Sevilla «redescubre» al Señor con la Cruz al Hombro en el Via Crucis de las Hermandades

Por  12:31 h.

El Nazareno del Valle ayer durante el Via CrucisMuchos se quedaron sorprendidos con la belleza de la imagen. Y es que no era para menos. Verla tan de cerca, sola sobre las andas, y sin el agobio que muchas veces causa el Jueves Santo, cuando camina por la calle de la Amargura hacia la Catedral mientras la gente corre para recibir a la Madrugada, es algo que pudo percibirse, paladearse ayer.

Para una buena parte de los que acudieron sirvió este traslado para poder ensimismarse con una de las tallas más excelsas de la Semana Santa. Sobrecogía verla en su lento y pausado caminar, entre un mar de cabezas que, cuanto más cerca mejor, no dejaban de contemplarla en todo su esplendor.
Y todo ello sazonado con la idiosincrasia que le imprime la corporación de la calle Laraña. Andas cedidas por Pasión por la que se desparramaban, en perfecta armonía, antirrinos, alhelíes, calas, claveles, cardos, proteas, rosas… un vergel a los pies del Señor con la Cruz al Hombro camino del Calvario.
Serenidad y solemnidad en el discurrir hacia el Templo Metropolitano. Gente había, aunque a la hora de ponerse la Cruz de Guía en la calle, la comodidad era una constante. Pero a medida que avanzaba el cortejo -conformado por unos doscientos hermanos-, el número de personas crecía.
Tarde agradable en la que el silencio sólo se veía roto, en ese pasar del Nazareno, por la música de capilla, que por vez primera incluía una flauta travesera, ya que las composiciones de Gómez Zarzuela fueron concebidas también con este instrumento.
Relevos a su hora y, a las ocho y cuarto de la tarde, la Cruz de Guía en la Puerta de los Palos, siendo recibida por el vicario general de la Archidiócesis, Francisco Ortiz Gómez. Un cuarto de hora después, mientras repicaban las campanas de la Giralda con un interior de la Catedral en semipenumbra, se incorporaba el cardenal arzobispo delante de las andas, flanqueado por el presidente del Consejo, Manuel Román, y por el hermano mayor del Valle Félix Hernández-Castañón.
El silencio volvió a apoderarse de las naves catedralicias mientras daba comienzo el rezo de las catorce estaciones. También en el templo había fieles, aunque se podía seguir con comodidad el acto piadoso.
Ya al final, en su reflexión, el prelado hispalense se refirió a este Via Crucis como «la primera estación de penitencia a la Catedral», señalando que se trataba del «más bello y hermoso Pregón de Semana Santa. Este Pregón justifica todos los demás, y da sentido a lo que vamos a hacer. Es la Palabra viva de Dios. Es Jesucristo el que nos habla en cada una de las estaciones».
Igualmente, monseñor Amigo Vallejo definió el Via Crucis «como la mejor protestación de Fe, la más profunda y sentida. Nosotros hemos dicho que Tú eres nuestro Dios, nuestro Cristo».
Abundo en este aspecto al señalar que «con Cristo todo se llena de vida; sin Él, todo está muerto».
Pasadas las diez, las andas que portaban al Señor con la Cruz al Hombro se encaminaron hacia la Anunciación, volviendo a «redescubrir» la inmensidad de su belleza.