El Cristo del Amor, en besamanos / J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

Amor mío

Por  0:35 h.

Amor de mis entrañas, viva muerte,
te busco entre las alas de mi vuelo
y bebo sangre muerta en este duelo
de pájaros que vuelan para verte.
Amor de mis anhelos, luz inerte
de Dios en dormidera, sin desvelo,
que rompe con el do del violonchelo
la música que a oscuras me convierte.
Oigo tu sangre rota en los violines
y vuelo cual pelícano en tus versos.
Yo quiero recitarte tus sinfines
leyendo aquel soneto en que claudico:
tu muerte siempre está en los universos
del verso del Amor de Federico.

En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda y resplandece,
tu cuerpo se desangra y se abastece
de aladas esperanzas en la altura.
En un declive viene la obertura
del músico callado que amortece
las notas del silencio y obedece
al ritmo del Amor la partitura.
Está todo encajado en esa orquesta:
sombras en pena, ronda de martirios,
la luz con el tiempo dentro, la puesta
del sol en el final de la abstracción,
la llama moribunda de los cirios
y el verso del Amor de Juan Ramón.

Las lágrimas son agua y van al mar
mientras el aire en su regazo lleve
el cálamo del ala de la nieve
que en sangre se derrite en el altar.
Amor de mis amores, al llorar
mis lágrimas son agua, caudal breve,
y el río de la luz de Parasceve
transcurre por tus huesos al sangrar.
Los invisibles átomos del aire
envuelven el vapor que te suspira.
Los suspiros son aire y van al aire,
Amor, y esto que sueñas al dormir
es la rima de Bécquer y la lira
que tremola: despertar es morir.

La angustia se abre paso hueso a hueso
en los vastos jardines sin aurora
y en la flor de la reja se evapora
el pétalo que viene de regreso.
La muerte se abre paso con un beso
en la rampa que anuncia que es la hora
y el rayo de la noche se demora.
La aurora es esa cruz y ese deceso.
Los pies sobre la tierra antes no hollada,
los ojos frente a lo antes nunca visto,
la vida al comenzar ya terminada.
Así, con la penumbra de la duda,
contemplo en Ti, mi Amor, al propio Cristo
en Ocnos, penitencia de Cernuda.

El luto de la tarde desabrida
bajo el azul, sobre la piedra rota,
asoma por la plaza su derrota.
¿A dónde va el Amor cuando se olvida?
¿A dónde va el pelícano que anida
al pie del cataclismo que te azota?
¿A dónde va a parar la última nota
del grito que te saca de la vida?
Al Cristo muerto, hendido por el rayo
que calcina el reloj perecedero
y eterniza la cruz en su desmayo.
Irá el Amor de Dios enamorado
allí donde madura el limonero
que arraiga en los cantares de Machado.

Mi corazón no puede con la carga,
no perdono a la muerte enamorada
que te clava su luz ensangrentada
en la llaga que el tiempo te aletarga.
Silencio de una muerte que se alarga,
¿no piensas replicar, no dices nada?
La rampa del edén ya está acabada,
la dulce voz de Hernández es amarga.
La sangre nutre el ímpetu del ave
que en Lope se convence de lo incierto:
creer que un cielo en un infierno cabe.
Y todo está abrasado en este frío
porque no es el Amor quien aquí ha muerto:
he muerto yo en tus versos, Amor mío.

Alberto García Reyes

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