CRÓNICA

Triana empieza en Santa Ana

El Simpecado salió de la catedral trianera en su 750 aniversario y visitó, como en 2009 y 2015, a la Esperanza de Triana

Por  11:40 h.

¿Dónde empieza Triana? Antonio Burgos se hacía esta pregunta hace años en el Recuadro defendiendo las fronteras del arrabal, pese al cante de El Morapio que dictaba cuáles eran sus lindes geográficos: «Son cuatro puntales finos/que sostienen a Triana:/San Jacinto, Los Remedios,/La O y Señá Santa Ana». La hermandad del Rocío tiene claro cuál es el kilómetro cero, el punto de partida, la puerta del sol del barrio: la catedral de Santa Ana. 

Hasta allí llevó Triana al Simpecado con las claritas del día para celebrar la misa de romeros, con motivo del 750 aniversario de la Real Parroquia. En Santa Ana no cabía un alfiler. Los miles de hermanos de esta corporación bicentenaria se propusieron asistir a la eucaristía para recibir la bendición antes de emprender el camino. «Otros años no vengo porque en la calle Evangelista no se cabe», comentaba un romero. La misa fue preciosa y un auténtico deleite escuchar las voces de ese coro santo y seña del Rocío, insuperable cantera de artistas.

Desde media hora antes que terminara la celebración, ya había gente apostada a las puertas de la capilla de los Marineros para ver un momento histórico que se ha vivido en tres ocasiones recientemente: en 2009 por los 25 años de la coronación de la Esperanza de Triana y en 2015 por el bicentenario de la hermandad del Rocío. La calle Pureza parecía un cuadro de principios del siglo XX: sin coches, tan sólo caballos, batas rocieras y mantones de manila en cada uno de los balcones. Una estampa costumbrista.

 Los bares, la mayoría, estaban cerrados. Muchos de sus propietarios hacen el camino con Triana. Es el caso de El Remesal. «Aquí no hay donde desayunar», se quejaba alguno al que le sonaba el estómago como si fuera un cohete. Era el momento del encuentro. Las preguntas, las de siempre: «¿Haces la ida y la vuelta?». Allí andaba un peregrino habitual de la hermandad que iba vestido con traje de chaqueta y corbata. «Quillo, qué elegante te has puesto para hacer el camino este año». La respuesta del abogado dejaba entrever cierta melancolía: «Tengo un juicio… y encima es en Coria».

A las nueve en punto de la mañana, el Simpecado salía de la parroquia y, dos minutos más tarde, quedaba entronizado en la carreta de plata de Armenta. Tras los sentidos vivas «por la Señora Santa Ana, por el barrio de Triana, por la hermandad del Rocío de Triana y por la Madre de Dios», comenzaba el camino. La torre puso la música de las campanas; los tamborileros, el Himno de España; y la banda que acompañó a la carretas por el barrio, marchas militares.

Tras cruzar la esquina de Vázquez de Leca, enfiló la calle Larga donde era casi imposible andar. Gracias a Dios que no había coches, porque el tapón hubiera sido hasta peligroso. La bulla parecía la de un Viernes Santo por la mañana ante la Reina de Triana. Y justo al llegar a la capilla de los Marineros, la banda cambió de registro: «Esperanza de Triana coronada». Era el momento más esperado de la mañana y eso hizo que se formara un atasco a las puertas. Los caballos de los miembros de la junta de gobierno estaban cruzados en la calle y las aceras, repletas de público, impedían que la masa que iba delante de los bueyes pudiera avanzar. Finalmente, como siempre ocurre, se encontró el camino y dos de las más grandes devociones del barrio se miraron cara a cara. Allí era fácil ver quién las compartía, pues muchos hermanos de ambas corporaciones no pudieron contener las lágrimas.

Si Santa Ana el primer puntal de Triana, el segundo lo fue sin duda la Esperanza. Este año la calle San Jacinto y la Estrella se quedaron huérfanas, pero los otros dos puntales devocionales del barrio, La O y el Cachorro, volvieron a encontrarse con el Simpecado.

Como cada año, el paso por la calle Castilla es una fiesta desde que entra por el Altozano, Callao y San Jorge hasta que sale por Chapina. Allí, la nueva vigía de Sevilla despedía a las carretas. La del Simpecado, con la plata brillante, se llenará del polvo del camino, a la espera de que, cuando regrese de las arenas de nuevo al arrabal, sea restaurada por el taller de Ramón León. Lo mismo ocurrirá con el Simpecado, que durante unos meses permanecerá en el taller de Luis Miguel Garduño, donde recuperará el verde esperanza original diseñado por Ignacio Gómez Millán y ejecutado por Caro. Las fronteras de Triana comienzan en Santa Ana… pero terminan en la Rocina. 

Javier Macías

Javier Macías

Coordinador en Pasión en Sevilla
Redactor de ABC. Coordinador de Pasión en Sevilla