Primer golpe. La protección del patrimonio

Por  23:08 h.

La Macarena va a volver a restaurar quince años después una de las joyas históricas del bordado universal como es el manto de tisú de Juan Manuel para devolverle su aspecto original. La noticia, conocida esta semana, provocó al mismo tiempo alegría y perplejidad. Alegría porque cuando a mediados de los noventa los talleres de Brenes restauraron el manto aquello no quedó bien.

Es magnífico que el manto vuelva a ser lo que fue. Perplejidad porque es el mismo taller de aquella restauración (en la que se hicieron nuevas las tres cuartas partes del manto sin saberse donde están las piezas retiradas) es el que ahora lo recibe. No tiene en un principio por qué ser incompatible una cosa con la otra. Fernández y Enríquez han sido importantes para la artesanía cofradiera. Han cometido errores, claro, como todos pero lo inteligente es saber rectificar.

Para ello quizá necesitaban vincular la marca con una hermandad como La Macarena, ofrecerle condiciones económicas muy ventajosas (así consta en la nota de la hermandad) dejarse asesorar por una comisión de lujo (en la que se integran Gabriel Ferreras, Araceli Montero y Andrés Luque entre otros) e iniciar a partir de ahora una nueva etapa. Esta instantánea de la actualidad sin embargo nos lleva a otra cuestión más amplia, de más calado y más triste: en las cofradías la creación de los artistas está absolutamente desprotegida. Por seguir con los bordados, la obra de un artista de primera categoría como Juan Manuel Rodríguez Ojeda, que de haber nacido en otra ciudad tendría hasta museos, ha estado y está sujeta a los caprichos bien personales, bien colectivos de gente que no tiene ni idea.

Con sus piezas se han cometido las mayores barbaridades imaginables. Se han alterado sus dibujos (manto de tisú), se han cambiado los colores de sus piezas (palio de Santa Catalina), se han desmontado (palio rojo de la Macarena) y se han desfigurado (palio del Cristo de Burgos). No ha existido ni aún existe esa cultura de la protección de la obra de arte que impide intervenir en el espíritu de la creación. Nadie podría imaginar que alguien cambiara los colores de la sala palaciega donde se desarrolla la escena de las Meninas de Velázquez con el pretexto de que aquello está muy oscuro. Pues esto es lo mismo o quizá peor. Puede que haya llegado la hora de ejecutar un código de conducta que homologue el trato de las obras de arte sacro con el cuidado que se le da a otro tipo de creaciones artísticas. Si esto hubiera existido en su momento hoy no estaríamos hablando de una nueva restauración de esa joya que ha sido y esperemos que vuelva a ser el manto de tisú verde de La Macarena.