La santa Humildad
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La santa Humildad

Por  8:52 h.

Cuando yo era chica me encantaba que mi abuela me contase historias de santos. Santos maravillosos que eran capaces de realizar los milagros más inverosímiles. Santos que dominaban bestias salvajes, que predicaban a los peces o que convertían mendrugos de pan en fragantes rosas… Por eso mis preferidos eran siempre los santos medievales, aquellos a los que la devoción y piedad populares revistieron de carácter casi mágico. No me agradaban aquellos santos más modernos, en cuya vida apenas había milagros fantásticos.

Sin embargo, con el tiempo comprendí que eran éstos, los modernos, lo que más mérito tenían. Tan sólo habían hecho lo que debían. Y todo eso sin trucos de magia ni milagros bizarros. Cierto es que de los otros, habían llegado sus historias hasta nuestros días muy contaminadas por esa imaginación popular, más dada a lo fantasioso que a lo real. Pero, ya digo, cuando fui creciendo, fui valorando que era más difícil cuidar a un leproso desahuciado que hablar a peces en el mar.

El sábado 18 de septiembre será beatificada en Sevilla una mujer, que como esos santos que no me gustaban, tan sólo tuvo un objetivo en su vida: hacer lo que debía. Y lo que debía era, nada más y nada menos, que ver a Cristo en aquellos a los que nadie quería. En los peores, en los enfermos, en los pobres, en los piojosos, en los llagados… La “santa humildad”, aquella que según San Francisco de Asís era hermana de la “santa pobreza”, fue su guía, como lo había sido de su Madre Santa Ángela.

Esa tarde, por las calles de Triana, y en alegre algarabía por la nueva santa sevillana (así la considero yo, aunque Madre María de la Purísima no haya nacido aquí) saldrá de Santa Ana, la Divina Pastora, la humilde entre las humildes. Y es que como dice un cantar popular “las Puertas del Cielo tan sólo las abre la Santa Humildad”.