Urna sepulcral de Fernando III el Santo (Sevilla)

ARTE E HISTORIA

Plata para un cuerpo incorrupto

El sábado 14 de mayo de 1729 los restos de San Fernando fueron instalados en la Capilla Real de la Catedral

Por  4:08 h.

Mis huesos no están para estos trotes. Huesos de santo no se deberían tocar tanto. Todo sea por descansar definitivamente en esa urna que parecía no terminarse nunca, que todavía escucho por las noches esos rezos del orfebre, un tal Juan Laureano de Pina, que me pedía días de vida para poder terminar su gran obra. Y vaya si se prolongó la gran urna. Hasta los ochenta se dilató su vida y su obra. Mis huesos lo soportan casi todo.

Traslado del cuerpo de San Fernando en 1729. Detalle grabado Pedro Tortolero

Ha llegado el día de mi traslado. Un rey habita ahora la ciudad que yo hice cristiana, aquella Isbilia infiel que hoy es Sevilla. La misma casa nos acoge, pero no es la misma casa la que reina. Lleva ya un tiempo en la ciudad Felipe V, de raíces francesas, como algunos de mis antepasados, mi propio primo Luis, santo ente los santos, el que me regaló aquella Virgen por la que reinan los reyes. No encuentro más parecidos con este rey abúlico y melancólico, tan recargado de pelucas y de adefesios impropios de un monarca, un rey que no conoce la alegría de esta ciudad que lo acoge en su Alcázar. Melancolía. Depresión. Es inexplicable en alguien que pasea por los jardines de un Alcázar coronado por los cielos que un día conquistamos un puñado de valientes que veníamos de Castilla… No debo seguir. He escuchado que se ha esforzado, y mucho, en terminar mi gran urna de plata, aunque quizás sea más para halagar a su propia corona cansada o para ensalzar las grandezas de su esposa Isabel de Farnesio. No sigo. No debo seguir.

Procesión traslado San Fernando en 1729

Esta mañana, muy temprano, han vuelto a remover mis cansados huesos de la caja de madera donde llevo siglos descansando. Los vivos no respetan el deseo de los muertos: yo, el rey castellano, dispuse que quería pura sencillez a los pies de la Virgen que es sonrisa eterna de madera. Nada más que eso. Pero hace ya siglos que me movieron para colocar una tumba que nunca quise y ahora me trasladan a esta urna, que espero definitiva. Plata para un cuerpo que no está para trotes. Pero lo peor es el movimiento, a pesar de la solemnidad. Con la presencia de los reyes, del arzobispo y de todas las dignidades de la Catedral, he sido expuesto a pública veneración y, tras la conclusión de los oficios divinos, me han trasladado de la Capilla Real a la Capilla Mayor, con misa votiva pontifical.

Detalle grabado del traslado de San Fernando

Lo de la tarde ha sido más complicado. Sobre todo, para alguien que carga con el peso de la historia, con el juicio de los hombres y con el de Dios, además de la aureola de santidad que consiguieron muchas oraciones y alguna que otra donación. Cuando ha comenzado la procesión en la nueva urna, y he visto el cortejo, he llegado a confesar al Altísimo que mi reino no es de este mundo. No reconozco a mis antiguos súbditos. El cortejo ha comenzado con una señora que llaman Tarasca, un monstruoso dragón de cartones y telas encoladas que estaba rodeada de gigantes que danzaban alrededor. Alguien ha comentado que son los mismos que procesionan en la festividad del Corpus, valiente blasfemia comparar el cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo con los huesos de este viejo rey castellano que solo pretende el descanso eterno. Después de esa tal Tarasca han procesionado nada menos que treinta cofradías, con sus pendones o estandartes, o como se llamen ahora, estando presididas por la que llaman Sacramental del Sagrario. En el fondo, agradezco al Altísimo haber recuperado esta bendita ciudad a aquellos infieles y que, siglos después, se mantenga la creencia en el Dios verdadero. Después han continuado las diferentes órdenes religiosas: capuchinos, mercedarios, agustinos, mínimos de san Francisco de Paula, carmelitas, franciscanos y dominicos…

Grabado del traslado de San Fernando

Algunas las conocí en vida y me acompañaron en aquella solemne entrada del año 1248, aunque ahora algunas parecen divididas entre calzadas y descalzadas. Lo que Dios hizo unido no debería separarlo el hombre… Tras las órdenes religiosas han salido por la puerta de san Miguel las cruces parroquiales, el clero, los tribunales eclesiásticos, la Universidad de Beneficiados y un amplio número de danzantes de la ciudad, que esta antigua Isbilia parece que todo lo arregla con procesiones y danzas. Siguieron el Tribunal de la Inquisición, el Ayuntamiento y el Cabildo de la Ciudad, llevando un duque de los de hoy el pendón de la Reconquista, o al menos algo parecido, y otro Duque, el de Arcos según han escuchado mis carnes incorruptas, mi vieja Lobera, la espada con la que me gané el respeto de amigos y hasta de enemigos. Eran otros tiempos, cuando había honor a un lado y otro de cada combate, que todavía recuerdo aquellos moros vestidos de blanco que vinieron a honrar mi última estancia en la tierra. Delate de la urna, ¡ay el movimiento! creo escuchar música que entonan doce capellanes reales, sonidos demasiado elaborados para unos tímpanos incorruptos, oídos acostumbrados a la música sencilla de aquellos monjes que cantaban en las misas de mis tiempos.

La función más regia que ha habido en el mundo

La urna se mueve y mis huesos con ella. Reconozco que es solemne y gran obra de arte del tal Pina, y que tiene gran prestancia en el paseo por los alrededores de la Magna Hispalensis, por cierto, todavía inconclusa. Siglos ha que mis huesos no salían a la calle y espero que la experiencia tarde otros tantos siglos en repetirse. En el breve recorrido por una calle que llaman de Génova veo que de esta rica tumba parten unas cintas de oro que portan egregias manos, las de los pequeños infantes Luis y María, las de los Príncipes de Asturias don Fernando y doña María Bárbara y las de sus majestades, el rey y su esposa. Hemos salido por la puerta de san Miguel, hemos pasado por Placentines y hemos atravesado las Gradas de la Catedral con el mismísimo arzobispo cerrando el cortejo. En esta breve procesión, mientras sonaban todas las campanas de las parroquias y hasta salvas lejanas, he notado muy aseadas las calles. En alguna parada han comentado que han sido unos moros condenados a galeras los que han procedido a tal limpieza: pasados los siglos sigo orgulloso de haber acometido aquella empresa titánica de la conquista al infiel.

Urna de Juan Laureano de Pina para albergar los restos de san Fernando

Sobre las nueve de la noche ha terminado la procesión con la entrada por la misma puerta de San Miguel, el santo al que dimos parroquia en pleno centro de la ciudad. Por fin han dejado mis cansados huesos a los pies de la Virgen por la que reinan los reyes. Que nadie lo olvide. Creo que todavía estaré unos días en pública veneración. Y témome que esta nueva urna tiene vidrios para exponer mi cuerpo incorrupto durante muchos siglos. Pido al Señor Todopoderoso el descanso eterno. A los pies de la Señora. Que las procesiones sean para Ella. Que esta ciudad no me olvide. Que recuerde mi festividad. Que me venere. Que honre a su historia. Y que deje tranquilos mis huesos. Huesos de un rey que ahora son huesos de santo. Juro que solo quiero paz y eso que llaman descanso eterno. Como Fernando que me llamo.

Retablo de la virgen de los Reyes. Biblioteca Nacional Hispánica

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

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