Una lira destrozada

Por  3:25 h.

ImageImage «Giralda, madre de artistas,

molde de fundir toreros,

dile al giraldillo tuyo
que se vista un traje negro»
(Fernando Villalón)
La batuta de agosto es una puya y se ha hundido en el pentagrama del alma. Unas notas de trompeta desgarran los tendidos vacíos de la plaza más hermosa del mundo mientras la silueta de uniforme azul marino se desvanece en el balconcillo de la grada nueve.
Dos cachetes colorados y una sonrisa leve surcan el aire caliente del dolor. Bigote pequeño, mirada fija en el ruedo mientras se marcha y una orden última a los músicos: ¡Plaza de la Maestranza!
No muy lejos del río, en la Capilla de Montserrat, la crestería de un paso de palio llora su plata sobre el terciopelo de castillos y leones. Y en el centro de Sevilla, en Los Terceros, se tornan a negro cien docenas de claveles rosa subterráneo. Y todo sucede en agosto, calladamente, al estilo de Pepín. Sin cornetas ni estridencias, sin una nota de más. Sin una nota de menos.
Se amansan los adoquines de mi ciudad. Sonríe en el cielo Manolo Ramírez porque termina su espera. Sube otro currista. La tarde es una lira destrozada y en la calle feria se clavan los puñales de la rabia por las paredes.
ImageRedoble de llanto y muerte por San Vicente; el destino se lleva la Palma en San Pedro y las viejas cigarreras recuerdan marchas templadas tras el cajón juanmanuelino de la Virgen más bella del universo. Ha muerto Pepín Tejera. Lo dicen las golondrinas, se intuye en los álamos del Arenal. Luto en La Campana. Dolor en el alma. Acurruco el corazón en el manto de la Esperanza, cierro los ojos para verle y busco los terrenos de este toro negro para pegarle pases a la tristeza. Hoy no tocará la música, porque las notas viajan por el cielo.
Regresarán el quince de agosto, día de la Virgen. La sangre de su sangre ocupará el palco que yo miré desde niño buscando la espalda de un hombre que -con los brazos en alto- estaba a punto de ordenar la primera nota de ese pasodoble que me rompe el alma. Y allí lo veré, con el bigote pequeño y los cachetes colorados, sintiendo Sevilla como una religión.
Y sonará el pasodoble, estoy seguro, y veré la sonrisa de Manolo Vázquez, y la de Juan Garrido, y miraré a José Manuel Tristán como observaba a su padre: con ese respeto a las personas que nos hacen sentir cosas importantes.
Pero ahora guardemos silencio. Silencio de Maestranza y de nazareno de San Antonio. Esta tarde la música es un solo un recuerdo. Rachea la pena por la cal de nuestras calles, y entrego el morrillo del dolor por un sevillano que acaba de marcharse calladamente. Que nadie dirija mi tristeza. La batuta de agosto es una puya. Y tengo ganas de llorar.