Javier Rubio ante el Cristo de la Caridad de Santa Marta / R. DOBLADO

MEDITACIÓN ANTE EL CRISTO DE LA CARIDAD

Obediente como un muerto

El periodista de ABC Javier Rubio ofreció anoche una sentida y profunda reflexión en San Andrés como prólogo al Besapiés del Cristo de Santa Marta

Por  1:17 h.

«Tengo frío, Señor». Javier Rubio ni siquiera rozó la superficie barroca del costumbrismo cuando se sumergió en las aguas abisales del misterio. El verbo meditar se le quedó corto a quien meditó anoche ante el Cristo de la Caridad en San Andrés. Armado con el bisturí de su inteligencia, el cristiano desnudo empezó confesando que tenía frío. Tengo frío, Señor. No hay mejor manera de acercarse al Cristo. Tengo frío. Tengo hambre. Tengo sed. Ese frío subía desde la capa freática que hiela los pies. Asciende por la carne destinada a dejar de ser lo que es, se cuela por las articulaciones, enmudece los cartílagos y llega a la médula de los huesos. Y así, hasta el alma.

Casi todo estaba oscuro en San Andrés. Tiniebla mudéjar. La llama repetida en la luz delgada de los cirios que se inflamarían -ese fue el mandato de Ignacio de Loyola a Francisco Javier- con las lenguas de fuego del Espíritu. ¿Alguien ha dicho espíritu? En la meditación no hubo nada material que no fuera el cuerpo destinado al rigor mortis. Cadáver obediente hemos de ser para seguir al Nazareno que sale sobre el canasto dorado -ésa fue la única alusión a la materia de la Semana Santa- de la cofradía donde ayer todo era espiritual. Palabra. Rubio iba detrás del Verbo. No paró hasta encontrarlo. Pero antes tuvo que emprender un viaje iniciático movido por la gran pregunta que se hace el cristiano desde el fondo de los siglos. ¿Por qué?

¿Por qué han elegido los hermanos de Santa Marta a un pecador, a un hombre que no es cofrade ni capillita, a alguien que no les tiene especial devoción a las imágenes religiosas, a un tipo que no es de ese mundo? Pues por eso mismo, compañero. Porque el Espíritu sopla donde quiere y cuando le da la gana, que para eso es el que es. Hacía falta alguien que desmontara el entramado para que se viera el vacío donde flota la fe. Alguien que reconociera sus minusvalías para emprender la hercúlea tarea de meditar ante el Cristo muerto, imagen misma del fracaso que apuntó el meditador. Si no somos conscientes de ese vacío, si lo dejamos todo en manos de las imágenes y las volutas, de los candelabros y los mantolines, el engaño nos aliviará la angustia, pero seguiremos sin llegar al origen ni al final, que a fin de cuentas son el mismo lugar.

Ese viaje iniciático se alimentó con el combustible literario de una anáfora que era apóstrofe lírica, llamamiento a quien lo escuchaba. ¿Por qué? ¿Por qué crucificaron de forma humillante al Maestro? Se lo pregunta Juan, que cierra el cortejo del paso cada Lunes Santo. Arimatea se pregunta por qué ha comprometido su posición social a la hora de enterrar el cuerpo del Galileo. ¿Por qué lo siguió Magdalena, si después de la muerte de Jesús ya no puede regresar a su oficio? ¿Por qué nos creemos que somos como María de Magdala cuando en realidad despreciamos a quien nos busca después de haber pecado? Ahí dejó el meditador constancia de su talla intelectual, de su cristianismo de ley. Al fondo se percibía la historia de Bola de sebo, el cruel relato de Maupassant. Despreciamos a quien reconoce su culpa y nos busca, porque así nos sentimos superiores cuando es todo lo contrario. El meditador podría haberse retirado en ese momento. El corazón de quien lo escuchaba ya estaba herido -cauterio suave-, pero quedaba lo mejor.

El frío fue atemperándose. La luz empezó a regresar por debajo de la tiniebla mudéjar que nos revestía con el ropaje fantasmagórico de nuestra inanidad. La mano yerta del Cristo empezó a moverse sin dejar de estar quieta. La meditación comenzó a arder. ¡Oh, delicada llama! El escalofrío inicial se empezó a calentar con los ancestros del cisco y la alhucema. Dios no se cansa de esperarnos. Otro rejón de muerte, o sea, de vida. La meditación estaba cargada con el explosivo que no falla: la esperanza. Aunque se basara en las otras virtudes teologales, pero ya se sabe que no hay dos sin tres.

Sólo María sabe por qué ha muerto el Hijo. Sólo ella puede albergar en su vientre la Esperanza. María fue obediente en la Anunciación como lo fue Jesús cuando se redujo a la esencia humana del cadáver. «Señor, tú sublimaste la obediencia, la llevaste al extremo cuando imploraste al Padre que pasara de ti aquel cáliz, pero enseguida obedeciste hasta sus últimas consecuencias, hasta la obediencia del cadáver a merced de que lo llevaran a la tumba, lo embalsamen y lo dejen descansar en paz. Obediente como un cadáver que ya no puede protestar, ni mover un músculo, ni hacer una seña. Obediente como un muerto». Ufff…

Dios no abandona nunca. Tal vez -esto es cosecha propia del cronista- ser cristiano sea eso. No abandonar a quien más lo necesita, por mucho que sea «indigno, el último de los pecadores, el del corazón ennegrecido, el hijo pródigo que pulió la herencia de su vida». El meditador supo ver y nos hizo tocar la superficie, fría y cálida al mismo tiempo, de ese imán que nos busca. «Por qué las decisiones que iba tomando en mi vida, incluso las más equivocadas y contrarias a tu doctrina, me arrastraban a ti como el vórtice de la tormenta atrae todo cuanto encuentra a su paso». Ese imán es Dios, y anoche estuvo presente en la sintaxis pulida, en el mensaje directo, en la hondura metafísica y espiritual de un texto urdido con la sangre que riega el cerebro y que estalla continuamente en la sístole y la diástole del corazón.

«El traslado al sepulcro representa el mayor fracaso de la historia». El paso de Santa Marta podría llamarse así. El misterio del fracaso. «Sin ese fracaso previo, no se explica el triunfo de la Resurrección». Eso nos lo recuerda a diario, como atinó el meditador, el Cristo muerto que vive en San Andrés. Sólo hay que seguirlo como lo sigue su meditador. Sólo así se entenderán las esquirlas de luz que la tarde del Lunes Santo le saca al cuerpo del Cristo de la Caridad.

Francisco Robles

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