La saga Marmolejo crece y se diversifica

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El espíritu y el recuerdo de Fernando Marmolejo, el autor del camarín de la Macarena o de las azucenas de la Giralda, juguetean entre los martillos y los cinceles del nuevo taller que su hijo mayor, Fernando también, ha dispuesto en su casa de Santiponce, muy cerquita del museo dedicado al insigne orfebre sevillano, referente en el mundo cofradiero.

Lleva su nombre, aprendió de él su oficio y no puede evitar que se le enturbie la mirada cuando se refiere a su padre ya fallecido; es Fernando Marmolejo Hernández, que después de 37 años trabajando en el taller familiar junto a sus hermanos Juan José y Alejandro se ha independizado.

Ahora ha dado un nuevo rumbo a su trayectoria profesional iniciando una etapa en solitario, aunque ayudado por su hijo José Luis, que es parte de la quinta generación de artesanos, puesto que el abuelo del primer Fernando Marmolejo, Enrique Camargo, ya era filetero de la Catedral de Sevilla.

Parque de Arte Sacro

La familia ha crecido y va regalando a la ciudad de Sevilla una saga de artistas de la orfebrería y mientras Juan José y Alejandro siguen al frente del originario taller de la Plaza de Molviedro, Fernando tiene previsto ubicarse en el futuro parque de Arte Sacro, que se proyecta en la ciudad.

Atento al trabajo de su padre desde niño, cuando jugueteaba por el taller en el que entró de aprendiz a los 16 años, Fernando Marmolejo Hernández estudió igual que su progenitor en la Escuela de Artes Aplicadas. Luego completó sus estudios con el grado superior de Orfebrería en las instalaciones del Pabellón de Chile.

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A una sólida formación, Fernando Marmolejo Hernández aporta una sensibilidad capaz de dotar de espíritu propio a cada uno de los objetos que perfila en papel y acaba en metal. De su padre aprendió a respirar el olor de las velas de la iglesia y mirar a la cara a una virgen para buscar en ella la inspiración con la que diseñar cualquiera de los objetos que se le pueden encargar para su ajuar, su paso o los exornos de la iglesia. «Cuando llegue el momento la mano se mueve sola, me decía mi padre cuando me enfrentaba al papel en blanco», confiesa Marmolejo. Él compara ese momento creativo con las sensaciones que experimenta un torero cuando ve salir al toro y observa cómo se mueve, «entonces la mano se vuelve loca, es la correa de transmisión de lo que tienes en la cabeza y en el alma, es un don de Dios y yo descubrí que lo tenía».

Trabajar en la casa de Santiponce, a un paso de la ciudad romana de Itálica es un privilegio para un enamorado el arte que ha convertido su hogar en un museo en el que guarda desde un cuadro de Juan Valdés, hasta dibujos de su padre o una réplica de la azulejería de caza de una escalera de la Iglesia del Salvador, que cambió por una pieza de su taller.

La amplia entrada acoge en sendas hornacinas a dos pequeñas tallas de la Virgen del Monte, patrona de Cazalla de donde es natural su esposa, y de la Virgen del Rocío, a la que Fernando Marmolejo Hernández ha realizado un rostrillo de oro del que se siente especialmente orgulloso.

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Obras importantes

Una mesa de altar para la Macarena, un cetro para la Virgen de la Bella de Lepe y la corona de la Virgen de la Sierra, de la localidad de Cabra, son algunas de las obras destacadas de Marmolejo Hernández, que realizó en el taller que compartió con sus hermanos.

Entre sus proyectos confiesa que tiene ya esbozado en su imaginación el cetro que le gustaría hacer para la Virgen del Rocío, a la que la familia tiene gran devoción.

Ahora padre e hijo se afanan en la peana de San Antonio Abad de Trigueros, cuya procesión dura 36 horas. En estas andas ha sido sustituido el interior que era de madera y metal por uno bastante más ligero de aluminio realizado por la empresa Calderinox. Para ello se encargó al taller de Fernando Marmolejo Hernández todo el trabajo, que requiere el desmontaje de las piezas de plata para poder sacar la base y cambiarla por la de aluminio, que después hay que volver a recubrir con las piezas de plata repujada. Esta sustitución ha sido anteriormente realizada en el paso de la Virgen del Rocío, que también realiza un recorrido procesional largo y difícil para el mantenimiento del paso.

«Creo que tengo la protección de San Antonio Abad en esta nueva etapa», dice Fernando Marmolejo, que sólo pide salud para afrontarla con la misma ilusión que siempre manifestó su padre.

En este nuevo periplo, Fernando Marmolejo Hernández tiene especial interés en trasmitir a su hijo José Luis las enseñanzas de su padre y maestro. Por eso, para él trabajar con José Luis al lado es un privilegio, un goce que ambos comparten.Formado también «en el taller del abuelo», José Luis Marmolejo dirige sus pasos hacia la joyería, sin dejar la orfebrería, puesto que colabora con su padre en los proyectos de más envergadura, como el de la peana de San Antonio Abad.

Pero José Luis ha encontrado su propio camino tras estudiar diseño de joyas en la escuela de Arte de Dionisio Ortiz, en Córdoba. Allí ha estado expuesto durante dos años su proyecto de fin de carrera, en el que conjugó su gusto por el diseño moderno de líneas sencillas con su experiencia como orfebre, no en vano en su etapa de aprendiz en el taller de la Plaza de Molviedro realizó una reproducción a escala de la corona de la Macarena.

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En septiembre inaugurará su propio taller de joyería en el Pasaje de los Azahares.

Fernando Marmolejo Hernández, el mayor de los seis hijos del insigne orfebre sevillano del mismo nombre, ha abierto un nuevo taller en Santiponce. Esta saga de artesanos crece, se expande y diversifica.

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Fotografías: Rocío Ruz