Miguel Loreto / HDAD. MACARENA
Miguel Loreto / HDAD. MACARENA

EL RINCÓN DE...

Miguel Loreto: «En mi corazón llevo amor, cariño y muchas, muchas vivencias»

Fue el poder y la gloria de llevar por Sevilla al Sentencia macareno. Un ictus ha ensombrecido parte de sus recuerdos. Pero no ha podido con la fuerza de su casta. Sigue descubriendo cómo pasa la vida

Por  0:18 h.

Ésta es la última entrevista realizada a Miguel Loreto para ABC y Pasión en Sevilla. Su autor, Félix Machuca hizo sincerarse a este personaje popular macareno.

—¿Cuántos años tiene usted, don Miguel?

—Mal empezamos.

—Es que lo veo extraordinario…

—Estoy regular. Aunque me vea bien de aspecto. El ictus me ha quitado movilidad y memoria. Digamos que de chapa y pintura estoy fenómeno. Por dentro es otra cosa.

—¿Echa muchas cosas de menos?

—Muchas. Muchas cosas. Sobre todo a gente. Antes fui mucho y, a veces, estabas tentado a creértelo. Yo nunca me lo creí. Pero ahora hace frío.

—¿Y cómo se abriga?

—Bien. Me abrigo bien. Siempre he hecho lo que he querido. Ahora, con el tiempo pasado, creo que no era todo tan bonito como lo pintaban.

—¿Mucha ojana cuando uno está en lo alto, no don Miguel?

—La vida misma. Cuando estás arriba del todo, en olor de multitud, todo es bonito y suave. Todo lo contrario a cuando estás en decadencia.

—¿Está triste?

—Sí. Pero me aguanto. Otra cosa no puedo hacer.

—Pero vienen a verle los que más le quieren…

—Algunos. Sólo algunos. Hace tiempo que dejé de pensar que era el ombligo del mundo. Pero es que ahora pienso y te das cuenta que nunca lo fui.

—Aquellas madrugadas con el martillo y mandando tanto como usted mandaba. ¿Le sirven de bálsamo los recuerdos?

—Aquello no se puede olvidar. Resulta inolvidable. Ni los buenos ratos que echamos como armao y costalero tampoco.

—¿Sueña con aquel martillo?

—No. He dejado de soñar.

—Pero soñar es bueno, enciende la esperanza…

—Claro que sí es bueno, mientras que no sean pesadillas. Mi sueño ahora es ponerme bien, ponerme bueno.

—Pues usted tiene mano ahí arriba para pedirlo y que se le conceda.

—Siempre le rezo a mi Cristo de la Sentencia. Sin olvidar jamás a la Esperanza.

—Le veo la muñeca y observo que lleva un reloj en cada una. ¿Por qué?

—Porque tengo todo el tiempo del mundo. Uno adelanta y el otro da la hora buena. Estoy esperando a que mi sobrino me lo arregle.

—Algo habrá que le reconforte en estos momentos.

—Haber disfrutado de ese paso de la Sentencia como yo lo he disfrutado.

—¿Algún recuerdo especial?

—Una llamá para entrar en la basílica donde le dije a la cuadrilla: si no habéis visto hoy a Dios es que sois ciegos.

—Y aquello subió como una pluma al viento.

—Como siempre. Eras unos costaleros de categoría. El único defecto era el capataz.

—¿Por qué se muestra tan humilde don Miguel?

—Yo llegué a pensar que aquel paso era mucho para mí. No que me viniera grande. Eso nunca. Pero sí que era demasiada grandeza para mí el que yo fuera el que mandaba allí. Y no es falsa humildad.

—El paso del tiempo despluma los pájaros que tenemos en la cabeza.

—No creo que ese sea mi caso. Pero cuando la vida te coge y te da fuerte, te tambaleas.

—¿Qué tiene en su mesilla de noche?

—Nada. Lo llevo mejor aquí. (Se señala el corazón).

-¿Y qué lleva en el corazón?

—Amor, cariño, muchos recuerdos y vivencias.

—¿Recuerda alguna?

—Así, en frío, no me viene ninguna.

—¿Qué hace los jueves santo?

—Voy por la Basílica. Si no voy lo paso peor. Tengo que sentirme cerca de ellos.

—¿Y qué le dice la gente?

—Comentan entre ellos mira ese es Miguel Loreto. Y yo me estiro, me vengo arriba. Todo el mundo tiene un poco de vanidad ¿verdad?

—¿Se siente olvidado?

—No me siento olvidado. Pero me gustaría sentirme querido.

—Usted estuvo en la cima del mundo y ahora pisa la tierra. ¿Saca alguna lección?

—Una lección muy fácil: hay que asumir lo que te viene. Hay que ser consciente de que llega un día en que la vida te suelta la mano. Y hay que aceptarlo.

—¿Cómo es un día cualquiera en su vida actual?

—Vulgar. Me aburro. No encuentro nada ahora mismo que me llene.

—Pero donde está lo tratan divinamente.

—Mejor todavía. Y estoy agradecido en el alma.

—Cierre la entrevista con un recuerdo bonito.

—El día aquel que no salió la Macarena y el capataz de la Esperanza de Triana, en la calle Sierpes, me dijo que llamara al paso. Yo le dije que no, que ese honor era sólo de ellos. Y me dijeron que si no iba, el Cristo de Pureza no se levantaba. Después yo correspondí haciendo que el capataz del misterio de Triana llamará el paso del Sentencia.

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Miguel Loreto

Miguel Loreto

Mantiene esa voz gorda, grave que redondea la picardía que aún brilla en sus ojos. Pulcro, bien afeitado, mejor peinado, maquea como un dandi la necesidad de los momentos más estrechos de su vida. Tocó el cielo con un martillo. Hoy sufre los rigores de los clavos de la vida con la ayuda de la regla del venerable Mañara. Sic transit gloria mundi, quizás nunca mejor dicho. Fue pescaero, tabernero de locales donde se cantaba por Caracol, costalero del Sentencia y armao de la Centuria. Luego se quedó con el mando del Pilatos macareno por casi quince años, según recuerda trabajosamente. En la entrevista está presente Manolito el Panaero, también romano como Miguel. Tose. Y a Miguel le sale el bicho de la picardía: « Manué hay que saber morir a tiempo» Y mira al tendido de la muralla del bar de la calle Santander donde un solera mañanero y un paquete de Ducados le despiertan las ganas de vivir. Acabamos la entrevista y me vacila: «bueno ahora podemos decir la verdad…» Lo fue todo. Y hoy sigue siendo más todavía.

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