La sonrisa etrusca

Por  0:06 h.

Image Image

Te ha besado el aire de una mañana de agosto. Te has vestido con el peso de tus recuerdos y, un año más, has salido a la calle.


Parecías que no andabas sino que deambulabas, no se notaba lo que eras sino lo que sentías. El tiempo se había parado en el amanecer de un día de verano de un año que no importaba.

Ni datos, ni horarios, ni saludos, ni prisas. El momento, sólo el momento. No has sido tú, pero sí el que fuiste una vez y el que probablemente, nunca quisiste dejar de ser…

Has llegado a la Catedral por el camino más corto, el de tus callejones olvidados y el de tus recuerdos de la infancia. Buscabas el buen sitio que nadie te ha tenido que indicar. Público habitual en el lugar habitual. Una máxima barroca: ni más, ni menos. Y allí, en tu lugar en el mundo has dando rienda a tus recuerdos …

Recuerdos de un tiempo pasado. Te vestían de domingo y te sacaban al amanecer. No había derecho… Aunque al llegar la procesión algo cambiaba tu cara. Quizás fuera una sonrisa que se contagiaba…Quizás fuera tu imaginación la que te sacaba de tu sitio en el público y te llevaba a los brazos de aquella Señora. Por un momento de olvidabas de todo lo que había alrededor. Y de lo que te contaban: que si una imagen fernandina, que si la Edad Media, que si los ángeles, que si otras vírgenes, que si los nardos, que si el manto de los castillos y leones, que si la tumbilla… Que sí, que a ti te importaba poco.

Porque tu ya te habías situado en brazos de aquella mujer de madera, enigmática, más antigua que el tiempo. Sonaban las marchas de tu Semana Santa y unas zapatilla blancas os llevaban siempre de frente, como las buenas cuadrillas. Y te olvidabas de todo. Unas manoplas de madera te protegían y en tu trono comprendías porqué reinaban los reyes. La mirada al frente de una Mujer de cabellos de oro…como en los villancicos de tu abuelo. No te importaban ni corales, ni brillantes, ni oros, ni bordados. Sólo te importaba aquella sonrisa que te envolvía… Cuando pasabas delante de los Mercadantes veías otras sonrisas góticas pero aquella era especial. Alguien te la comparó una vez con la sonrisa de los etruscos. ¡Qué gran acierto!. La risa moderada del que reina por encima de todas las cosas. Por eso tú llegabas casi a reírte entre aquellas manoplas de madera… Todo pasaba en un tiempo corto, probablemente el justo…

Image


Un años más, cuando has vuelto a tu casa has creído ver a tu abuela, la del nombre sevillano. Quizás fuera su sonrisa…un día como el de hoy celebraba la importancia de su nombre. Un día en que tú te hacías un niño. Un niño que, cada año, sigue sintiendo que estrena unos zapatitos de plata…

pasionensevilla recomienda visitar el blog de Manuel Jesús Roldán: