Esperanza mía

Por  8:28 h.

“En el cielo eres faz meridiana de caridad y

abajo, entre los mortales, fuente viva de

esperanza.” (Dante Alighieri)

En este último mes del año, se concentran dos hermosas festividades dedicadas a la Virgen María: la Inmaculada Concepción y Nuestra Señora de la Esperanza. Antes de que celebremos cantando al Niño nacido en el pesebre, la Iglesia quiere solemnizar así, a María, señalando, por un lado, su ausencia de pecado; y por otro, su maternidad divina.

Muy pocos saben que la Virgen de la Esperanza, o la Expectación al parto, es una solemnidad típicamente hispana. Allá en el año 656, en el X Concilio de Toledo, se acordó instituir esta fiesta, ocho días antes de la Navidad. La causa argumentada para su creación era que muchas veces el 25 de marzo (Anunciación o Encarnación) coincidía con la Cuaresma o la Pascua, y los devotos hispanos no podían celebrar convenientemente a María. Santos como San Eugenio o San Ildefonso, intervinieron en su expansión.

Somos herederos de esa antigua tradición que representaba a las Vírgenes expectantes con el Niño Jesús sobre su vientre. Y de ahí, que nuestra ciudad tenga en los cuatro puntos cardinales una Esperanza a la que rezar y a la que encomendarse. Sevilla estos días tristes y pardos, se viste de verde, como si de una primavera revivida se tratase. Y por todas partes resuena este viejo villancico cantado desde el corazón sin saberlo:

“¡Ay Santa María, valedme Señora Esperanza mía! Vos la que amo, Vos sois la que quiero, Vos sois la que llamo, Vos sois la que espero. Vos sois el lucero cuya luz nos guía, Esperanza mía”.