9. Vista general de la capilla de San Onofre en la Plaza Nueva

ARTE E HISTORIA

San Onofre, un anacoreta con capilla y retablo de Montañés

Sobre el espacio de la actual Plaza Nueva se situó, desde su fundación medieval, el convento Casa Grande de San Francisco, monumental conjunto del que apenas se conservan restos tras sufrir la invasión francesa en 1810

Por  1:23 h.

Pocas iconografías de santos son tan llamativas como las de Onofre, el anacoreta egipcio que vivió en el siglo IV con una biografía que se mueve entre la leyenda y la realidad, y con una estética en su representación que muchos calificarían de llamativa cuando no de bizarra…

Cuentan sus biógrafos que Onofre fue hijo de un rey, quizás abisinio, y que sobrevivió incluso a las llamas a las que fue entregado por su padre, que llegó a dudar de la paternidad del hijo. Tras sobrevivir a la prueba, la biografía de tan peculiar santo lo sitúa en un convento de la Tebaida del que saldría para hacer vida eremita, solo, apenas comiendo dátiles y vistiéndose con su propia cabellera o con algunas hojas de palmera del desierto que entretejía a modo de vestimenta. Su leyenda refiere que un ángel le procuraba pan y vino e incluso la comunión dominical. Un discípulo suyo, Pafnucio, fue el que lo acompañó en sus últimas horas de vida, tras seis décadas de vida anacoreta, y el que acabó recopilando los hechos biográficos fundamentales de su vida.

Retablo de San Onofre en la capilla de su nombre / FRAN SILVA

Apuntes para entender la peculiar icnografía de este santo, representado en el mundo oriental desde los primeros momentos del arte bizantino y que acabó representado por los autores del Renacimiento y del Barroco occidental con un peculiar aspecto: desnudo y apenas cubierto por una descomunal barba y cabellera que permitía mantener el decoro, al modo de otras iconografías de anacoretas como María Magdalena.

Onofre, marcado en el santoral el día 12 de junio, tuvo capilla propia y hasta retablo principal en Sevilla, afortunadamente conservados.

Sobre el espacio de la actual Plaza Nueva se situó, desde su fundación medieval, el convento Casa Grande de San Francisco, monumental conjunto del que apenas se conservan restos tras sufrir la invasión francesa en 1810, los efectos de un posterior incendio (ya había sufrido otros de importancia en 1658 y en 1716), y la definitiva demolición entre 1840 y 1846. Desapareció el convento, se abrió una plaza a la que llamaron nueva, se remodeló el espacio con la ampliación de las casas consistoriales y hasta se planeó un monumento a Isabel II, espacio que acabaría ocupando San Fernando. Vueltas que da la vida para una plaza remodelada por Balbino Marrón que acabó conservando como uno de sus restos arquitectónicos la conocida como capilla de Ánimas ó de San Onofre, hoy oculta por la fachada de un edificio regionalista que convierte a la capilla en un rincón poco conocido para el transeúnte. Es la capilla de san Onofre, abierta día y noche por su dedicación a la Adoración permanente a la Eucaristía, que no hay tienda de 24 horas que pueda igualar tan singular templo…

Detalle San Onofre en el retablo

La capilla de Ánimas, cargada de curiosas leyendas como la del fraile eternamente condenado a celebrar una misa que olvidó, una de esas historias que en cualquier lugar del mundo se convertiría en película o serie de culto, se hallaba contigua a la capilla de Nuestra Señora de la Concepción, situada en el atrio del antiguo convento franciscano y próxima a la puerta del monasterio hacia la calle Tintores, actual Joaquín Guichot, que cambian los nombres y permanecen los lugares. Para este recinto se concertó en 1594 un retablo dedicado a San Onofre con el escultor Pedro Díaz de la Cueva, autor del que se conoce en 1587 la reforma del retablo mayor de San Andrés, obra de Jerónimo Hernández. La realización del retablo se debió postergar, ya que hasta 1599, con el nuevo reinado de Felipe III, no se entregó la imagen del titular, estando en 1604 el resto de la obra sin finalizar.

Otra prespectiva del retablo / FRAN SILVA

Ello motivó la contratación de un retablo nuevo con Martínez Montañés, obra que se contrató el 25 de agosto del mismo año 1604 por un precio de 4200 reales de plata, estipulándose que en seis meses debía estar concluida la arquitectura, la talla y los ensambles de la obra. Despuntaba en estos años Montañés como uno de los grandes escultores de la ciudad: ya había realizado el Crucificado del Auxilio para Lima y en su taller gubiaba una de sus obras maestras, el Cristo de la Clemencia para el arcediano Vázquez de Leca.

