La primera túnica
Un niño probándose la túnica de nazareno
EN CUARENTENA

El antifaz

Por  0:16 h.

Colgado de un imperdible, el terciopelo deja caer el tiempo a los pies del ropero. El año ha pasado por el antifaz cuajando una metáfora que de tenerla tan cerca nos pasa desapercibida: se le han desprendido las arrugas. El reloj ha vuelto al principio. Porque la Semana Santa es el único tiempo que vivimos. Como escribió Joaquín Caro Romero, aquí la vida son siete días. El resto de la existencia es una preparación, un letargo que nos  marchita de forma inexorable hasta que, de nuevo, el terciopelo aparece impoluto en el fondo del armario, sin señales del almanaque.

Cada una de las arrugas que caen lentamente del antifaz son jirones de memoria. No de vejez. Porque la estación de penitencia es la pócima de la eterna juventud, de la niñez perpetua, del recuerdo que se ha congelado en el cofre de la vida. Todo es apenas un instante, un trozo de tela por cuyos ojales se ve de verdad el mundo.

Nunca me había dado cuenta de que el antifaz es la mirilla del edén. Por sus rendijas nos asomamos a la otra orilla y nos quedamos retenidos en el tiempo que nunca hemos vivido, ese tiempo que deja parada la arena en el bulbo de arriba, retando a la ley de la gravedad, al orden natural y a las matemáticas. Porque el tiempo verdadero es el que no pasa nunca.

He ido a descolgar el antifaz del imperdible y, tal vez porque he llegado a la edad necesaria para entenderme, me he entendido. Ese terciopelo nos proporciona el anonimato ante Dios. Dentro de él no somos nadie para los demás, sólo siervos. Y ahora que he regresado otra vez a la felicidad de la aurora de mi vida, sin arrugas de nuevo, he aprendido que sólo cuando no somos nadie, somos realmente importantes.

Alberto García Reyes

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