Primera Estación

Por  6:24 h.

Su hija mayor se había casado y se había ido a vivir a la antigua collación de Santa Catalina, así que todas las tardes, tras cerrar la platería (el negocio familiar) se iba de visita. Pero antes se paraba a rezar un poquito en la iglesia mudéjar de sagrario barroco. Y todos los días pasaba junto a un hermoso crucificado, que casi escondido aparecía junto a la Virgen y a San Juan, en un sencillo altar, a los pies del templo. Nunca se había fijado excesivamente en Él, pues sus pasos se encaminaban siempre hacia el Sagrario. Pero aquella tarde, no supo nunca por qué, se quedó absorta contemplándolo.

Quizás un rayo de sol lo iluminó de repente, descubriendo su bello rostro lacerado. Lo cierto es que aquel día se cruzaron sus vidas, y ya nunca pudo dejar de amarlo. ¿Qué fue lo que despertó su amorosa devoción? ¿Quizás sus dolientes ojos, ya cerrados por la muerte, y su supremo gesto de tristeza? ¿Quizás su languidez elegante, y sus bellas manos yertas que un día bendijeron a los niños y sanaron a los enfermos? Sólo supo que aquel día encontró su alma el reposo que buscaba desde hacía años. Viuda desde muy joven, apenas cuarenta años, le había tocado sacar adelante a los hijos y al negocio familiar. Sólo Dios sabía de sus penas y sus dolores. Y de repente, en un humilde altar, halló la repuesta a sus cuitas.

Desde aquel día, oraba todas las tardes arrodillada y arrebatada ante el Señor crucificado. Pero un día, en que el sacristán estaba encendiendo las velas, le preguntó por su nombre. “Es el Cristo del Amor, señora, una cofradía muy antigua que ahora tiene su sede aquí”. Y se recibió por hermana, y se recibieron sus hijos. Y prometió contribuir y ayudar en todo lo que pudiera. Y se adecentó su altar con un retablo nuevo que ella costeó. Y salieron ella y sus hijos el Domingo de Ramos. Todo era poco para agradecer, siquiera con bienes materiales, los inmateriales bienes que ella había recibido del Cristo del Amor.

Este año, desde el cielo, Josefina y sus hijos han vuelto a vestir la túnica negra de ruán para acompañar en su primera estación a sus tataranietos y bisnietas, renovando el amoroso pacto que un día suscribiera con su Cristo del Amor.