Ausencia

Por  22:54 h.

Será la primera vez en siete siglos, en setecientos largos años, en que no la veremos presidir junto a su Hija y a su Nieto, los cultos en su honor celebrados los calurosos días de julio en la parroquia medieval que lleva su nombre.

Días “señalaítos”, cuando el puente se ilumina y se empavesa, cuando la que se llamó calle “Orilla del Río” se llena de casetas y bailes, de quioscos, de almendras verdes y sardinas asadas, cuando su torre repiquetea para llamar a la misa vespertina, y en el río, los más valientes luchan por alcanzar la resbaladiza banderita de la cucaña …
¡Cuántas cosas no habrán cambiado desde que hace setecientos años, los trianeros de entonces te celebraban como los de hoy! ¡Tantas! Pero hay una que, como custodiada en un secreto joyero, se mantiene intacta e idéntica: el amor a Santa Ana. Porque Ella oirá hoy las mismas plegarias que oyó hace ya tantos días y tantas noches: por el hijo enfermo, por el trabajo del marido, por el problema irresoluble…

Añoraremos su arcaica belleza, su rostro ovalado enmarcado en encajes y plata, su mirada traviesa, como aprobando las trastadas del nietecillo, sus grandes y firmes manos que ,sosteniendo el lirio de plata, parecen decirnos: “Así sostengo yo a Triana”.

Y como la abuela santa es inseparable de su Hija y de su Nieto, qué grande será nuestra añoranza, qué espacio inmaterial e imposible de rellenar con telones pintados, qué hueco tan hondo en nuestros corazones. ¡Qué ausencia tan sentida! Aunque sepamos que ha de volver, en estos días más que nunca, Triana, guarda y collación de Sevilla, está huérfana. Ni siquiera las graciosas y presumidillas Justa y Rufina la pueden consolar…

Pero como la Abuela es sabia, más sabia que ese rey castellano a quien hizo tan gran milagro, para que no nos ganara la tristeza, nos dejó en su lugar a la Esperanza, y así al mirarla, acortar el tiempo de su vuelta.