Pino Montano, historia de una hermandad

Por  14:08 h.

Cinco lustros de ilusión, de trabajo y de devoción, que comenzaron dos maestros y sus alumnos, fructificaron el domingo en una explosión de júbilo cuando el hermano Pablo, por orden del cardenal, monseñor Amigo, leyó en la parroquia de San Isidro Labrador, los «papelitos» que convertían a la agrupación parroquial de Pino Montano en la Hermandad de Nuestro Padre Jesús de Nazaret y Nuestra Señora del Amor.

Han pasado veinticinco años de aquellas fechas en las que el germen de una futura cofradía prendió en los pequeños del colegio público «Félix Rodríguez de la Fuente» de la mano de sus maestros, el prematuramente malogrado Juan Manuel Plaza y Maruja Vilches Trujillo, hoy hermana número uno de la nueva hermandad de penitencia.
El aplauso largo con el que el más del millar de personas recibió la buenanueva cardenalicia sabía a emoción, pero también por las naves de la parroquia, llena de gente del barrio, de los miembros de la agrupación-junta de gobierno, que no quisieron hacer ostentación de su corporativismo y se sentaron dispersados, de los antiguos alumnos del colegio.., hizo volar los recuerdos agridulces de las vicisitudes pasadas, de aquellos que se quedaron en el camino, de las alegrías y de las tristezas.
«La cofradía»
Maruja Vilches rememora hoy aquellos primeros años de sueños, cuando la «cofradía» nació en el centro escolar en la barriada de Los Mares y tuvo sedes como los soportales de una casa protegidos con cortinas para vestir a la Virgen pasando por locales de un comercio, de los bomberos, y el mismísimo «manicomio».
El guión, en su memoria y en el documento que elaboró en 2001 expresamente para ella un antiguo alumno, patero de aquellos pasitos primeros, José María Bruguera, forma ya parte indispensable de la vida de la Hermandad, con las mayúsculas arrancadas al tiempo de trabajo.
Fue en 1981 cuando comenzó a fraguarse la historia de esta hermandad en el colegio con el empuje del profesor de Pretecnología, José Manuel Plaza, y de la coordinadora general del centro escolar, Maruja Vilches, que sacaron a la calle un cristo de pasta de papel, casi tan flaco como el madero en el que estaba clavado, y por ello llamado «el cristo del puchero»,con un calvario preparado por Maruja con claveles de papel rojo de la Feria. Para la estación de penitencia del año siguiente -1982- se había formado una banda de música con los niños y ya se preparaba una virgen bajo palio, pero Juan Manuel no pudo verlo en la calle.
«Saca a la virgen, no la vayas a dejar en el colegio», le dijo Juan Manuel a Maruja en la cama de la clínica donde moriría de septicemia. Había dejado preparada la mascarilla para la imagen y Maruja, haciendo de tripas corazón, se embarcó en la tarea de convertir aquella cara de papel maché de periódico en una dolorosa. La pintó, la maquilló, puso los ojos en aquellos huecos dejados en la pasta, le colocó pestañas postizas, le rellenó el hueco de la cabeza. Amorosamente le puso un moño de lana y llamó a un vestidor de Mairena del Aljarafe para que la adornara de blondas y le acomodara el manto azul para la salida y su corona, hecha con estrellas de militares. En los varales delanteros llevó dos lazos negros de luto por la muerte de Juan Manuel.
El crucificado se llamó Nuestro Padre Jesús de Nazaret y la dolorosa, Nuestra Señora del Amor, advocaciones que decidieron los niños.
Ensayos a las ocho de la mañana en los pasillos de colegio antes de entrar en clase, toallas como costal, y Maruja con un casette con marchas procesionales, ejerciendo de capataz de párvulos de la trabajadera, son la imagen sepia que quedó prendida en las paredes del «Rodríguez de la Fuente», donde, en su despacho de maestra montaba hasta altares para las imágenes que, seguramente en instrumento de expansión de devociones, nada tienen que envidiar al de las señeras cofradías sevillanas. Porque Maruja ha hecho de directora de pasos, de costalera ocasional en alguna «chicotá» escolar, de «aguaora», de prioste…
«No es actividad escolar»
Pero, en diciembre de 1986, el consejo escolar decidió que la «cofradía» no se consideraba actividad escolar y que si los pasos salían del colegio no volverían a entrar en el recinto. En las «memorias» de aquellos tiempos, Bruguera, que entonces tenía unos 11 años, pensó: «influyeron las ideas políticas para quitar de enmedio a Maruja». Así, se trasladaron a un local a la barriada de Los Corrales, en el que, por la falta de altura del portón, tuvieron que cortar las patas a los pasos. Precisamente, allí el cristo de barro cocido que había sustituido al de pasta de papel cayó de cabeza sobre el farol delantero y quedó destrozado.
Hasta llegar a San Isidro Labrador, ninguna de las doce iglesias de Pino Montano quiso acoger a las imágenes. A principios de los 90 salieron del Instituto de Formación Profesional, de una carpa efímera de la Asociación de Vecinos, se produjo la elección del vicepresidente, Antonio Jiménez Ríos, hoy flamante hermano mayor, se pronunciaron pregones…
Una historia de humildad
La historia de la Hermandad queda, por fin, registrada en la brillante humildad de los pasos dados en estos veinticinco años, mucho antes de que llegaran las imágenes de Fernando Castejón, y los pasos de hoy, orgullo del barrio. También está en aquellos candelabros de tubos de fontanero con tulipas de cristal que se desenroscaban a cada movimiento, en las varas hechas con palos de fregona para los niños, en las otras varas, las de presidencia de los pasos, prestadas por los Javieres; en los candelabros de cola donados por la Trinidad, en las túnicas multicolores de otras hermandades que formaban los tramos, en las primeras rosas que llevaban a la Virgen los jardineros de Pino Montano,en su tercer cristo, que costó 4.000 pesetas, con seis dedos en la mano que le arregló Pepe el del kiosco; en el primer pregón del policía Pepe Castro; en los porteros del colegio, Candelario, y su mujer, Encarna, ya fallecida, indispensables en la «cofradía»; en Maruja, acudiendo a un capataz para poder mandar los pasos -«Bruguera, llámate»- y recogiendo con los niños en los derribos tablones y patas de sillas. Y en Juan Manuel, primer escritor de esta historia cofrade.