Parné, maldito parné

Por  2:52 h.

Semana Santa 2008 - Cofradías: Sillas Ha comenzado el curso cofrade y lo único de lo que se habla es del dinero: que si se cobra, que si no se cobra, que si se alarga o no se alarga la carrera oficial… Ante este panorama, una se pregunta, si en ciertas instancias superiores, se ha perdido el norte, y se habla, propone y dispone, sin pensar.

La propuesta, – ya vieja y nada novedosa, por cierto- de ampliar la carrera oficial, parece olvidar en su misma génesis, el carácter penitencial de las hermandades que discurren por la calle en los días de la Semana Santa. Se hace estación de penitencia a la Catedral para rememorar, y en cierto modo hacer presente entre nosotros, la Pasión y muerte de Jesucristo, y esa es la única razón de sacar los pasos y la cofradía de sus templos.

La cofradía, expresión máxima y sublime del culto externo, tuvo en siglos pasados un carácter secundario, a veces meramente testimonial; de tal manera, que en muchas ocasiones y por circunstancias diversas (falta de fondos o de acuerdo entre los hermanos) se dejaba de hacer. El paso del tiempo, acrecentó la importancia de la cofradía, y llegado el siglo XIX, las autoridades locales no hicieron sino fomentar esta bizarra expresión de la fe cristiana según Sevilla.

Y es precisamente, en plena época romántica, cuando el Ayuntamiento comienza a subvencionar a aquellas hermandades que sacan sus pasos a la calle para regocijo de propios y extraños. Y son esas mismas autoridades políticas, las que instalan palcos para que burgueses y nobles puedan contemplar tranquila y cómodamente los cortejos procesionales. Se culminaba así un proceso comenzado en el siglo XVIII, por el cual la autoridad civil se inmiscuía en un terreno hasta entonces competencia exclusiva de la autoridad eclesiástica. Recordemos que el nacimiento de la carrera oficial se debe al Cardenal Niño de Guevara, que en el célebre Sínodo de 1604, dictó una serie de normas encaminadas a ordenar y organizar las cofradías en Semana Santa, que desde ese momento debían hacer estación exclusivamente a la Catedral.

Y este confluir en la Iglesia Mayor acababa así con las frecuentes peleas y alborotos derivados del encuentro de una o más cofradías en una misma calle o en un mismo templo. Así, que desde 1604, se ha de ir en piadosa peregrinación a la Catedral, por el camino más corto y directo. Porque, por mucho que nos guste y disfrutemos, se trata de un acto penitencial.
Las propuestas de ampliación no sólo afectan a varias hermandades que deberán alargar su estancia en las calles, sino que parecen dictadas por un objetivo meramente económico: conseguir más sillas que alquilar y por ende, más dinero que ingresar. Con el pretexto de que habrá más caudales que repartir, se quiere convencer de la urgente necesidad de retocar y estropear algo, que según mi modo de ver, tiene la justa medida. No creo sinceramente que ninguna corporación hoy día necesite ese dinero con tanta premura. Afortunadamente, las cosas no son como antaño, y actualmente, ninguna hermandad depende del benefactor de turno que todo lo costeaba y soportaba: las cuotas de los hermanos, las papeletas de sitio, así como las limosnas de particulares, y las beneficiosas condiciones que bancos y cajas de ahorros les imponen a la hora de pedir préstamos para arreglos y edificaciones de casas de hermandad o capillas, hacen que llevar las cuentas de la cofradía sea más fácil que hace 50 ó 60 años.

A todo esto se une además la descarada presencia de los políticos en todo lo que huela a cofradías. Conscientes del tirón popular de las mismas, no dudan, aunque las consignas del partido sean claramente contrarias, en meter “palito en candela”. Del “panem et circenses” con el que los senadores romanos despistaban a la plebe, hemos pasado al “tambores y cofradías”, cuantas más en la calle mejor, y cuanto más tiempo, mejor aún. Así se explica también el interés de éstos por apoyar a las supuestamente “cofradías de barrio/pueblo” frente a las “cofradías del centro/élite”, insistiendo en culparlas de privar a la gente de sitios adecuados para verlas al no estar de acuerdo con la ampliación. Item más, para lograr apoyos, visten al lobo con la piel del cordero, al anunciar que parte de esas nuevas sillas serán gratuitas. ¡Oh maravilla de las maravillas! sonó la palabra mágica “gratis”, y a su sonido legiones de noveleros sevillanos acuden, aunque lo que se repartan sean “catalinas” del tamaño de una ensaimada.

La Semana Santa es como la rosa de Juan Ramón, no la toquemos ni destruyamos con intereses ajenos a su fin primordial. Si no, corremos el riesgo de terminar como María de la O cantando por las esquinas con amarga voz “parné, mardito parné”.