El tiempo sin tiempo de Antonio Burgos

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Por entonces no te planteabas los siglos que cabían en tus horas, si el tiempo te alcanzaba o por dónde venían los Reyes… No llevabas la vida en traje de reloj como tu peor enemigo, ni te perseguía la espada centelleante de la prisa que te expulsó del paraíso: sólo entendías que el tiempo de las ilusiones estaba marcado por unos zapatos, los que colocabas bien emparejados la noche de Reyes y los que te compraban para esa otro día de ilusión en el que estrenabas, y no lo sabías, hasta el aire que respirabas.

Cruz de guía del Gran Poder

Zapatos nuevos antes del domingo de palmas y regalo de una pelota que venía con la caja de Gorila, tu marca favorita. No olvidas aquella señora dándote la pelota de goma que significaba el estreno de un tiempo de zapatos nuevos. Todavía, el sábado de la ilusión, mientras tu madre ordenaba la ropa para estrenar al día siguiente, te entretuviste en hacer un ensayo con la última técnica que te había enseñado la maestra de dibujo. Parecía magia. Cogías una hoja de un ABC de algún día ya pasado, seleccionabas un dibujo, le untabas cera de una vela y lo aplicabas sobre el bloc de dibujo. Magia. Aquel señor con barbas y gafas de pasta que estaba enmarcado en un recuadro salía dibujado sobre el papel blanco. Recuadro bien terminado para el trabajo del colegio. Guardado quedó en la cartera, entonces no había mochilas, y a disfrutar de la semana.

La semana es la vida en tu ciudad. Por entonces no lo sabías, pero con el tiempo, como en el verso de Borges, solo con el tiempo, lo aprenderías desgastando zapatos y manchándote las manos con la tinta del recuadro diario. Aquel recuadro que tanto juego te dio para tus experimentos del colegio acabó convirtiéndose en una lectura de rito y regla diario, uno de esos caminos más cortos para entender el tiempo que medías por semanas que eran una vida. Y aprendiste a leer el tiempo de la ciudad entre el Alfa y el Omega que está bordado a los pies de la túnica persa del Señor, la de tu noche de Reyes y la del cisco de tu abuelo, el carbonero de San Martín; a sentir nostalgia cuando un nazareno se asomaba al balcón de la puerta de la puerta Carmona, a leer el mejor de los futuros en las manos desgastadas del Gran Poder, como una pitonisa con romero y moña de jazmines del mejor cahíz de tierra, a pedir una y otras vez ese nazareno que era una bombonera y que te anunciaba la eterna alegría de la ciudad que nunca sabremos explicar.

Nazareno dame cera

Creciste. O no. Porque llegando ese cíclico tiempo que comenzaba en una ceniza de miércoles y acababa con una palma en tus manos ya llegaba el estreno, mira niño que si no estrenas no tienes manos, y nadie entendía que a ti no te importaban los calcetines calados ni la blusita blanca, los zapatitos blancos o la raya bien marcada; lo tuyo era la cera, y el globo, y el tambor, y la rampla, y el ploglama, y el primer nazareno, y el primer resbalón y la primera cruz de guía y el primer palio. Así era tu Semana Santa. La de muy pocas verdades, una mirada de bondad carbonizada en san Lorenzo y la suprema alegría de la que habita en san Gil. La fe de ese pueblo que alcanza a comprender la verdad de tanta belleza junta, de una ciudad que tiene como mejor ejército a los gorriones que revolotean por la plaza de San Lorenzo, de unos vecinos del viejo cardo real que tienen el privilegio de tener como la más guapa de las vecinas a la Madre de Dios. Rotulado en un rincón a la sombra de la vieja muralla. Teología incomparable.

Niños en el Puente de San Bernardo / JESÚS MARTÍN CARTAYA

Verdades que aprendiste en un recuadro. Letras que no tienen tiempo pero sí un espacio, el único espacio posible. Lecciones de la vida y de la muerte que se salen de cualquier corsé, de cualquier capacidad de análisis, como la Semana Santa de Núñez de Herrera, incapaz de filosofía y de historia, pero sí de emoción, de alegrías, de sentimiento, de poesía, de vida. Porque, algo has aprendido con el paso del tiempo en la calle o en la silla esquina a Cerrajería, Heráclito fluye en Sevilla en forma de nazareno de ruán que es siempre el mismo y siempre distinto, de caramelo de piñones que te da anualmente un nazareno de la Soledad, de azules que enseñorean a la Giganta en el amanecer de las Palmas, de niños que ahora cogen tu mano y sienten aquella Semana Santa que un día viviste y que alguien tradujo al verso en un recuadro. El niño de ayer ya sabe que la vida se escribe en alejandrinos ocultos como el Señor de San Lorenzo que un día se apareció a los discípulos de Emaús: ¿Señor, cómo no te hemos conocido?

El Gran Poder con túnica bordada

Más de cuatro décadas después, el niño sigue preparando sus zapatos la noche de Reyes esperando que el carbón lo dejen guardado para el barco carretero de la tarde del Viernes Santo, escribiendo una carta en la que no falta algunas peticiones año tras año: que sigamos los mismos un año más, que sigamos besando unas manos de cedro carbonizadas por la divinidad y que alcancemos a ver la sonrisa de terciopelo verde de Aquella a la que le tiemblan las mariquillas en el corazón por marcar el latir de la ciudad. Poco más. Aunque este año, entre algunos libros y otros presentes, no olvidará pedir algo. Recuadros que siguen dejando la mejor de las manchas en las manos.  Pedid y se os dará…

En la carta a sus majestades, aquel niño pedirá la Semana Santa. La Semana Santa de Antonio Burgos.

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

Manuel Jesús Roldán

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