Plato de lentejas

Por  7:50 h.

Esta expresión se usa habitualmente en el lenguaje coloquial para designar a quien cambia algo muy provechoso e importante por un bien de escaso o nulo valor. Tiene su origen en un pasaje del Génesis, aquel por el cual Esaú vendió su primogenitura a Jacob por un plato de las mencionadas legumbres. Y traigo a colación este dicho popular porque últimamente, veo platos de lentejas por todas partes. No, no me he vuelto loca, ni estoy haciendo campaña en pro de los sembradores de las “idem”. Sino que veo actitudes en muchas hermandades que merecen ser denominadas “lentejiles”: se entregan a un peligroso juego de trueque y cambio con las autoridades competentes para conseguir no se sabe muy bien qué objetivos.

Si en el antiguo Israel, los platos de lentejas eran redonditos, aquí, en pleno siglo XXI, adopta formas diversas, cual camaleón en todo su esplendor: que si una medalla, que si una subvención, que si una calle, que si un museo… Y así vamos teniendo tantas lentejas que parecemos un escaparate de “Casa Marciano”: sacos y sacos apilados en espera de ser canjeados por no se sabe qué.

Conviene recordar que las autoridades municipales no pierden ocasión de demostrar su desprecio e intolerancia por nuestra fe católica. Y que los partidos políticos que representan han aprobado o aprobarán leyes que no respetan ni nuestras creencias ni nuestros símbolos. ¿Es de recibo que estos señores sean invitados y agasajados en hermandades, capillas e iglesias? ¿Es de recibo que impongan medallas de la ciudad a imágenes marianas, cuando no creen ni respetan lo que representan? Es más, con el “caramelito envenenado” de las subvenciones ¿a quién estamos metiendo en nuestra casa? ¿Por qué la sede de mi hermandad tiene que estar en un circuito turístico? ¿Por qué tengo que aguantar una oficina de turismo en mi casa hermandad? Cuando en ella se anuncien eventos “culturales” del calibre de los que suele financiar cierto personal progre, que nada tienen que ver con la hermandad ni con la propia Iglesia de Sevilla ¿a quién protestaré? ¿al hermano mayor o al alcalde?

No estoy llamando a la subversión, hemos de respetar a esas personas que en su día fueron elegidas democráticamente, pero de ahí, a estar en plan “pelota” y “lentejil”… hay un abismo. Pensamos que hemos sacado “tajada”, cuando en realidad, una vez más en la larga historia de las hermandades, nos están utilizando para su único y exclusivo provecho: conseguir votos que les perpetúen en su poltrona. Sí, porque son tan hipócritas que en una misma mañana, encienden una vela a Dios y otra al diablo. Y se quedan tan tranquilos. Y nosotros, a invitarlos y a agasajarlos.

Hay todavía mucha “catetez” imperante, que considera que si no está el alcalde o autoridad similar, el acto (sea cual sea) no tiene la relevancia suficiente. Sinceramente: ¿le hace falta a mi Virgen, a mi Reina magnífica una medalla? Aunque la que tenga sea una copia, buena o mala, ¿qué es esa medalla en su historia de devoción de siglos? Una nadería, por la que, encima, vamos a hacerle un favor al personaje de turno. Y como esto tantas cosas… Porque si se solicitó hace años que se reparara ese error protocolario ¿ahora es precisamente cuando se soluciona? Desconfío por naturaleza de cualquier político que se acerca con el cargo puesto a las hermandades. Como particular y como devoto, lo que sea. Como don “fulano de tal”, alcalde, presidente o concejal… nada de nada.

Conviene recordar y clarificar que las hermandades no están para solicitar medallas, ni para hacer museos gigantescos ni para tener casas-hermandades mastodónticas donde juntar 10.000 hermanos. Volvamos de verdad a nuestros orígenes: culto y caridad. Ahora que está tan de moda eso de ser auténtico, ecológico y natural, meditemos sobre nuestra autenticidad como cristianos y hermanos de nuestra cofradía. Lo demás, TODO lo demás, vendrá por añadidura.