La Virgen callada

Por  15:16 h.

Image Me permitirán Vds. que en este primer Manifiesto les hable de mis recuerdos infantiles; de cómo una niña cada vez que entraba en Santa Ana pasaba por el trascoro y se quedaba mirando a una Virgen morena, muy guapa, con el pelo negro y dos borregos a sus pies.

Varias eran las iglesias que frecuentábamos con mis padres los domingos y fiestas de guardar: Jesuitas, Divino Salvador, San Buenaventura, Santa Ana … y en todas teníamos nuestras devociones y nuestros gustos. En todas había una imagen que parecía un poco olvidada, ajena a todo lo que la rodeaba, un poco fuera del tiempo, incardinada en un espacio que ya no era el suyo. En Santa Ana esta imagen era la de la Divina Pastora.

Todos los domingos, invariablemente, tras la misa, dábamos la vuelta y nos parábamos ante su reja. Sus ojos negros nos miraban, qué sencilla estaba siempre, qué limpios los manteles de su altar, que aseada su humilde capilla. De tanto visitarla, habíamos advertido que la Divina Pastora tenía un ángel de la guarda en forma de desconocido devoto que cambiaba sus vestiduras y las del Niño. Siempre me pareció que esta capilla tenía algo de pulcritud conventual, de la limpieza reluciente de los humildes que sólo eso poseen. Y es que, las manos de Aurora –que así se llamaba su camarera- eran manos de ángel. La conocí muchos años después, ya anciana, y gracias a ella mantuvo la Virgen su ajuar intacto y resguardado de los afanes del tiempo.

La Divina Pastora allá en las soledades de su encalada capilla, tiene un aire de ensimismamiento. Es la Virgen callada, la que todo lo guarda en su corazón. ¡Quién sabe si sus ojos negros no están barruntando ya unas lágrimas que dejará caer la madrugada del Viernes Santo! Porque Esperanza y Pastora, Pastora y Esperanza son las dos caras de una misma moneda.

Amparo Rodríguez Babío es investigadora, archivera titular de la Real Parroquia de Santa Ana y bibliotecaria del Centro de Estudios Teológicos de Sevilla.