Alberto García Reyes durante el Pregón de la Semana Santa / V. GÓMEZ

CRÓNICA

Ole tú, Alberto. Tú y tu compás

Alberto García Reyes volvió loco al teatro y a los sevillanos en sus casas con un pregón que quedará para la historia

Por  0:03 h.

Hasta el bufido del final llevaba compás. Sudando, roto, con las costillas abiertas como el Cachorro… y hasta las palmas del público llevaban compás. Alberto fue Juan Manuel bordando, Cayetano labrando o Font de Anta componiendo. Alberto se salió del atril y se dio a Sevilla, con la voz desgarrada y flamenca, con las lágrimas en los ojos que no se le fueron y con el jipío del que se queda sin aire, expirando. Porque si el compás es la notación musical que determina el tiempo de una pieza, Alberto cuadró el cante en una hora y media. Más medido, imposible.

«Déjeme sitio, chiquilla». El pregonero hizo una antífona de entrada de la Cruz de Guía al preste en un comienzo largo en el que nombró a la mayoría de las cofradías… «¿Pero cuántos tramos tiene esta hermandad?», se preguntaba. Y la cofradía iba pasando, verso a verso, tramo a tramo, hasta que llega el último: «Deje paso, por favor,/ que estoy en un sinvivir/ y ya los rayos del Sol/ alumbran la cicatriz/ del que en un corral nació/ porque lo quiso parir/ una Virgen de la O/ en este humilde cahíz./ Deje paso a mi dolor,/ que todo pasa en un tris/ de aquí a la Resurrección/ y le tengo que decir/ por la calle, a viva voz,/ que si pudiera elegir/ hoy también me muero yo/ porque aquí somos así:/ vamos a muerte con Dios./ Y a la hora de morir,/ Él muere en el Salvador/ y yo me muero en San Gil».

Tras el primer aplauso, el pregonero se mostraba emocionado, más aún al nombrar «la libreta morada de Fernando Carrasco en San Bernardo» y dio el primer titular de la crónica que llevaba por dentro: «Cristo vive y nos ama». Fue su primera declaración de intenciones, la de un creyente ferviente que no dejó a Dios en un segundo plano en ningún momento del Pregón, pero con una literatura honda y profunda que conquistó al teatro y a los sevillanos en sus casas.

El Cautivo

Alberto se fue al Tiro de Línea, « donde camina el Señor aprendió a caminar mi herencia. Allí dio sus primeros pasos mis niño, en el barrio de mis ancestros». Su primera iglesia. Y recordó a «una que se llamaba Ángela», con la voz temblorosa del que ha perdido un asidero vital. «En el oro de esa cofradía veo yo fundido todo el modesto tesoro de mi fe», dijo, y proclamó «libertad, libertad y libertad para ser cautivos de Cristo y el amor al prójimo», destacando a la familia como institución cristiana.

Y de nuevo volvió a hablar de Ángela, a quien le siguen poniendo la silla para que vea a su Cautivo por Felipe II, cerrando así un pasaje cumbre del Pregón de la Semana Santa: «Solo como está la silla/ de la abuela en la avenida/ donde se sienta mi herida/ a recordar su Sevilla/ que cada Lunes revivo/ y sólo queda el Cautivo».

La bola de cera

El pregonero utilizó el símil de la bola de cera que ha heredado su hijo de sus primos, «que mide el tiempo de mi estirpe». Una bola de cera que es también «donación de tiempo líquido que luego habrá de cuajarse». Y ahí, «Esperanza de vida», la marcha de su pregón, «a ver quién supera esa partitura».

Habló de su Cristo de las Siete Palabras y de las madres. Fue precisamente en este pasaje donde el pregón calentó el teatro, con la Piedad del Baratillo. «Nunca ves envejecer a tu madre», dijo, y bordó un poema con metáforas taurinas, citando a ganaderías y terminando con romero: «Eres la mejor divisa,/ garantía de revuelo/ la más casta y más precisa,/ la que mejor improvisa/ los quites con un pañuelo./ Eres la niña más pura/ y no te vale un novillo./ Tu destino es un miura/ que escarba la sepultura/ del Señor del Baratillo».

Luego llegó el pasaje dedicado al Cachorro. «Señor, ¿cómo se cruza este puente?»… hasta que sucedió el gran momento del pregón.

Soleá dame la mano

En mitad de su alocución, llamó a su gran amigo y hermano Paco Jarana para que cogiera la guitarra. De repente, comenzó a puntear «Soleá dame la mano» y comenzó Alberto a recitar, a compás, algunos de los versos más hermosos que se han compuesto para la Semana Santa: «Nadie sabe lo bastante/ porque el más sabio y más cierto/ lleva dos mil años muerto/ y sigue siendo Estudiante», o «Y después de muerto baila/ despacio en la Magdalena/ al compás de la bisagra/ que hay entre el cielo y la tierra».

Se intercalaban «Soleá dame la mano« y «Virgen del Valle» en un momento que define a Alberto: hondura, compromiso y, sobre todo, compás. Una majaretá que puso en pie al teatro y que quedará guardado para la historia.

Un símil de la Esperanza de Triana y la Amargura… «Estaré loco con ganas/, pero he visto a la Esperanza en la Amargura/ y a la Amargura en Triana» y con la Virgen de las Angustias, un toque de atención: «Cuidado con los excesos que en las cofradías también se dan y sigamos el mensaje de humildad que nos da el Señor de la Salud».

El Gran Poder y la Macarena

Al Gran Poder, el «Señor que viste de malva», le dedicó un pasaje que emocionó a todos los presentes. Contó la anécdota de su amigo, Manolo Lara, que padecía una atrofia óptina y apenas podía ver. Una Madrugada siguió sus pasos y los llevó a un callejón por el que pasaba por delante el Gran Poder. «Quillo, aquí no se ve na», le espetó Alberto a su amigo. «No verás tú», le contestó. Alberto cerró los ojos y cuando el Señor dio su zancada inquebrantable por delante de ellos, bajo el silencio, Manolo Lara le apretó el brazo «que todavía lo tengo marcado».

Y llegó la Macarena. Parecía imposible decirle ya más cosas de las que le cantó a la Esperanza en el pregón que dio a sus plantas en diciembre de 2015. Pero lo logró, y en un romance sin respiro, puso al teatro con el corazón en un puño, quedándose sin aire, jipío tras jipío, que terminó con los oles del público con estos versos: «Porque el tiempo aquí es la queja/ de la flor de los naranjos/ al morir en la colmena,/ es la vida transitando/ desde la amargura al néctar./ Y Sevilla es el letargo/ que la Esperanza almacena/ entre que se va de largo/ y vuelve la Macarena».

Para concluir, ya desgarrado… «Ay Sevilla». Una síntesis del pregón en forma de versos, que cuadró en las dos de la tarde con los últimos versos: «Eres mi adentro y mi afuera,/ eres mi cómo y mi quién,/ tierra final y primera/ que enterrará con desdén/ el alma de mi quimera,/ mi origen, mi último tren,/ lo que perdí, quien me espera,/ reloj parado en mi andén,/ donde nací y donde muera,/ mi principio y mi huesera,/ mis alas y mi sostén,/ mi destierro y mi bandera,/ mi amada y mi carcelera,/ mi Calvario y mi Belén,/ y ante Dios, cuando Dios quiera,/ mis dos palabras postreras/ serán Sevilla y amén».

Javier Macías

Javier Macías

Coordinador en Pasión en Sevilla
Redactor de ABC. Coordinador de Pasión en Sevilla