La semana non santa de Francis Carco

Por  12:25 h.

ImageFrancis CARCO: Huit jours a Séville. Éditions Émile-Paul Fr_res, París, 1929.
Cada vez que escucho hablar del dualismo sevillano y de sus múltips expresiones, me viene a la memoria Huit jours a Séville (Éditions Émile-Paul Fr_res, París, 1929) del francés Francis Carco (1886-1958).
Es un libro dedicado a la dualidad de la Semana Santa sevillana y que no tiene nada que ver con la rivalidad entre la Macarena y la Esperanza de Triana, sino más bien con el descubrimiento del lado profano de una fiesta supuestamente sagrada.
Francis Carco tenía un ojo privilegiado para calar los arrabales y los bajos fondos de cualquier ciudad, pues su infancia había transcurrido en los peores barrios de Niza, Rodez, Lyon y Grenoble. Hacia 1911 Francis Carco se instaló en París y desde Monmartre se zambulló en la promiscua bohemia multicultural parisina, iniciando así en el cubismo a la escritora neozelandesa Katherine Mansfield, quien a su vez le pegó la gonorrea que le había contagiado el poeta polaco Floryan Sobiernowsky.
Francis Carco llamó la atención de la crítica con su primera novela Jésus la Caille (1914) –donde narra las correrías de un proxeneta homosexual- y se consagró del todo con L´homme traqué (1922), otra ficción sicalíptica con la que ganó el premio de novela de la Academia Francesa. Sin embargo, la debilidad de Francis Carco por el lumpen literario era tan grande, que seguramente por eso votó en contra de À l´ombre des jeunes filles en fleurs de Marcel Proust, cuando le tocó ser jurado del Goncourt en 1919. ¿Será que Carco vino a Sevilla atraído por el prestigio de la canalla de sus barrios bajos?
Para un francés como Carco, interesado en lo peorcito de la ciudad Hispalense, no bastaban las estampas cervantinas del Patio de Monipodio, porque para entonces ya existía la gitanería que recorría los libros de Gautier y -sobre todo- el obsceno capítulo de Histoire de Poeil (1928), que transcurre en un confesionario del Hospital de la Caridad. En realidad, Georges Bataille había vivido en Sevilla entre enero y junio de 1922, y no habría sido nada raro que Francis Carco hubiera planeado visitar la pecaminosa Sevilla mientras escuchaba los delirios sofaldantes de Bataille.
Huit jours a Séville comienza con las procesiones del Domingo de Ramos y concluye con un viaje hacia Granada que Carco tenía previsto realizar después de la corrida del Domingo de Resurrección. Ocho días de toros, flamenquito, cafés cantantes y casas de putas por la Sevilla profana, mientras la Sevilla sagrada se entregaba a la devoción y la penitencia. Así, lo primero que uno descubre perplejo es que las profesionales sevillanas cobraban diez pesetas la noche durante la Semana Santa, completísimo servicio que en Bilbao apenas llegaba a las dos pesetas:
-«A Bilbao, prétexta timidement l´un de ces messieurs, j´ai seulement payé deux pesetas».-«Je me fous des putains de Bilbao, dit une femme sur le mode aigu. Moi, tu ne m´auras pas à ce prix-là. J´aimerais mieux…»
– «Voyons: six pesetas?»
-«Non, dix!»
– «He, c´est un prix, fit Antonio. C´est même un prix de Semaine Sainte».
Como cualquier visitante, Francis Carco quiso disfrutar de los bailes flamencos, pero por más que los buscó en salones como el «Olympo» y el «Variedades», no encontró más que fox-trot, charlestón y tangos argentinos.¿Dónde podía ver bailar flamenco entonces? Su guía -otro francés, Antonio- dio con la tecla: en la Academia del célebre maestro Otero («El señor don José Otero, professeur de danses à Séville, proclama mon aimable guide, prononçant à l´espagnole Don Hosé. Je le connais fort bien et puis lui demander de vous faire assister à ses cours. Cela vous amusera»).
La academia que visitó Francis Carco en la calle San Vicente no sólo era la misma escuela donde estudiaron Pastora Imperio, Amalia Molina y Carmen Domínguez, sino el último refugio del baile flamenco. Carco describe minucioso el patinillo cuajado de flores, los retratos y diplomas de la oficina, pero sobre todo el cartel que coronaba la entrada del salón de baile: «No se permite la entrada a ningún hombre en la Academia, lus-je à l´entrée de cette salle». Dentro de las clases, el maestro Otero abría el tarro de sus esencias flamencas, aunque a menudo tenía que lidiar con las madres de las alumnas patosas («Vous pensez: elles ne croient pas qu´elles sont mauvaises. Et la madre encore moins») y especialmente contra el charlestón. En un divertidísimo pasaje, Carco cuenta cómo se las ingeniaba el maestro Otero para prohibir el charlestón en su academia sin arriesgarse a perder a sus alumnas:
-«Que faisiez-vous dans la cour?»
-«Nous attrapions le pas, répondit effrontément Conchita».
-«Quel pas? De la sevillana?»
-«No, señor Otero».
-«Je vous ai aperçues. Eh bien! Quel pas?»
-«Le pas de Joséphine Baker, avoua timidement Carmen».
El maestro Otero fingía una cólera terrible y las conminaba a imitar a Joséphine Baker para que sintieran vergüenza, pero en realidad se tronchaba de risa y admitía que consentirles una «pataíta por charlestón» era la única manera de conservar a sus mejores alumnas («Si je ne leur faisais pas la guerre, ce serait fini. Elles m´enverraient promener. Et alors, je pourrais mettre la clé dessous ma porte comme un pauvre homme ou rester seul à la maison, en face de mes diplômes et soupirer: «Adieu, Séville! Adieu, le noble art de la danse!»»).
Golfo hasta las últimas consecuencias, Francis Carco le tiró los tejos a una joven sevillana que también viajaba hacia Granada en la misma cabina del tren. «Habla usted español con buen acento», le dijo ella. «Habla usted francés con buenas piernas», respondió Carco galante («Mademoiselle, vous parlez français avec de bien jolies jambes»). Y en esos viajes antiguos que duraban casi ocho horas, daba tiempo para todo