El paso de palio de la Virgen del Rocío / J. M. SERRANO
SEVILLA Y AMÉN

El columpio del Rocío

Por  0:15 h.

En un columpio de plata se bambolea un chiquillo. El candelabro sujeta la historia de un tintineo que dobla por una muerte. Un ángel de la cuadrilla que ya no está bajo el palio se balancea despacio para anunciar un recuerdo —dindón, al cielo con Ella— que es una esquila los Lunes. Pasan los campanilleros con el ritmo de los güiros y en ese compás se mete, como un triángulo leve, el tintín de aquella muerte que se adelantó a los tiempos. Con la Virgen del Rocío, la de la calle Santiago, va siempre una musiquilla que no es la de Ruiz Vidriet, sino la del hondo réquiem de un antiguo costalero que sigue yendo en su palo. Porque la traición de Judas es la única traición que va en esa cofradía. Todo lo demás es puro: mientras la Virgen se mece, también se mece una ausencia junto al lecho de su manto, un ángel que se perdió bajo las trabajaderas sigue volando a su vera en un trapecio que orbita junto a la luz de la Madre con dos sogas amarradas a la rama de un olivo. Para eso sirven las cuerdas: para colgar vida en ellas, no para colgar los muertos.

Con las monedas de plata que reunió la cuadrilla fundieron un angelito y un columpio que cunea, brizado por los andares del Rocío de Sevilla, para que dance el muchacho desde el olvido al recuerdo, desde la muerte a la Vida como si al irse aquel día siempre estuviera viniendo. Es un angelito blanco, un niño que entre las sombras de las calles donde juega se refleja al columpiarse, es un chaval que retoza desde la Pila del Pato, donde las monjas le prestan sus caricias con sus yemas, hasta Santa Catalina, donde tiene un rinconcillo para jugar a los viejos soldaditos de pavía. Ese niño de la bamba que bascula lentamente en el olivo de plata de la marisma del barrio, que lleva el verde del coto a los pies de su danzar y un pinar de terciopelo flanqueando sus veredas, es un mensaje de arriba, como un espíritu santo que trae un Pentecostés para quienes van debajo del canasto de la Virgen: es el amigo perdido que Dios siempre nos devuelve en el columpio del Lunes, un río de agua viva tan clara como el cristal que emana del trono eterno del Padre y de su Cordero, la plenitud de los tiempos que Cristo nos prometió, la salvación, el amor, el balanceo infinito que entre las zarzas del mundo alivia la carga inmensa de la delación de Judas, que es también nuestro complot para llevarlo a la cruz.

A veces todo nos pasa por delante de los ojos y no sabemos mirar. Ese balancín que suena en la trasera del palio de la Virgen del Rocío es una esquila del viento que se llevó a un costalero que va y viene en la memoria. Y en ese vaivén humilde que apenas nadie percibe cuando el ángel corretea camino a la Catedral, la brisa deja un sonido que se escucha en el vacío de la soledad de abajo, un tilín en el racheo que va marcando un compás de nostalgia y de dolor. Esa es toda la verdad de nuestra Semana Santa: el columpio plateado del olvido que se aleja y el recuerdo que se acerca, el tiempo que viene y va, el baile de la añoranza, las alas de aquel hermano sobrevolando en el duelo de una lágrima ya seca, el pasado en el futuro y el futuro en el pasado… En ese angelito blanco de la Virgen del Rocío no viene y va sólo el alma de aquel costalero muerto, va también el viejo rito del beso que nunca dimos, el que se quedó perdido en nuestros labios un día y Paráclito ha encontrado, con bamboleo de plata, por el callejón estrecho que llega a la Redención.

Alberto García Reyes

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