Miguel Loreto ante el paso del Señor de la Sentencia en la década de los 90 / HDAD. MACARENA
Miguel Loreto ante el paso del Señor de la Sentencia en la década de los 90 / HDAD. MACARENA

En las puertas del cielo

Loreto entró sobrado de razones para mandar por tabaco al portero

Por  11:15 h.

Me cuentan los angelitos que juegan en algunos respiraderos, los de colores frutales y murillesca picardía, que aquel día impreciso en el que Don Miguel Loreto Bejarano llamó a las puertas del cielo para pedir la venir en el palquillo de horas eternas diciendo que soy capataz, costalero y armao macareno, los goznes se aliaron con San Pedro y se volvieron broncos con el capataz, quizás puertas y portero celosas de que entrara en la Gloria el hombre que enseñó en la tierra a Dios andar como los hombres.

Digo lo de impreciso porque en ese día Loreto se despidió de su cuadrilla de seguidores tiene hora, día y año concretos en el almanaque de los hombres. Pero la eternidad no gasta ni días, ni horas ni años. Y mucho menos almanaques que son goteros de cuarzo, sol o arena con el que la finitud se organiza para medir el tiempo, siempre tan fugaz y caprichoso que a mí me parece que no existe.

Que es invención nuestra. Una mentira muy gorda con el que nos engañamos para no ser tan vulnerables como en realidad somos. San Pedro no tuvo más timbales que abrir de par en par las puertas para que entrara por ellas, como un príncipe gitano, como el rey de una noche caracolera, el hombre que hacía terrenal con sus andares al Santísimo y acercaba las alpargatas de sus costaleros al damasco precioso con el que los santos andan por las alfombras de nubes de la Gloria.

Y los angelitos mentados se enrollaron, le dieron al bisté con tanta desenvoltura que parecían haber salido de una juerga de bohemia en el Polígono de San Pablo, cantiñeándose por Camarón para darle dimensión metafísica a la letra de la Leyenda del Tiempo. Siempre el tiempo jugando con el raso y el mármol, con la nana y el epitafio, con el sonajero y las campanas que despidieron a don Guido. Al lío. Les quería decir que los angelitos salieron guapos, achispados y pintureros de la fiesta y ya, con el pico caliente, contarme como en secreto que Don Miguel entró en la Gloria perdonándole la vida a San Pedro y dando tres golpes de martillo con su puño a las puertas, que le obedecieron ya sin bronca, sumisas y subordinadas, ante la majestad torera que el capataz macareno juntaba por arrobas.

Luces y monteras que, en sus días finales, había sido conservar y multiplicar en la taberna arenera del Ventura, donde no le faltaba su solera. Entró en la Gloria don Miguel como el Sentencia entraba en Trajano después de repartir las flores del bien por la Alameda. Con la misma voz de tinaja honda que animó el anís de las alboradas rosas. Con los mismos volcanes abiertos en los ojos. Con la misma potestad y derrochaba si alguna alpargata se insubordinada. Entró tan sobrado de razones para mandar por tabaco al portero que, en una plazuela de la Gloria, con palmeras y luz de Domingo de Ramos, las almas se agarrapiñaron para decirle con dulzura de piñonate que verdaderamente Loreto era el verdadero hombre que enseñó a caminar a Dios por Sevilla como si fuera un hombre. Un hombre bueno. Un hombre sentenciado. Un hombre sin culpa. Un hombre por encima de los hombres.

Lo llamó tantas veces y con tan prusiana intensidad que, el Jefe, que para estas cosas cuando llama, llama de verdad, lo reclamó el otro día, quizás para sacarlo de la onerosa tiranía de la enfermedad, esa polilla que es capaz de acabar con la caoba. Fernández Cabrero fijó a la tabla de los tiempos de los tiempos la frase, que es suya y solo suya. Y ahora se la pido prestada para liberarme de la visión de verlo, casi a diario, por esa calle Temprado por donde pasó sus últimos días. Limpio, pulcro, con las ondas de su pelo cansado y gris, con una sonrisa en la soledad de su destino, sentado en la sillita de ruedas ayudada por el cirineo familiar o amistoso que lo acompañaba. Siempre para el Ventura. O para donde la solera le diera color al cristal. La calle Temprado es la mejor lección de humildad para los que se piensan que la gloria no para y que el otoño de la vida respeta las hojas de los álamos.

Decía Borges que los actos de los hombres no merecen ni el fuego ni los cielos. no comparto, Maestro. Hay hombres que sin ellos en el cielo ni el cielo es cielo ni es ná…