Manuel J. Roldán: «El 90% de mis alumnos en Sevilla Este no ha subido nunca a la Giralda»

Por  10:26 h.

Image¿Otra «Historia de Sevilla»? ¿No cree que ya está dicho todo?

Esa es exactamente la razón por la que sale este libro, que hay muchas historias de Sevilla. Hay una historiografía tradicional muy ardua del siglo XVI. Los autores del XIX son muy descriptivos y en el siglo XX se producen dos tendencias: o bien se hace el libro científico de la Universidad que para el gran público es muy lejano, o el legendario cargado de batallitas que se queda en algo demasiado poco científico.
¿Este libro está en medio de esas dos tendencias?
Claro, lo que yo quería hacer era una historia científica pero accesible para el gran público, que se pueda leer, que el público general pueda aprender cosas y que el historiador pueda repasar. En ese sentido, se ha cuidado mucho que tenga fotografías, despieces, que combine lo anecdótico con lo objetivo. Yo creo que este libro no existía.
¿El investigador no científico ha construido una Sevilla falsa con sevillanos que no existen?
Le ha hecho daño, pero ha sido quien ha acercado a conocer la Historia de Sevilla a mucha gente. El gran público no se acerca por los textos de la Universidad, se acerca por los autores del pueblo, que en el fondo esconden mucho anecdotario falso, pero con un sustrato real. Mucho joven historiador se acerca por ese tipo de libros. Mis alumnos me lo dicen. Pero yo creo que hacía falta una historia intermedia. Por eso he querido compaginar ambas cosas. El mejor halago que me han hecho es que este libro se puede leer, no es un libro de decoración.
¿Sevilla es históricamente un tópico?
El tópico parte muchas veces de dos cosas: la historiografía de lo inventado y lo casuístico. Los viajeros del XIX crearon un tópico de Sevilla que Sevilla se ha creído. Los sevillanos creen que son como dicen los de fuera que son. Pero esa no es ni ha sido nunca su realidad. Y el otro gran problema del sevillano es el desconocimiento. El sevillano alardea de conocer su ciudad, pero no la conoce. Y no me refiero sólo a lo básico.
¿Tiene datos concretos para afirmar eso?
En Sevilla Este, donde he dado clases, un noventa por ciento de los niños dice que no ha subido nunca a la Giralda. Eso es vivir en Sevilla Este como puedes vivir en Parla. Cuando se pierde la identidad como ciudad, se pierde mucho de la ciudad en sí. He dado clases también en Marchena y la gente de allí conoce mejor Sevilla que los de Sevilla Este. Los de aquí no pasan del Nervión Plaza.
Image¿Ese desconocimiento del que habla tiene algo que ver con la supuesta «construcción de un sueño»?
Sin duda. Lo vamos a suavizar un poco diciendo que ha sido desgraciadamente una constante en la Historia de la ciudad. La clase gobernante nunca ha estado a la altura de conocer la ciudad. Los gobernantes actuales desconocen donde están determinados monumentos. Al no conocer la grandeza de la ciudad, quieren crearla de nuevo. Hay una amnesia progresista. Por crear una farolita en la Alameda no estamos creando nada. Es más importante saber conservar lo que tenemos. Y Sevilla es una ciudad viva, no tiene las imágenes de Semana Santa en un museo, sino en la calle. Los que tiraron las murallas también se creían que eso era el progreso en el siglo XIX. Los abanderados del progreso del siglo XX tiraron las casas-palacios. Eso es malentender el progreso. Una ciudad como Sevilla no la podemos inventar. El desconocimiento hace que el gobernante se crea tan importante como para ser capaz de hacer algo mejor.
Quien no conoce la Historia corre el riesgo de repetirla.
Exacto. Y lo malo no es que la repitan, sino que la empeoren.
¿Y por qué los sevillanos permiten que sobre mosaicos romanos se construyan unas setas de hormigón o que sobre la antigua muralla haya raíles y catenarias?
Se lo voy a explicar con una anécdota del libro sobre los levantamientos del siglo XVII porque subió mucho el pan. La gente salía a la calle y se quejaba contra el gobernador más cercano, pero no entraba en analizar la cuestión. No se daban cuenta de que era un problema estructural de la ciudad. Ese es uno de los males del sevillano: quejarnos de boquilla. Nos subimos en un autobús y todo el mundo se queja de todo, pero nadie actúa.
¿Este libro funciona como guía de paseo para que el propio sevillano se descubra a sí mismo?
Para eso se le ha incluido al final de cada capítulo un plano de los años sesenta dibujado a mano alzada con todos los edificios del casco urbano. Ponemos el de la Alfalfa cuando hablamos de la época romana, el de la Alameda en el XVI… Lo que más llama la atención es la cantidad de edificios que ya no existen.
ABC