El Cristo de San Bernardo por el puente/ J. M. SERRANO
El Cristo de San Bernardo por el puente/ J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

Cansino es el tiempo sin ti

Por  0:10 h.

Cansino. Qué apellido el de tu autor más bien escrito en tu rostro. Cansino. Señor del arrabal de las lunas y los trastos, perdóname este cansino ruego que el eco redobla en las piedras de tu templo. Por el Gallinato, entrando desde una casapuerta de la calle Ancha de la que por las noches se fugaba un chiquillo al matadero a darle pases a las vacas que iban al degüello, viene a buscarte un nazareno de los de túnica raída y número bajo para hacerte unas preguntas.

Está tu campamento transminando ya esa amargura que transforma sus gajos en flor nívea, en anuncio mudo que echa su velo de encajes blancos sobre el campanario de los naranjos. La víspera avanza hacia la hora puntiaguda que cuelga de las tiendas —tictac— como la lanza del reloj de tu llaga. Es tan efímero lo cierto, que el mayor símbolo de la ciudad está hecho de cartón. Porque aquí nada permanece salvo el recuerdo infantil del dobladillo de la primera túnica, que hilvana el tiempo en el salón, donde el espejo es una ventana a la memoria.

La parroquia de San Bernardo/ J. M. SERRANO

El itinerario está en la palma de la mano que leen las gitanas en la Catedral. Como dijo Montesinos, el camino más corto es el que nos mata. En silencio y sin hablar con nadie, vagamos hasta Ti para comprender por qué mueres entre nosotros. Ya queda menos. O acaso queda todo. Queda lo más duro. Tu Refugio. Ahora los silencios de Font de Anta, escritos en notas blancas bajo la clave del sol de Sevilla, tienen eco en los atrios. Son silencios hacia fuera con algarabías por dentro. Silencios que hablan para uno mismo. Porque todo lo que te pedimos de verdad es callado, íntimo, hondo, trascendental. Te rogamos salud sin mover los labios, dejando que las palabras resuenen en nuestro interior al ritmo que nos marca el metrónomo del pecho, cuyo compás es el único capaz de adaptarse siempre a la exactitud de las cosas. Los silencios de Sevilla son de notas negras de ruan y blancas de capa. Son silencios rotos como tu cervical. Un réquiem que va de fiesta por el puente con la muerte atravesando los muros de la ciudad como tu cuerpo rompe el sonido y la ley de la gravedad al caer en peso sobre el recuerdo.

Señor de la Salud de San Bernardo, han pasado dos años ya y sigo viéndolo en Ti. Llegué a convencerme de que había venido a hacer su última estación de penitencia con su libretilla en la mano, su herramienta de amor, y no pudo dar la noticia de tu expiración porque antes le acechó la suya. Pero me equivoqué. He visto pasar dos veces ya la cofradía, nazareno a nazareno, con la esperanza rugiendo en mis adentros, y he comprobado que ahí sigue. Detrás de un antifaz anónimo. Refugiado en el pañuelo de tu Madre, que ha recogido todas las lágrimas que por él hemos llorado quienes no perdimos a un amigo, sino el norte. Lo he visto ahí, a tu vera, sangrando por las costillas de la nostalgia, y me he dicho: qué nombre más exacto el de tu autor. Cansino. Este tiempo de ausencia, Señor, ha sido muy cansino porque tu Salud nos ha traído por el camino más corto hasta Fernando Carrasco. Como los naranjos traen cada invierno la amargura y cada primavera tu cruz Y aunque sé que Tú eres la justicia suprema, no tengo más remedio que hacerte la pregunta que él dejó escrita para ti en su libretilla: ¿por qué?

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

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