Pasión en Sevilla: La túnica del cirineo

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Cirineo con el Señor de las Penas de San Roque / FELIPE GUZMAN

Aquella década dura, durísima, de los cuarenta marcó con su escasez e insolvencia

a toda España. Pero a unas partes más que a otras. Y más aún: a algunos pueblos más que a otros.

La feraz Campiña sevillana, pese a su gloria agrícola y blasones nobiliarios reanimados por matrimonios con hijas de mayetes, seguía siendo feraz, pero no daba para que su población comiera por igual. Unos comían, otros mascaban y muchos se abonaron al plato único de las migas y las algarrobas. Tiempos muy difíciles.

En este contexto económico social de aquellos años para después de una guerra, se inscribe, con absolutas garantías notariales, este precioso asunto interno que bien valdría como homenaje póstumo a Berlanga, director español muerto el pasado mes y que dejó, para la historia, además de una filmografía para elevarla a los altares de la sátira social, una pregunta sin respuesta posible: ¿Qué es una mujer?

Una rancia cofradía campiñera, con libro fundacional antiquísimo y reglas, como casi todas las reglas, para un debate histórico, buscaba un mayete, un rico hombre para hacerlo hermano mayor. A cambio, lógicamente, de que su desahogada situación bancaria, sufragara los gastos de hermandad que los hermanos, garrochistas financieros, los últimos de la fila del dinero, no podían sobrellevar.

Franco estaba en el anverso de todas las monedas de curso legal en España. En el reverso, elogiara el régimen lo que quisiera elogiar, debió figurar siempre la cruz que arrastraba una ciudadanía pobre, necesitada y crucificada por la hambruna y la necesidad. Esta hermandad de la campiña, rica en historias y leyendas, necesitaba urgentemente encontrar a ese rico hombre, a ese capitalista agrícola o ganadero que, como mayete por méritos propios, estaba obligado a lavar su dinero con agua bendita, camino este siempre cierto para el prestigio social, religioso y popular.

Lo encontraron. La hermandad de la campiña dio con su mayete, con su rico hombre para que, sus caudales, fertilizara el barbecho tunecino de las arcas de la hermandad que, como todas en momentos tan delicados, solo tiene en la fama de sus titulares (es de Juan de Mesa, es de Martínez Montañés, yo creo que es del círculo de la Roldada) el único patrimonio del que tirar. Según una leyenda urbana, que sigue circulando por el pueblo que no quiero nombrar, hubo un tiempo en que su imagen principal (un nazareno articulado que da la bendición y todo) fue pretendido por la insuperable hermandad del Gran Poder sevillano que dispuesta estuvo, sin mirar, a cambiar al Señor de Sevilla por el nazareno de la hermandad a la que se le imputa esta historia. En fin. Orgullo local.

Algo que siempre, siempre hay que respetar. Incluso en casos tan despavoridos como el este.

Hallado el capitalista, la hermandad se puso en la calle con todo lujo y esplendor. Alcanzando el nivel de crédito que siempre había disfrutado. Y nuestro mayete, como hermano mayor, recibió lo suyo: el baño de admiración, reconocimiento y notoriedad propio de estos casos. Pasó la Semana Santa y, en una junta de hermandad, en la que se abordaron las cuentas de la procesión, el mayordomo comenzó a recontar:

-De cera…tantas pesetas.

-De flores….tantas pesetas.

-De candelería…tantas pesetas

A cada repaso de las cuentas generales de la hermandad en la calle, el mayordomo, con su rigurosidad contable, le ponía al Hermano Mayor un nudo en la garganta. Ese mismo nudo

que suele apretarte la nuez cada vez que juegan con dinero tuyo.

-Y de la túnica del Cirineo…tantas pesetas.

Saltó el mayete, el rico hombre convertido en Hermano Mayor, como un cohete de feria. Y fue a estallar en una ruidosa protesta, tan simpática como humana.

-Eso sí que no. El Cirineo que se pague la túnica como hacemos todos los hermanos…

Fue muy comentado en la Campiña el irreprimible subidón del Hermano Mayor. Tanto o más que en su propia casa. Donde nadie descarta que la señora, tan solidaria en casos como este, hundiera más aún la autoestima del mayete, con saetas tales como: si no sabes, Manolete, para qué te metes…Berlanga lo hubiese bordado con aquel talento suyo capaz de arrebatarle a la vida que se va todo su espíritu. Para dejarnos en la filmoteca un capítulo más de cómo somos los españoles. Este, lamentablemente, se quedó inédito, como aquella pregunta del genio sobre las mujeres…

Artículo: J. Félix Machuca

De la revista número 32 de Pasión en Sevilla, diciembre de 2010