EL FOTOMATÓN

Diálogos de Amor y Pasión

Por  2:04 h.

Al fondo, hundido en el océano de oro que Cayetano de Acosta le zigzagueó a la capilla sacramental del Divino Salvador, la gubia del maestro agacha su cabeza para pedirle la venia al buril de su discípulo predilecto.

-Cristo del Amor, qué alta han puesto tu muerte -le dice Martínez Montañés.

-Nunca mi altura, mentor mío, Nazareno de la Pasión, podrá superar la del rizo que te puso en tu cima la cima misma de la imaginería -contesta Juan de Mesa.

El diálogo no tiene palabras. Sólo miradas que confluyen en un mismo punto del suelo. Fijaos bien. El Amor y la Pasión de Sevilla nunca se miran de frente porque no pueden aguantarse el tiroteo de sus ojos. Viven en la misma casa, duermen en la misma alcoba, conmueven a las mismas paredes. Pero jamás se han visto. Todas las conversaciones las empiezan poniendo sus pupilas sobre una loza concreta que posiblemente será lápida de alguna sepultura anónima.

El Cristo del Amor y el de Pasión / J. M. SERRANO

El Cristo del Amor y el de Pasión / J. M. SERRANO

-Cristo mío, ha venido hoy un niño a pedirme por su madre. Dice que le han puesto un pañuelo en la cabeza y que últimamente no le empuja cuando se sube al columpio porque no tiene fuerzas. ¿Tú cómo lo ves?

-Iba a comentarte precisamente eso, Señor, porque el chiquillo también ha venido a verme a mí. Pero no he querido atosigarte para no echarte más peso al hombro, que tienes que traerme la cruz de mi calvario.

-Pero, Amor, ¿cómo vas a quedarte tú con ese encargo ahora que por fin la muerte ha venido a darte descanso? Tú eres el primer muerto de Sevilla. El primero que sale vencido a la calle. La génesis del apocalipsis. Ni mijita, este caso lo llevo yo.

-No seas pesado, Nazareno, que aunque yo me haya muerto primero tú eres más viejo. Llevas con la cruz a cuestas cinco años más que yo enclavado. Y ya no tienes ni cirineo que te alivie. A ti te queda la infinitud entera por delante con el peso del madero encima y yo ya he terminado el calvario. Déjame que yo me encargue.

-Te recuerdo que soy tu maestro.

-Y yo tu mejor alumno.

-Mira que eres cabezón. Se te sale el Amor a borbotones por las llagas.

-Aprendí de tu Pasión y de tu cruz, que es más pesada que nadie. No insistas. Déjame que yo me ocupe, que ahora estoy en la cumbre del monte de la ciudad y desde aquí diviso mejor que tú la solución para esa criatura.

El niño estará oyendo ahora esta charla sobre los pliegues de la foto en la que Serrano los pilló in fraganti y habrá reconocido su florecilla clavada a los pies de su Salvador. Habrá encendido una velilla que su madre guarda en el último cajón del aparador y con ella le estará dando vida a los cirios del Muerto para que alumbren el lienzo morado sobre el que se proyecta su esperanza. Entre el Domingo y el Jueves, ese chiquillo que juega desde siempre a tirarse por la «rampla» de las vísperas comprenderá que la muerte tiene solución. Que todo depende del tiempo con que se mire. Que en este confín del mundo el discípulo abre la procesión con el Amor muerto y cuatro días después, pisando la sombra del crucificado, viene el maestro arrebatado de Pasión. Que el joven talló la derrota y el viejo la victoria. Y que hay tanta alegría en la pérdida como pesadumbre en el triunfo. Contemplando esta estampa insólita del Cristo y el Nazareno, el pedigüeño de misericordia entenderá que todo el misterio que los envuelve desemboca en el nombre del templo que los cobija. El Salvador.

-A ver, hermano mayor de la Archicofradía Sacramental, respóndeme desde tu peana de plata antes del Jueves por la noche: ¿quién de los dos es el Salvador, tú o yo?

-Ay, Cristo pequeño de mis pesares, esa pregunta la contesta tu silueta el Domingo, cuando recién entrado en Jerusalén por la Campana te crucifica Sevilla y yo no puedo hacer nada por ti.

-¿Que tú no haces nada por mí? Yo te doy mi Amor y con él aceptas mi trance. Eso es lo que voy a explicarle al niño que vino a pedirnos. Que a veces el alumno enseña al maestro. Y que de él hemos aprendido que no somos nosotros los salvadores, sino su Fe.

Alberto García Reyes

Alberto García Reyes

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