

La relación de las cofradías con el dogma inmaculista se remonta siglos atrás y se manifiesta de múltiples maneras

Por  2:44 h.

Fue una práctica bastante extendida, en siglos pasados, que imágenes marianas con títulos de gloria como Rosario, Remedios o Inmaculada saliesen por Semana Santa. Las Soledades eran las que encarnaban específicamente el desconsuelo, por lo que aquellas antiguas efigies del siglo XVI, muchas de ellas con ropajes entallados, convertían su carácter letífico en doloroso con la simple añadidura de atuendos negros, enlutados, más acordes a la tristeza. Cuando se restauró la antigua Virgen de la Concepción del Silencio, en 1936, se comprobó que, debajo de la mascarilla realizada por Cristóbal Ramos a mediados del siglo XVIII, subyacía el rostro primitivo de la originaria, algo más reducido y casi mutilado. Esto corrobora que el Silencio, por ejemplo, había llevado en su estación penitencial, durante el siglo XVII y buena parte del XVIII, una Virgen de gloria que cumplía el recorrido bajo palio, considerada como dolorosa. En épocas pasadas, muchas imágenes de la Virgen cumplieron una función ambivalente, consistente en representar dos interpretaciones distintas, prácticamente opuestas.

El culto a María como madre del Hijo, exenta de toda mancha, en recuerdo de las Llagas del Redentor, la Santa Cruz y Pasión del Señor, por haber sido preservada de todo pecado, arrancó en la Edad Media cuando dominicos y franciscanos rivalizaron tanto en cuestiones concernientes al fervor mariano. En el siglo XVI, los dominicos promovieron la devoción del Rosario, mientras que la orden seráfica se erigió en la principal defensora de la Inmaculada Concepción. En el transcurso del Quinientos, se fundó en su convento casa madre, la cofradía del Cristo del Perdón (un nazareno con la cruz a cuestas ayudado por el Cirineo), que realizaba la procesión acompañado de la Limpia, a la que también se conoció como de la Oliva, según González de León. La tarde del Jueves Santo, los cofrades cumplían con sus ejercicios penitenciales, flagelándose como disciplinantes.

Lo mismo sucedió en el convento dominico de Regina, donde se estableció la del Santo Crucifijo y Purísima Concepción, cuyas primeras reglas están fechadas en 1549. También salía la noche del Jueves Santo. Sus penitentes vestían túnica blanca y escapulario celeste, aplicándose azotes y martirios. Precisamente, en este mismo templo fue donde un fraile dominico puso en entredicho el carácter inmaculado que desató toda la polémica concepcionista en Sevilla a partir de 1613. De hecho, los frailes dominicos, mantuvieron con esta hermandad un enfrentamiento judicial, a cuenta de la propiedad de la Virgen. Hasta el extremo de que sus hermanos, estuvieron a punto de fundar un convento dedicado al título de la Purísima Concepción.

En la segunda década del Seiscientos, surgió en la ciudad una enorme efervescencia piadosa. La devoción popular contribuyó a elevar el culto a la Concepción Inmaculada, cuya creencia está íntimamente unida al barroco sevillano. Una de las hermandades que más se involucró fue la del Silencio, primera en jurar y defender el misterio. Desde aquellos años de tanto fervor mariano, saca en procesión penitencial a la Virgen de la Concepción.

La Virgen de los Ángeles, de la Hermandad de los Negritos saliendo de su capilla / ABC

La Virgen de los Ángeles, de la Hermandad de los Negritos saliendo de su capilla / ABC

Otra hermandad que rinde culto a una imagen vinculada a aquel movimiento concepcionista, es la de los Negritos, cuya titular recibe la advocación de Nuestra Señora de los Ángeles, aunque en su versión de dolorosa. «Regina Angelorum» fue una de las invocaciones más recurrentes de las consagradas a la Concepción en aquel periodo, en el que esta cofradía adoptó el celeste como color corporativo. Los negros no quisieron quedarse ajenos a este conflicto teológico –que llegó a convertirse hasta en una cuestión de Estado– y se adhirieron a la defensa de su misterio como otras hermandades. Pese a ello, el arzobispo Fernando Niño de Guevara no consintió que realizase estación de penitencia durante casi diez años. Dos de sus cofrades negros decidieron empeñar su propia libertad para costear, con el dinero obtenido por la venta, la celebración de una función religiosa, dedicada a la Inmaculada. Gracias a toda esta gran implicación, los negros terminaron consiguiendo que el Papa, Urbano VIII, aprobase canónicamente sus reglas en 1625.

Simpecado de la Esperanza de Triana en una imagen de los años 30

Simpecado de la Esperanza de Triana en una imagen de los años 30

No olvidemos que otras hermandades también se implicaron en el juramento y defensa del misterio concepcionista, distinguiéndose por participar en la celebración de fiestas organizadas en honor de la Inmaculada (ahí están los casos de la Hiniesta, Gran Poder, Valle…). Algunas terminaron fusionándose con viejas hermandades de la Concepción como, por ejemplo, la Esperanza de Triana o la Lanzada. La gran resonancia que alcanzó el fragor inmaculista se percibe fundamentalmente en nuestra propia Semana Santa, en cuyos desfiles procesionan numerosas insignias concepcionistas (simpecado, espada, bandera, Sine Labe, etcétera) que pregonan al mundo la apasionada declaración de que María fue concebida sin mácula de pecado original y el inveterado espíritu mariano de Sevilla.

Iconografía de la Inmaculada

A raíz de la publicación del Arte de la Pintura, escrito por el pintor Francisco de Pacheco en 1641, aunque publicado en 1649, se consolidaron las principales premisas teóricas y técnicas del icono. La victoria de María sobre el mal queda representada, entre los rayos del sol (ráfagas), pisando la serpiente en actitud triunfante sobre la luna recortada en cuarto creciente. Figura coronada por doce estrellas, sin la compañía del Niño, como la del Rosario, simbolizando así el nacimiento de la Virgen sin pecado original, previo a su condición de Madre del Hijo de Dios. A partir del último tercio del siglo XVII, el modelo iconográfico evolucionó gracias a la influencia de las interpretaciones tan originales que concibió el célebre pintor sevillano, Bartolomé Esteban Murillo. Fue entonces, cuando estas representaciones marianas adquirieron un mayor dinamismo, basado en el propio movimiento de la figura y el agitado diseño de los ropajes. Se acrecentó entonces la moda de adaptarles un candelero para ser vestidas, y los escultores comenzaron a representarlas siguiendo esta novedosa versión. Por tanto, los modelos de algunas Inmaculadas sirvieron para definir determinados rasgos de muchas otras dolorosas.

Inmaculada de los Venerables, hoy en el Museo del Prado.

Inmaculada de los Venerables, hoy en el Museo del Prado.