Custodia del Corpus en la Plaza de San Francisco / J.M. SERRANO
Custodia del Corpus en la Plaza de San Francisco / J.M. SERRANO

CORPUS 2017

La luz con el Corpus dentro

Hasta la Giralda sirvió de sombrilla gigantesca para los que se apostaron a ver una procesión de tramos interminables que las cofradías han engrandecido hasta la saturación

Por  3:24 h.
El Corpus es una procesión con forma de merluza -la socorrida pescadilla del símil se queda corta- que se muerde la cola, el lomo y el cogote. Dos ejemplos ilustran este aserto. Cuando los soldados que acompañarían al Santísimo se bajaban de los autocares estacionados junto a los aleixandrinos Jardines del Cristina, por la Avenida iban de regreso estandartes y varas de las hermandades que ya habían cumplido con el recorrido. Ni los unos coincidieron con los otros, ni los otros con los unos en ningún momento. A esa hora ya había pasos dentro de la Catedral de vuelta, y pasos que aún no habían salido por la puerta de San Miguel. La Custodia aún estaba resguardada de la luz que le sacaría destellos imposibles a la plata varias veces centenaria de Arfe. Y la Avenida empezaba a poblarse de un público que no acompañó a Santa Ángela, con lo que es Sor Ángela en Sevilla, ni a las parejas de hermanas y de hermanos -todo paritario- que forman las alfareras Justa y Rufina y los sabios Leandro e Isidoro.
El otro detalle es digno de un análisis reposado. El hermano mayor de una hermandad sin la cual no se entiende la Semana Santa, ni se entiende la ciudad, ni se entiende la vida para quien vive estas cosas por debajo de las apariencias, camina por la calle Álvarez Quintero mientras la Custodia enfila la Plaza de San Francisco. Y lo hace en dirección contraria a la Catedral. ¿No ha salido en la representación de su cofradía? Claro que lo ha hecho. Ha dejado la vara, ha cruzado el Patio de los Naranjos y está callejeando para ver la procesión en varios puntos del recorrido. Su reflexión es digna de eso mismo.
Nosotros en realidad no acompañamos al Señor, porque ya hemos entrado cuando aún no ha salido. Nosotros vamos abriéndole paso…
Algunos pensarán que son matices que no vienen a cuento, pero el asunto está en la calle. No hay cofrade ni capillita que no hable de lo mismo cuando nos encontramos a la Sevilla cofradiera -grandiosa marcha de Gámez Laserna- desperdigada por las gradas, por Francos, por esa plaza del Salvador donde todo brilló como la primera vez que salía el Santísimo a la calle. Queramos o no queramos, el debate está abierto y no cicatriza. Los tramos eran interminables, monótonos, cabeceantes en los saludos que se sucedían cuando pasaban por las sillas del herreriano tramo -camisas celestes y pantalones de colegio interno- de una Plaza que a primera hora estaba desierta y que a medida que avanzaba la mañana se encontraba, como el resto del trazado, dividida en la dualidad cortada a cuchillo. Lleno en la sombra y nadie en el sol. Hasta la Giralda sirvió de sombrilla gigantesca para los que se apostaron a sus pies buscando la diagonal de sombra que limosneaban en la cara que da a Placentines cuando el rejonazo del sol era implacable. Una macera buscó el brevísimo refugio de una vieja columna romana para aliviarse del mareo. Y eso que en Matacanónigos, para no desmentir a la tradición, corría un aire que al menos hacía más soportable la espera bajo el cruel astro rey, como se decía antes.
Ayer se cumplían cuarenta años de las primeras elecciones democráticas tras el franquismo. Un momento para rebobinar la memoria. Ya no hay soldados escoltando la procesión, rindiendo armas al paso del Santísimo. No se ha perdido la alfombra de la juncia y el romero que ayer se agostaban antes de que llegaran los pasos que conforman la segunda parte del cortejo. Y todo es mucho más brillante que en aquellos tiempos de penuria, cuando el Corpus llegó a salir un año por la tarde a causa de la ausencia de público matinal. Las cofradías lo han engrandecido hasta la saturación. Uno de los pasitos llevaba cinco capataces y contraguías para nueve costaleros. Hagan la proporción y les saldrá desproporcionada. Las flores y el exorno -palabra cursi donde las haya- de los pasos son impecables. Y las representaciones forman, en muchos casos, pequeñas cofradías con sus diputados de tramo y todo. Para los amantes de la estadística, los varones son mayoritarios hasta un extremo digno de un análisis estadístico. Las señoras escasean. ¿Por qué? ¿Acaso el figuroneo hispalense es más masculino que femenino?
Sea como fuere, al final se impone  la ciudad. Y la luz, seña de identidad de la Sevilla que cuenta sus años por siglos, se erige en la gran protagonista. La luz con el tiempo dentro, metáfora metafísica e inalcanzable que le sirvió a Juan Ramón para definir la estética inefable de Moguer. La luz de la infancia que trae a la memoria el recuerdo de los Corpus que se fueron para regresar cada año en la plata labrada por la mano del sol. Como si Arfe fuera el pretexto, el intermediario de Dios que presenta su obra a Montañés en el Salvador, junto al exquisito altar de la Virgen del Voto que ayer -ironía finísima hispalense- nos recordaba lo que sucedió hace cuarenta años.
Esa luz con el tiempo dentro es el carácter que conforma la personalidad de una ciudad que se resiste a salir de la Roma de Justa y Rufina, del cristianismo visigótico que encarnan Leandro e Isidoro, del Barroco que santificó al medieval Fernando III. Sevilla se resiste a dejar el tiempo atrás y colorea de rojo sacramental a los seises para que nos lleven de la mano hasta el territorio inmaculado de la infancia. Ahí está el Corpus que se alza en la Forma que le da sentido a la procesión, en esa visión de la historia más allá de las memorias que en su día se manipularon y que ahora vuelven a ser objeto de manoseo ideológico.
El Corpus sobrevive a los sevillanos que estamos de paso. Lo vimos cuando el templo rodante de uvas y espigas enfilaba Villegas y el sol caía a plomo sobre la plata en una fusión de metales imposibles. Sonaba la música, el público aplaudía, la mañana se disfrazaba de mediodía y todo encajaba en el mosaico del tiempo. Señor, Sevilla pasa. Toda la memoria de la ciudad estaba en el abrazo cerámico del Amor y en los altares incendiados por el instante. Sobraban la cera y los versos. Todo era luz. La luz con el Corpus dentro.
Francisco Robles

Francisco Robles

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