El promotor del retablo para la capilla del convento franciscano fue el indiano Pedro de Cárdenas Sotes, familiar del Santo Oficio de la Inquisición y miembro de la Hermandad de Ánimas Benditas de san Onofre, por entonces pujante económicamente según demuestra la posesión de un recinto propio. Cárdenas debía ostentar una privilegiada posición económica, ya que consta que en el cabildo que se celebró el 25 de enero de 1605 se le concedió este altar para que situara a sus pies su bóveda de enterramiento. El retablo concertado de Díaz de la Cueva debía estar comenzado: consta que Montañés empleó algunas de sus maderas en la nueva obra. En el contrato se estipulaba que el retablo debía ocupar todo el espacio del hueco de la pared en el que estaría embutido, lo que explica su concepción en tres planos, una estructuración espacial que Montañés emplearía en otros retablos como el de San Isidoro del campo o el de las franciscanas de santa Clara, donde debió adaptarse a ábsides ochavados.

Relieve de la coronación de la Virgen por la Trinidad, originalmente en el retablo de San Onofre / FRAN SILVA

El retablo tendría figuras de medio relieve, san Pedro y san Pablo, en el primer cuerpo, y santa Lucía y santa Clara, en el segundo, además de una escena de la Trinidad coronando a la Virgen. Estaría tallada al completo, según el contrato, una imagen de Nuestra Señora, que se realizaría en cedro de La Habana, con seis palmos de alto (el palmo era la distancia entre el dedo meñique el pulgar, estandarizada en unos veinte centímetros), y la luna bajo sus pies, una interesante imagen de la iconografía de la Inmaculada que, desgraciadamente, no se conserva, al igual que el resto de los relieves. Sí se conserva, aunque no en su lugar original sino en los muros de tan peculiar templo, el relieve en el que se muestra a Dios Padre y a Cristo sedentes, con la actitud de coronar a la desaparecida imagen de la Virgen, completando la iconografía la presencia de la paloma del Espíritu Santo.

Portada Regla cinco órdenes Arquitectura de Vignola

Al estar ya realizada la imagen del titular del retablo, San Onofre, con la peculiar iconografía que lo muestra arrodillado y apenas vestido por su larga cabellera, se acordó con Montañés el añadido de una peana para realzar su altura y el acompañamiento de unos animalitos que completaran la escena representada.

El complejo proyecto no se llegó a realizar por Montañés, sustituyéndose los relieves por pinturas sobre tabla realizadas por Francisco Pacheco, que actuó de fiador del contrato, en una fecha en la que el pintor y el escultor colaboraban frecuentemente, creándose un importante binomio de trabajo por las tallas de Montañés adquirían color con las habituales policromías sin brillo de Pacheco. Se desconoce si fue realizada la imagen de Nuestra Señora, que no se corresponde con la que se conserva en la actualidad.

Portada Cuator Libros de Arqutiectura de Andrea Palladio,

El retablo se sitúa hoy sobre el muro izquierdo de la capilla de San Onofre, muestra una sencilla estructura arquitectónica sobre un banco con pinturas sobre tablas con los escudos de armas de los Cárdenas, habiendo desaparecido en el otro el retrato original del patrono y de su hijo. El primer cuerpo lo preside la talla original de San Onofre, el santo egipcio anacoreta que se retiró a vivir al desierto que aparece aquí implorante hacia el cielo, con las manos sobre el pecho y con una piel que cubre su desnudez, además de los referidos cabellos. El segundo cuerpo está hoy presidido por una imagen de San Ana de fines de siglo XVII que nada tiene que ver con Montañés, como las dos tallas de los laterales, una imagen de San José y otra de san Antonio de Padua. El ático está presidido por la talla de un querubín inspirado en los tratadistas italianos, iconografía que se repite en el intradós del arco superior que corona el conjunto. En los intercolumnios del retablo se distribuyen ocho pinturas sobre tabla de Francisco Pacheco. Las del primer cuerpo representan a san Jerónimo, santo Domingo de Guzmán, san Francisco de Asís y san Pedro Mártir, mientras que en el segundo cuerpo aparecen representados san Juan Bautista, santa Ana, san Miguel Arcángel y santa María Magdalena.

Curiosa representación de San Onofre por Alejo Vahía, hacia 1500 en Valladolid

La fecha temprana del retablo, 1604, lo clasifica como una obra del Renacimiento tardío, ya que las formas del manierismo se proyectaron durante bastantes años del siglo XVII. Algo que se puede constatar en simplicidad de sus líneas arquitectónicas, la escasa decoración (apenas unas guirnaldas de flores) y la dependencia de los modelos propuestos por los tratadistas clásicos, especialmente constatables en el uso de frontones curvos que se inspiran en la Reglas de los Cinco Órdenes de Arquitectura de Giacoppo Vignola, obra repetidamente empleada como fuente de inspiración de los retablistas sevillanos del bajo Renacimiento.

Un retablo y una capilla que son joyas ocultas y silenciosas en pleno centro sevillano. Onofre, el anacoreta, tiene capilla y retablo en la Plaza Nueva.

San Onofre por Francisco Collantes, museo del Prado

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

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