DOCUMENTAL

La túnica que no se entierra

Un símbolo familiar, heredado de generación e generación, que cada Domingo de Ramos vuelve a salir como a finales del XIX

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La túnica pasó de ser un atuendo característico de los disciplinantes a ser un símbolo de identidad social de una cofradía respecto a su collación o su grupo social. Pero, donde cobra una mayor carga emotiva, es en la transmisión del hábito dentro de una misma familia. En el tercer capítulo del documental «Las raíces de la Semana Santa» descubrimos la historia de una túnica de una familia de la hermandad de la Amargura que, desde finales del siglo XIX, se ha ido legando de generación en generación bajo una sola premisa: «Que nadie se entierre con ella».

El protagonista de la historia es Ángel Prados Blanco, un hermano de fila de San Juan de la Palma que cada año se reviste con una túnica de sarga blanca tan antigua que llevarla encima es de por sí una penitencia por su peso. En su día, esa túnica perteneció a su abuelo, José Prados Vera, mayordomo que fue de la Amargura y el hombre que cambió el estilo de la cofradía para pasar a denominarse popularmente como el «Silencio blanco». Hasta 1910, la cofradía de San Juan de la Palma era excesivamente popular, entraba excesivamente tarde y los nazarenos andaban de bar en bar por el barrio. Tanto, que la mujer de José Prados Vera, Pilar Parejo, le dijo indignada tras entrar la hermandad que lo que había visto era «una vergüenza». Por ello, el por entonces mayordomo impulsó un cambio que, además de la rigurisidad en las filas de nazarenos, se impuso que todas las túnicas fueran blancas (por entonces los nazarenos de la Virgen llevaban antifaces morados). Esa cofradía con una idiosincrasia tan particular pervive hasta nuestros días desde 1911.

Prados Vera solía ser nazareno de las secciones del paso del Señor, de ahí su túnica blanca. La legó a su hijo Ángel Prados Parejo -cuyas iniciales están grabadas en el cuello del hábito-, que falleció en brazos de su hermano José durante la batalla del Ebro en la Guerra Civil en septiembre de 1938, quien la vistió durante décadas hasta que la edad le impidió seguir vistiéndola. Fue entonces cuando se la echó a su hijo Ángel, a quien le puso ese nombre por su hermano fallecido en la guerra. «Aquel día mi padre me dijo una frase que no se me olvidará en la vida y que es un canon familiar, lo mismo que dijo mi abuelo al legarla: ‘Por favor, hijo mío, no os enterréis con ella’. Y yo haré lo mismo con mis hijos».

Cada año, la familia Prados se viste en la casa de su hermana Consuelo en la plaza de San Martín. Allí se forma un auténtico tramo de nazarenos blancos con cola al brazo y cruz de malta al pecho. Se visten cada Domingo de Ramos por orden cronológico, del más joven al más veterano, cuyo título ostenta ya Ángel Prados Blanco. Es un ritual que termina con unas preces y la bendición de un sacerdote amigo de la familia antes de partir hasta San Juan de la Palma.

Cada Domingo de Ramos, esa túnica sirve de homenaje a sus antepasados. Antropología de la Semana Santa.